País al rojo vivo… caro, caótico y sin freno
La clase media carga el muerto, mientras el desorden, la inseguridad y el abandono se adueñan de todo

Buenos días, y sin anestesia…
El país huele mal. No es percepción, es realidad. Aquí todo anda manga por hombro y lo que se ve venir no pinta bonito.
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La clase media está reventada, convertida en burro de carga. Le suben los combustibles, los víveres, la canasta básica, los medicamentos… y como si fuera poco, también el agua y la luz, con apagones que no perdonan y escasez que desespera.
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Se paga más por todo, pero se recibe menos.
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El caos es general. El tránsito es una jungla, los pasajes suben sin control y cuando llueve, las calles se convierten en ríos por falta de mantenimiento.
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Filtrantes tapados, cañadas abandonadas, avenidas recién “arregladas” que se inundan como si nunca las tocaron. Y la población sufre las consecuencias de la mediocridad e ineficiencia.
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Los alcaldes brillan… pero por su ausencia. Y algunos quieren ser presidente del país, como la del Distrito Nacional, para que nos acabe de llevar el mismísimo Lucifer.
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Los hospitales públicos dan pena, la educación pública no levanta cabeza, y las calles están llenas de hoyos, cráteres y trampas mortales.
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El Metro de Santo Domingo, que debería ser orgullo, vive dando tumbos por falta de mantenimiento, y la nueva línea se convierte en un colador de agua cada vez que cae un aguacero.
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En las carreteras, la cosa es igual de fea. Accidentes fatales en la Circunvalación de Baní y en la Autopista Duarte se han vuelto parte del día a día. Manejar es jugarse la vida.
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Mientras tanto, el medio ambiente se desangra. Los bosques caen sin control en zonas de Monte Plata, afectando ríos como el Boyá y Loma Managua. Se destruye hoy… y mañana que se joda.
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Y la inseguridad… ese es otro nivel. Cada día más fuerte y más descarada. Sin control.
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Los motoristas no solo son los reyes del desorden vial, ahora también se organizan para sembrar miedo. Ya no es solo imprudencia… es pandillaje en plena vía pública.
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Un caso reciente en Santiago de los Caballeros lo dejó claro, un asesinato en el mismo Palacio de Justicia, y la seguridad… bien, gracias.
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La gente está al borde. Hay quienes no saben a quién acudir, porque simplemente no hay a quién.
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Esto no es relajo, ni exageración. Es lo que se vive todos los días en la calle.
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Y para rematar, no hay confianza en la Policía Nacional ni en la DIGESETT. Sus agentes, en muchos casos, parecen más enfocados en abusar que en prevenir. Y así, ¿quién se siente seguro?
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Esto está feo. Y lo peor… es que nadie parece tener el control.
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Cumbre y doble discurso… que Dios nos agarre confesados para salir en paz de este lío.
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La participación dominicana en la cumbre de España dejó un tufo raro… y no precisamente aquí. En los pasillos de poder de Estados Unidos -especialmente en la Casa Blanca- eso no cayó bien.
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Lo que se comenta, cada vez con más fuerza, es que en ese escenario se agruparon figuras vistas como adversarios políticos de Donald Trump. Y en ese tablero, aparecer sin una línea clara no es diplomacia: es jugar al filo.
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Porque en política internacional no hay espacio para la ingenuidad. O estás claro con tus alianzas… o terminas pagando el precio de querer quedar bien con todos.
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La cumbre sonó más a contrapeso de la de Miami que a otra cosa.
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Y en ese juego, algunos países -incluido el nuestro- quisieron bailar en dos bodas al mismo tiempo: un pie aquí, otro allá. Doble cara diplomática que, al final, puede salir cara.
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Negocios turbios… Y como si fuera poco, otro tema que hiede: una inmobiliaria en Punta Cana tiene a muchísima gente “en el aire” desde 2023. Promesas, dinero entregado… y silencio.
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Aquí no caben paños tibios: el gobierno tiene que meterse de lleno, investigar qué está pasando y actuar con mano firme. Porque si esto resulta ser una estafa colectiva -como ya ha pasado antes- y no se hace nada, entonces no es solo negligencia… es complicidad por omisión.
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Y así, entre política exterior dudosa y problemas internos sin resolver, lo único que sigue creciendo es la desconfianza de la gente. Porque cuando nadie responde, el mensaje es claro: el ciudadano está solo.



