PICANTE

Venden un país de fantasía, mientras el miedo gana las calles

Mientras desde el poder se promociona una República Dominicana de propaganda, la realidad golpea a los ciudadanos con inseguridad, desconfianza y una reforma policial que cada día convence a menos personas.

 Buenos días…

 Hay que tener mucho cuidado con quienes pretenden venderles espejismos a los dominicanos radicados en el exterior sobre las supuestas «maravillas» de la República Dominicana.

Hace unos meses, una dominicana oriunda del sur profundo, de una provincia fronteriza, nos escribió por una de nuestras redes sociales, describiendo al país como la «maravilla del mundo»: un paraíso sin problemas, donde —según ella— se podía transitar con absoluta tranquilidad gracias a la «reforma» policial impulsada por el presidente Luis Abinader.

Aseguraba que ahora tenemos una «nueva» Policía y que hasta el uniforme había sido cambiado para borrar la imagen del pasado.

Nuestra respuesta fue sencilla: no se deje vender ilusiones, no confunda propaganda con realidad, no sueñe despierta. Y la realidad hizo el resto.

Hoy esa señora está en República Dominicana. Vino a visitar el país donde nació, aunque ahora reside en Estados Unidos. Bastaron pocos días para que el discurso oficial chocara de frente con lo que vive la gente. Está horrorizada.

Quiere regresar cuanto antes porque dice sentirse insegura. Incluso nos llamó para advertirnos que nos cuidemos, luego de relatar que varios individuos intentaron sacar de la carretera el vehículo en el que viajaba, en un hecho que interpretó como un posible intento de asalto.

Su mensaje final fue demoledor: «Este país se jodió. Aquí todo el mundo anda buscando lo suyo para su bolsillo. ¿Y el pueblo?… Muy bien, gracias.»

Que cada quien saque sus conclusiones.

Nosotros seguiremos insistiendo en que la mejor política pública es decirle la verdad a la gente para que se cuide, no venderle cuentos de hadas.

Entre los mensajes que recibimos diariamente hubo uno que merece atención. Proviene de una persona con rango y amplia experiencia en las instituciones militares y policiales.

Su diagnóstico fue directo: «En la Policía hace falta liderazgo.» Afirma que muchos lo saben, pero pocos se atreven a decirlo.

Según su opinión, ningún gobierno quiere que dentro de las instituciones armadas surjan liderazgos fuertes por temor a que, llegado el momento, esos líderes defiendan los derechos de sus propios miembros.

Sostiene que cuando comenzó la reforma nadie salió a defender a los policías que entendían que se estaban afectando derechos adquiridos.

Aclara que está de acuerdo con transformar la institución, pero no con hacerlo atropellando derechos ni ignorando la experiencia de quienes han servido durante años.

Y remató con una frase lapidaria: «Hablar hoy de reforma policial es irrespetar a la ciudadanía, porque lo que existe no es una transformación, es un desorden.»

Es su opinión. Y ese sabe lo que dice. Y nosotros compartimos esa posición.

También recibimos numerosas críticas dirigidas a la ministra de Interior y Policía, Faride Raful, por el amplio dispositivo de seguridad que la acompaña, incluso en actividades religiosas.

No cuestionamos que una funcionaria de esa responsabilidad tenga protección. Lo que sí llama la atención es el mensaje que eso transmite.

Porque mientras el ciudadano común sale cada mañana sin escoltas, sin protección y con la incertidumbre de si regresará tranquilo a su hogar, quienes dirigen la seguridad del Estado se desplazan rodeados de un fuerte anillo de protección. Y aquí está la gran contradicción.

Si el país es tan seguro como se pregona desde los micrófonos oficiales, ¿por qué quienes gobiernan necesitan tantos escoltas?

Si la reforma policial es el éxito que nos venden, ¿por qué crece la percepción de inseguridad entre la población?

Y si todo marcha tan bien, ¿por qué cada día son más los dominicanos —dentro y fuera del país— que dicen sentir miedo?

Las campañas publicitarias pueden maquillar estadísticas. Los discursos pueden adornar la realidad. Pero el miedo no se combate con propaganda.

La delincuencia no retrocede porque cambien un uniforme, impriman un eslogan o inauguren una oficina. Retrocede cuando existe autoridad, liderazgo, inteligencia, prevención y un régimen de consecuencias que funcione.

Porque al final, la realidad siempre termina derrotando a la propaganda.

Y esa… esa no hay agencia publicitaria que pueda esconderla.

 

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