La autopista convertida en corral

Por Margarita de la Rosa
No fue una escena excepcional. Fue una escena cotidiana. Y precisamente por eso resulta tan peligrosa.
La fotografía que acompañan este artículo fue tomada en una de nuestras principales vías de comunicación. No muestra un accidente. Muestra algo que, por repetirse con demasiada frecuencia, muchos ya consideran normal: vacas ocupando la carretera mientras decenas de conductores esperan para continuar su camino.
Pero no es normal.
Cada vez que transito por la Autovía del Nordeste o por la carretera Juan Pablo II, especialmente rumbo a Bayaguana, me encuentro con animales pastando en los paseos, caminando por el asfalto o cruzando la vía sin ningún control. Vacas, toros, becerros y caballos forman parte del paisaje como si la autopista fuera una extensión de los potreros.
Lo más preocupante no es el retraso que provocan. Lo verdaderamente grave es el riesgo permanente para cientos de familias.
Basta un segundo. Un becerro que decida cruzar hacia donde está su madre. Un caballo detenido en medio de la vía durante la noche. Una vaca que aparezca de improviso en una curva. Y ese segundo puede convertirse en una tragedia.
No hablamos de una hipótesis. En el país se han registrado accidentes mortales y personas han perdido la vida tras impactar animales que jamás debieron estar en una carretera de alta velocidad.
La pregunta es inevitable.
¿Quién responde cuando una familia queda destruida por la irresponsabilidad de permitir que el ganado deambule libremente por las vías públicas?
Los propietarios de esos animales tienen una responsabilidad evidente. Pero también corresponde a las autoridades hacer cumplir las normas y evitar que un problema conocido continúe poniendo vidas en peligro.
No puede ser que la única reacción ocurra después del accidente.
No puede ser que los conductores tengan que viajar esperando encontrarse, en cualquier momento, con un caballo dormido en el asfalto o con una vaca atravesada en plena carretera.
Las autopistas fueron construidas para conectar pueblos, impulsar el desarrollo y transportar personas con seguridad. No para convertirse en corrales improvisados.
Mientras esta situación continúe siendo vista como algo normal, seguiremos lamentando accidentes que pudieron evitarse.
Porque el verdadero problema no son las vacas.
El verdadero problema es la indiferencia.



