Pedro Mir, permeado de caña quemada y gloria de culturas

Por Augusto Álvarez
Durante un acto público, el profesor Juan Bosch, refiriéndose a Pedro Mir, comentó que los poetas eran algo así como “bichos raros”. ¿Tendría razón?
La exquisitez del Poeta Nacional resulta difícil de explicar cuando se conoce el ambiente que marcó sus primeros años: el sudor de los obreros, el olor de la caña quemada y la vida intensa del ingenio San Luis, en San Pedro de Macorís, el legendario Macorís del Mar.
Hijo de padres extranjeros, aunque latinoamericanos de extremo a extremo, fue acariciado por el calor de un mismo astro y quizás comprendió desde temprano que había nacido bajo el mismo trayecto del sol que ilumina a todos los pueblos de nuestra América.
Conocí a ese gigante de la cultura dominicana durante una entrevista que aceptó concederme en un pequeño apartamento ubicado detrás del cuartel de la Policía Nacional, en la avenida Bolívar, en Gazcue.
Habíamos leído que el lenguaje articulado es la cáscara material de la voz, y nos atrevimos a preguntarle si alguna vez quiso que hablaran las tierras comuneras que inmortalizó en sus versos.
Posiblemente las nuevas generaciones se interesen más por Amén de Mariposas y Tres Leyendas de Colores, dos de las obras más conocidas del gigante surgido del ingenio San Luis. Sin embargo, cabe preguntarse: ¿han leído también Hay un País en el Mundo? ¿Se han detenido en la profundidad de Amaban las Tierras Comuneras, una de las creaciones más trascendentes de nuestra literatura?
Pedro Mir sigue siendo una voz necesaria para entender la historia, la identidad y las luchas del pueblo dominicano. Su poesía nació entre cañaverales, humo y trabajo duro, pero terminó convirtiéndose en patrimonio de toda una nación.



