Si volviera a nacer, volvería a ser periodista

Por Margarita de la Rosa
Hoy, en esta tranquila mañana sabatina, he viajado de regreso a mi niñez. Y he vuelto a encontrarme con aquella niña que, mientras otros buscaban música en el radio, se detenía fascinada a escuchar noticias.
En aquellos tiempos no existían los recursos tecnológicos de ahora. La televisión era un lujo extraño en muchos hogares y el radio era la ventana por donde entraba el mundo.
Mi madre, ya fallecida, siempre recordaba con asombro cómo yo giraba el dial no para buscar canciones, sino voces que narraran acontecimientos, conflictos, tragedias y verdades.
Y ahí estaba yo, todavía una niña, extasiada escuchando a aquellos locutores que contaban la vida con solemnidad, pasión y sentido de urgencia, sin imaginar que muchos años después terminaría sentada del otro lado del micrófono, persiguiendo noticias, confirmando hechos y abrazando para siempre el oficio que marcaría mi destino: el periodismo.
Cuando llegó el momento de escoger una carrera universitaria, ya yo sabía lo que quería ser. No había dudas dentro de mí. Quería ser periodista.
Sin embargo, aquella decisión no fue recibida con entusiasmo en mi casa.
Recuerdo todavía la reacción de mi padre cuando le dije que estudiaría periodismo. Para él no era precisamente la profesión soñada para una hija. Su respuesta fue dura y directa: “Si vas a estudiar periodismo, no cuentes conmigo para comprarte un libro”.
Pero hay vocaciones que nacen tan profundamente dentro del ser humano que terminan imponiéndose a cualquier resistencia. Y así ocurrió conmigo. Le respondí que los libros los compraría yo, pero que sería periodista.
Con el paso de los años, aquella niña que escuchaba fascinada los noticiarios terminó trabajando precisamente en una de las emisoras que admiraba desde pequeña. Aún puedo recordar la emoción inmensa que sentí cuando llegué a formar parte de Radio Comercial y de su emblemático noticiario Noti Tiempo.
La vida me permitió vivir desde adentro aquello que un día soñé desde un viejo radio.
Y durante más de cuatro décadas ejercí el periodismo con pasión, recorriendo calles, comunidades, oficinas públicas y escenarios de conflictos, persiguiendo informaciones, verificando hechos y tratando siempre de ejercer la profesión con apego a la verdad y sentido de justicia.
Nunca me importaron demasiado los riesgos ni las incomodidades que muchas veces acompañan este oficio. Siempre sentí que denunciar una injusticia, contar la realidad de los más vulnerables o exponer aquello que otros preferían callar era parte esencial de mi responsabilidad como periodista.
Pero con los años también descubrí algo doloroso: aquella libertad de prensa que imaginé de joven muchas veces chocaba contra intereses económicos, políticos y empresariales.
Viví momentos en los que una denuncia confirmada, una injusticia real o un abuso evidente simplemente no podían salir al aire porque afectaban a personas influyentes.
Todavía recuerdo a un director decirme sin rodeos: “Esa información no sale aquí. No voy a permitir que le cierren la emisora a este medio. Si pasa algo, tú encontrarás trabajo en otro lugar, pero el que pierde soy yo”.
Y entendí entonces una de las verdades más duras del oficio: muchas veces no te censura el medio… terminas censurándote tú mismo, porque sabes de antemano que tu trabajo no verá la luz.
Fue duro comprender que muchos medios de comunicación también responden a intereses, porque al final son empresas, estructuras de poder, espacios donde no siempre la verdad tiene vía libre.
Sin embargo, lejos de apartarme del periodismo, esas experiencias terminaron reafirmando mi compromiso con la necesidad de decir las cosas tal como son.
Quizás por eso esta etapa de mi vida tiene para mí un significado tan especial.
Ya no corro detrás de cierres de edición ni dependo de la autorización de un director para expresar lo que pienso. Las redes sociales, las columnas independientes y las plataformas digitales me han regalado algo que durante muchos años muchas veces sentí limitado: libertad.
La libertad de escribir mi verdad. La libertad de denunciar sin pedir permiso. La libertad de no callar para proteger intereses ajenos.
Claro que eso también tiene un precio. Hay amistades que se enfrían, personas que se alejan y sectores que te aplauden cuando denuncias aquello que les conviene, pero te satanizan cuando decides mirar hacia el lado que les incomoda.
Pero aprendí a convivir con eso.
Porque después de más de cuarenta años ejerciendo esta profesión, sigo creyendo que callar una verdad duele mucho más que perder una simpatía.
Y si volviera a nacer, volvería a ser periodista.


