¿Qué esconden las hojas de vida de los policías?
Las faltas disciplinarias y los antecedentes internos no pueden seguir siendo ignorados si el país aspira a una verdadera reforma policial.

Por Augusto Álvarez
El cabo de la Policía Nacional señalado como responsable de la muerte de Darlin Mercado pertenecía a un grupo élite de la institución y, según informaciones divulgadas, tenía dos anotaciones disciplinarias en su hoja de vida. La pregunta es inevitable: ¿cuántos agentes más con antecedentes similares integran unidades especiales?
Esa es la realidad. ¿Cómo convertir la llamada reforma policial en un instrumento al servicio de la ciudadanía si no se revisa con rigor el historial de quienes portan un arma y ejercen autoridad?
Los ascensos no son un fenómeno nuevo. Históricamente, una parte importante de los beneficiados ha cargado con expedientes disciplinarios que, lejos de convertirse en un obstáculo para su carrera, en ocasiones parecen no impedir su incorporación a equipos especializados.
Integrar una unidad élite no se consigue por asistir a actividades religiosas ni únicamente por una sólida formación académica. También exige disciplina, equilibrio emocional, respeto a los derechos ciudadanos y un expediente profesional intachable. Esos deberían ser los criterios fundamentales para seleccionar a quienes reciben mayores responsabilidades.
En cualquier cuerpo policial, las unidades especiales requieren personal con la más alta preparación, autocontrol y apego a la ley. Por eso resulta difícil creer en una reforma auténtica mientras las hojas de vida de los agentes no sean objeto de una evaluación seria, transparente e independiente.
Con demasiada frecuencia pesa más la influencia de determinados superiores que las enseñanzas recibidas en las academias policiales. Esa cultura institucional termina debilitando cualquier esfuerzo de transformación.
Vale preguntarse si algunos agentes recuerdan episodios que han conmocionado al país antes de actuar: el caso ocurrido en La Barranquita, en Santiago; la muerte de una arquitecta en Boca Chica; el asesinato de dos pastores, y otros hechos que marcaron profundamente la relación entre la ciudadanía y la Policía Nacional.
La verdadera reforma policial no puede limitarse a cambiar uniformes, adquirir equipos modernos o impartir nuevos cursos. Debe comenzar por revisar quiénes integran la institución, qué historial arrastran y si realmente poseen las condiciones éticas, profesionales y psicológicas para proteger a la población.
Porque, al final, la pregunta sigue vigente: ¿se está hablando en serio cuando se promete una reforma policial, o simplemente se está maquillando un problema que exige decisiones de fondo?



