NACIONALESReflexiones

El poder de perdonar

REFLEXIONES...

 

Mensaje 4864

 

  AYUDAME A SALVAR UNA VIDA  

 

 

Hola, amigos, ¿qué tal? Merhaba, arkadaslar, ¿nasilsiniz?

REFLEXIONESLa Palabra de Dios que hoy escuchamos nos pone delante de una de las grandes decisiones de nuestra vida: ¿qué hacemos con las heridas que los demás nos han causado?

Todos, en algún momento, hemos sido heridos. Una palabra que nos dolió, una traición, una injusticia, un abandono, una ofensa que todavía recordamos. Y algunas heridas permanecen durante años porque, aunque la persona que nos hizo daño ya no esté presente, nosotros seguimos cargando con el recuerdo.

Por eso la primera lectura nos dice algo muy profundo: “Perdona a tu prójimo la ofensa, y así, cuando pidas perdón, se te perdonarán tus pecados.”

El rencor parece castigar al otro, pero muchas veces termina castigándonos a nosotros mismos. El resentimiento ocupa espacio en el corazón que debería estar lleno de paz.

Dios no quiere que vivamos encadenados al pasado. El rencor nos ata a lo que ocurrió. Perdonar, en cambio, no significa decir que lo que sucedió estuvo bien. Perdonar no significa justificar el daño, ni permitir que alguien vuelva a hacernos daño. Perdonar significa dejar de permitir que aquella ofensa continúe gobernando nuestro corazón.

Hay personas que llevan diez, veinte o treinta años recordando una ofensa. El acontecimiento terminó hace mucho tiempo, pero dentro de ellas continúa sucediendo.

Hoy Dios nos dice: “Suelta esa carga.” No porque el otro lo merezca, sino porque tú mereces vivir en libertad.

Pedro hace una pregunta que también nosotros hacemos en el Evangelio, Pedro se acerca a Jesús y pregunta: “Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar?” Pedro está intentando ponerle un límite al perdón.

Jesús le responde: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.” Jesús no está haciendo una operación matemática. Está diciendo: el perdón cristiano no puede vivir contando las veces. Porque Dios tampoco lleva una contabilidad de nuestras faltas.

La parábola que sigue lo explica maravillosamente. Un hombre tiene una deuda enorme con su señor. No puede pagarla. Entonces suplica misericordia y el señor, movido a compasión, le perdona toda la deuda. Pero ese mismo hombre sale y encuentra a alguien que le debe una cantidad mucho menor. En lugar de tener misericordia, lo toma por el cuello y exige que le pague.

Aquí está la contradicción:

Ha recibido misericordia, pero no sabe ofrecer misericordia. Y esa puede ser también nuestra contradicción. Venimos a la iglesia, pedimos: “Señor, perdona mis pecados.” Y rezamos:

“Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden.”

Pero ¿realmente estamos dispuestos a perdonar? ¿Cuánto nos ha perdonado Dios?

La pregunta que hoy debemos hacernos no es solamente:

“¿Cuánto me ha hecho daño esa persona?” Sino: “¿Cuánto me ha perdonado Dios a mí?”

Cuando recordamos nuestra propia fragilidad, nuestros errores, nuestras equivocaciones y nuestras faltas, comprendemos que también nosotros hemos necesitado misericordia.

El Salmo nos recuerda que Dios “no nos trata según nuestros pecados” y que su misericordia es grande. ¡Qué hermoso es saber que Dios no nos mira solamente por aquello que hicimos mal! Dios mira también aquello que podemos llegar a ser.

Perdonar es una decisión, no siempre un sentimiento Quizás alguien diga:

“Padre, yo quiero perdonar, pero todavía me duele.” Y eso es completamente humano.

A veces perdonamos con la voluntad antes de que el corazón consiga sanar. Por eso podemos comenzar diciendo:

“Señor, yo todavía no puedo sentir amor por esta persona, pero quiero dejar de odiarla. Ayúdame a perdonarla.” Ese puede ser el comienzo de una gran liberación.

El perdón puede ser un proceso. Hoy perdono. Mañana vuelvo a recordar. Entonces vuelvo a perdonar. Y poco a poco el corazón comienza a sanar.

Perdonar también significa perdonarnos a nosotros mismos

Hay otro aspecto importante.

Algunas personas han aprendido a perdonar a los demás, pero no saben perdonarse a sí mismas. Viven diciendo:

“Si yo hubiera hecho…” “Si no hubiera tomado aquella decisión…” “Si hubiera actuado de otra manera…”

Víctor Martinez te pregunta: Si Dios te ha perdonado, ¿por qué tú sigues condenándote? Reconoce tu error, aprende de él, pide perdón y sigue caminando. La misericordia de Dios no solamente nos libera de la culpa; también nos devuelve la esperanza.

Cristo nos enseña una nueva manera de vivir.

La segunda lectura de san Pablo nos recuerda que no vivimos para nosotros mismos, sino para el Señor, porque Cristo murió y resucitó para ser Señor de vivos y muertos.

Esto cambia nuestra manera de relacionarnos.

Si Cristo es verdaderamente el Señor de nuestra vida, no podemos construir nuestra existencia alrededor del resentimiento, la venganza y el odio.

El cristiano no está llamado a devolver el golpe. Está llamado a romper la cadena del mal.

Alguien me hirió, pero yo no voy a continuar la herida. Alguien me ofendió, pero yo no voy a convertirme en una persona ofensiva.

Alguien me hizo sufrir, pero yo no voy a hacer sufrir a otros. Ahí comienza la verdadera libertad.

Quizás hoy Dios está poniendo un nombre en nuestro corazón. Una persona a la que necesitamos perdonar.

Un hijo. Una hija. Un esposo. Una esposa. Un hermano. Un amigo. Quizás incluso nosotros mismos.

Asumamos hoy una postura firme y repítete:

“Hoy voy a comenzar a soltar mi rencor.” No porque el otro tenga razón. No porque lo sucedido no haya sido grave. Sino porque Cristo quiere que mi corazón vuelva a ser libre.

Pidámosle al Señor:

“Jesús, tú que has tenido misericordia de mí, enséñame a tener misericordia con los demás. Sana mis heridas. Arranca de mi corazón el rencor. Dame la gracia de perdonar, de pedir perdón y de comenzar de nuevo. Que nadie que me haya hecho daño tenga el poder de robarme la paz que tú me has regalado.”

Y que cuando llegue el momento de rezar el Padre Nuestro podamos decir con sinceridad:

“Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden.” Amén.

Gracias a nuestra hermana Matilde Farach por hacer posible que esta prédica haya llegado hasta todos ustedes, bendícela, Señor.

Hasta la próxima.

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba