¿Qué les pasó a los chivos?

Por Margarita de la Rosa
Hay escenas que uno quisiera fotografiar para que nadie piense que son fruto de la imaginación.
Hace unos días, mientras regresaba de Bayaguana hacia Santo Domingo, poco después de salir de la comunidad de Guerra, me encontré con una de esas imágenes que obligan a bajar la velocidad, no solo del vehículo, sino también de los pensamientos.
Un numeroso grupo de chivos devoraba una montaña de basura.
El tránsito era intenso en ambos sentidos y no pude detenerme para tomar la fotografía que habría acompañado estas líneas. Por eso recurrí a una ilustración creada con inteligencia artificial, únicamente para recrear con la mayor fidelidad posible lo que mis ojos vieron aquel día.
Confieso que la escena me produjo más tristeza que sorpresa.
Quizá sea porque los chivos de mi infancia eran muy distintos.
Crecí escuchando decir que el chivo era un animal limpio, hasta comparón.
Decían los viejos, medio en serio y medio en broma, que si uno escupía una hoja, el chivo ni la miraba. Prefería buscar otra.
Nunca lo vi revolcando basura, ni comiendo desperdicios descompuestos. Le gustaba el terreno seco, evitaba el lodo y siempre parecía andar impecable.
Los que comían de todo eran los cerdos. Los chivos tenían fama de exigentes.
Por eso me quedé pensando…
¿Qué les pasó a los chivos?
Y enseguida encontré una respuesta que, probablemente, no les guste a muchos.
A los chivos no les pasó nada.
Los que cambiamos fuimos nosotros.
Llenamos los caminos de basura, convertimos los vertederos improvisados en parte del paisaje y alteramos tanto su entorno que ahora sobreviven donde antes jamás habrían buscado alimento.
No es que el chivo se haya vuelto menos limpio. Es que nosotros ensuciamos tanto su mundo que terminó adaptándose para no morir.
Y esa es, quizás, la parte más preocupante de la historia.
Cuando los animales cambian sus costumbres para acomodarse a nuestros malos hábitos, la naturaleza nos está enviando un mensaje.
No es el chivo el que debería avergonzarnos.
Somos nosotros.
Porque cada funda de basura abandonada al borde de una carretera cuenta una historia mucho más triste que la de un animal buscando comida.
Cuenta la historia de una sociedad que poco a poco se acostumbra a convivir con lo que antes consideraba inaceptable.
Y cuando eso ocurre, el problema ya no está en los animales.
Está en nosotros.



