
Mensaje 4802
AYUDAME A SALVAR UNA VIDA
Hola, amigos, ¿qué tal? Merhaba, arkadaslar, ¿nasilsiniz?
Hoy la Palabra de Dios nos presenta una imagen sencilla pero profundamente iluminadora: la semilla. Jesús, en el Evangelio según san Mateo, se nos muestra como el sembrador que sale a sembrar sin medida, sin reservar nada, con una generosidad desbordante. Es el mejor ejemplo de que Dios siempre siembra con generosidad.
La primera lectura del profeta Isaías nos dice algo precioso, “así como la lluvia y la nieve empapan la tierra y no vuelven sin haberla fecundado, así es la Palabra de Dios: siempre cumple su misión”.
Esto significa que Dios nunca deja de hablarnos, nunca deja de sembrar en nuestra vida. No importa cómo estemos hoy: distraídos, cansados, llenos de preocupaciones… Dios sigue sembrando.
El problema no está en el sembrador. El problema —nos dice Jesús— está en el terreno.
Son diferentes los terrenos, es esta una llamada a mirarnos por dentro, pues la parábola del sembrador nos invita a hacernos una pregunta muy personal:¿Qué tipo de tierra soy yo?
Jesús describe cuatro terrenos:
- El camino endurecido: corazones cerrados, que escuchan, pero no dejan entrar la Palabra.
- El terreno pedregoso: entusiasmo momentáneo, pero sin profundidad.
- La tierra con zarzas: la Palabra ahogada por preocupaciones, riqueza o superficialidades.
- La tierra buena: el corazón que escucha acoge y da fruto.
Esta no es una clasificación de personas, sino un espejo de nuestra vida, porque todos, en distintos momentos, hemos sido camino, piedras, zarzas… y también tierra buena.
Pero… ¿Por qué a veces la Palabra no da fruto?
San Pablo, en la segunda lectura, nos recuerda que vivimos en medio de tensiones, sufrimientos, luchas. Toda la creación —dice— gime esperando la plenitud.
Esto nos ayuda a entender algo importante, que no es fácil ser tierra buena, pues vivimos rodeados de distracciones constantes, preocupaciones económicas o familiares, ritmo acelerado, superficialidad. Todo eso actúa como las “zarzas” del Evangelio.
Ahora bien, ¿Cómo ser tierra buena? La buena noticia es que nadie nace siendo tierra perfecta, pero todos podemos llegar a serlo. Jesús no nos pide perfección, sino apertura.
Y podemos cultivar nuestro corazón de varias maneras, ¿Cómo?
Escuchando de verdad, no solo oír la Palabra, sino dejar que nos interpele, que nos cuestione.
Perseverando, aunque al principio no veamos frutos, la semilla está trabajando en silencio.
Quitando lo que estorba, identificando nuestras “zarzas”: preocupaciones excesivas, rencores, superficialidades, y entregarlas a Dios.
Viviendo la Palabra, la semilla da fruto cuando se traduce en acciones concretas, tales como un gesto de amor, una palabra de perdón, un compromiso con la justicia.
Dios confía en cada uno de nosotros, lo más impresionante de esta parábola es que, a pesar de todo, el sembrador sigue sembrando, porque Dios cree en ti, Dios no se cansa de hablarte, Dios no deja de apostar por tu vida.
Y cuando la semilla encuentra un corazón abierto, el fruto es abundante: treinta, sesenta, cien por uno.
Mis hermanos queridos, hoy el Señor nos invita a algo muy concreto:
- Revisar nuestro corazón.
- Dejar que su Palabra entre de verdad.
- Y permitir que transforme nuestra vida.
Víctor Martinez te invita a inclinar tu rostro y pedir al Señor en este momento:
“Haznos tierra buena, Señor. Arranca de nosotros lo que impide crecer tu semilla. Y ayúdanos a dar fruto abundante en amor, justicia y paz.”
Te pedimos por Matilde Farach que hace posible que nuestras prédicas de cada domingo lleguen hasta todos ustedes, bendícela, Señor. Amén.
Hasta la próxima.



