OPINION

Esparcir veneno para eliminar perros una práctica muy frecuente en zonas rurales

 

Por Margarita de la Rosa

La noticia de que se han esterilizado miles de perros mediante jornadas impulsadas por las autoridades constituye una iniciativa digna de reconocimiento.

Sin embargo, más allá de las cifras, esta información invita a reflexionar sobre una realidad que permanece oculta en numerosos municipios y comunidades rurales de la República Dominicana.

En muchos campos del país existe una creciente población de perros y gatos sin hogar. Son animales que nacen en las calles, se reproducen sin control y sobreviven como pueden.

En su búsqueda de alimento terminan entrando a patios, consumiendo huevos, atacando pollitos o incluso causando daños a pequeños criadores que dependen de esos animales para complementar sus ingresos familiares.

La reacción de muchos afectados suele ser tan comprensible como lamentable. Ante la falta de soluciones efectivas, algunos recurren al uso de venenos para exterminar a los animales. En una sola noche pueden morir varios perros, gatos y otras especies. Se trata de una práctica cruel que genera sufrimiento innecesario y que, además, representa un riesgo para la salud pública y el medio ambiente.

Pero existe otro daño menos visible y quizás más preocupante: el impacto social y emocional que estas acciones provocan. En muchas ocasiones los niños son testigos directos de estos envenenamientos. Algunos ven morir a mascotas que consideran parte de su familia. Otros observan cómo se normaliza la violencia contra seres indefensos. Ninguna sociedad puede aspirar a construir ciudadanos sensibles y respetuosos de la vida si convierte el sufrimiento animal en una escena cotidiana.

Por eso las jornadas de esterilización deben llegar con mayor fuerza a los municipios, distritos municipales y comunidades rurales. Allí es donde el problema de la reproducción descontrolada alcanza mayores proporciones. La prevención siempre será más humana, más económica y más efectiva que el exterminio.

Esta responsabilidad no puede recaer únicamente sobre los ayuntamientos o las autoridades gubernamentales. También debe involucrar a clínicas veterinarias, universidades, fundaciones protectoras de animales, empresas privadas y organizaciones comunitarias.

Muchas fundaciones realizan una labor admirable, pero carecen de recursos suficientes para desplazarse a las zonas más apartadas del país. Un esfuerzo coordinado permitiría multiplicar el alcance de estos operativos.

La esterilización masiva, acompañada de campañas educativas sobre tenencia responsable de mascotas, representa una de las herramientas más efectivas para reducir el abandono animal, prevenir conflictos con las comunidades y evitar actos de crueldad que terminan afectando tanto a los animales como a las personas.

Cada perro o gato esterilizado significa menos camadas condenadas al abandono, menos animales expuestos al hambre y menos situaciones que terminan en tragedias evitables.

Apostar por la esterilización es apostar por una convivencia más armoniosa entre seres humanos y animales.
La solución no está en el veneno. La solución está en la prevención, la educación y el compromiso colectivo. Si queremos comunidades más humanas, debemos empezar por reconocer que el respeto por la vida también incluye a aquellos seres que no tienen voz para defenderse.

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