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¡No todo es culpa del conductor! Calles destruidas, señales desaparecidas y un tránsito sin brújula

Hoyos, cunetas deterioradas, falta de señalización y ausencia de planificación también fabrican tapones; mientras tanto, el ciudadano pierde horas, combustible y dinero atrapado en calles que parecen diseñadas para complicarle la vida.

Y 3

Por Augusto Álvarez

Sería cómodo culpar exclusivamente a los conductores por el desastre vial dominicano. 

Pero sería también injusto.

El caos tiene varios padres.

El mal estado de las vías constituye uno de ellos. Hoyos, pavimentos deteriorados, calles destruidas y cunetas en malas condiciones obligan a los conductores a reducir la velocidad, cambiar de carril o realizar maniobras inesperadas.

Y cada maniobra de ese tipo puede convertirse en el comienzo de otro tapón.

Los hoyos también provocan congestionamientos

Un conductor encuentra un hoyo “ciego” y trata de esquivarlo.

El vehículo que viene detrás frena.

Una motocicleta intenta pasar por el medio.

Otro automóvil cambia de carril.

Y en cuestión de segundos, una vía que podía mantenerse en movimiento termina congestionada.

Lo mismo ocurre con las cunetas destruidas en las esquinas y otros obstáculos que obligan a los conductores a reducir la velocidad o invadir parcialmente otros carriles.

Por eso, mantener las calles en buenas condiciones también es una política de tránsito.

Una ciudad sin señales es una ciudad a ciegas

La falta de señalización es otro problema.

Muchos conductores, especialmente en barrios y sectores de crecimiento acelerado, desconocen cuáles son las vías principales, cuáles tienen preferencia o dónde comienza una zona escolar.

Las señales de “PARE”, “PELIGRO”, “ZONA ESCOLAR” y otras advertencias no son adornos urbanos.

Son herramientas de seguridad.

Cuando desaparecen, se deterioran o simplemente nunca son colocadas, el conductor queda obligado a interpretar la calle por su cuenta.

Y cuando cada quien interpreta una intersección de manera diferente, el caos está garantizado.

El tapón también golpea el bolsillo

El problema del tránsito no es solamente que el ciudadano llegue tarde a su trabajo.

También tiene un costo económico.

Un vehículo atrapado durante largos períodos consume combustible sin avanzar. El trabajador pierde tiempo, las mercancías tardan más en llegar, el transporte público se hace más lento, los negocios pierden clientes y los servicios de emergencia encuentran dificultades para desplazarse.

En un país donde el costo de los combustibles representa una preocupación permanente para las familias y empresas, mantener miles de vehículos diariamente atrapados en las calles es también quemar dinero en el asfalto.

No hay que inventar la rueda

La República Dominicana ha tenido experiencias que demuestran que el tránsito puede mejorar cuando existe decisión.

Durante la gestión del hoy mayor general retirado Frener Bello Arias, se aplicaron medidas para mejorar la circulación vehicular en el Distrito Nacional y la provincia Santo Domingo.

Algunas fueron rechazadas inicialmente, pero terminaron siendo valoradas por sus resultados. Entre ellas estuvieron los corredores establecidos en importantes vías, que contribuyeron a facilitar la circulación entre el Distrito Nacional y diferentes municipios de la provincia Santo Domingo.

La experiencia deja una enseñanza: una medida de tránsito no tiene que ser popular el primer día para ser necesaria.

Lo importante es que funcione, que se evalúe y que se corrija cuando sea necesario.

¿Cuál es la salida?

La solución no está en una medida aislada.

Hace falta aplicar con firmeza la Ley 63-17, mantener agentes en los puntos críticos, eliminar estacionamientos ilegales, organizar las paradas del transporte público, controlar las motocicletas, regular la circulación de vehículos pesados, sincronizar los semáforos y mejorar la señalización.

También es necesario mantener las calles, reparar hoyos y cunetas, organizar la recogida de basura para evitar las horas de mayor circulación y coordinar las acciones entre las autoridades nacionales y municipales.

Y, sobre todo, dejar de trabajar el tránsito únicamente mediante operativos especiales.

El tránsito necesita una política permanente.

¡El tapón no puede ser el destino!

La realidad es que hoy los “tapones” aparecen a cualquier hora del día y hasta entrada la noche.

El ciudadano sale de su casa sin saber cuánto tiempo tardará en llegar a su destino.

Y esa incertidumbre también tiene consecuencias sobre la productividad, la salud, la economía familiar y la calidad de vida.

La República Dominicana no está condenada a vivir atrapada entre bocinas, motores, vehículos estacionados en doble fila y calles bloqueadas.

Pero para cambiar la situación hay que recuperar algo que parece haberse perdido: el respeto por el espacio público y por la ley.

Porque una ciudad donde cada quien hace lo que quiere en las calles termina siendo una ciudad donde nadie puede circular con tranquilidad.

Y la pregunta final queda sobre la mesa: ¿Hasta cuándo los dominicanos tendremos que pagar con tiempo, combustible, dinero y paciencia la falta de orden en nuestras calles?

El tránsito puede organizarse. Lo que falta no es una fórmula: falta decisión para aplicarla.

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