
Por las declaraciones de altas figuras de Estados Unidos, podría interpretarse que en la administración de Donald Trump se privilegia más el uso de la fuerza que la diplomacia para resolver conflictos políticos.
Cuba atraviesa una situación económica extremadamente difícil, agravada ahora por la crisis en el estrecho de Ormuz, las tensiones con Irán y el aumento del precio del petróleo.
Ciertamente, en la isla se sienten con fuerza el hambre, los apagones y las precariedades, incluso desde antes de que el barril del crudo alcanzara los altos precios actuales.
El secretario de Estado, Marco Rubio, no ha descubierto nada nuevo, así como tampoco el presidente Miguel Díaz-Canel ha variado su discurso al afirmar que Cuba no amenaza ni agrede a nadie, aunque sostiene que el país sabrá defenderse ante cualquier agresión.
Más allá de las consecuencias del bloqueo sobre la economía cubana, ninguna nación que valore la vida humana debería apostar a un enfrentamiento con Estados Unidos. De ahí la necesidad de canalizar las diferencias por la vía del diálogo y la diplomacia.
Hablando es que la gente se entiende. Y conviene recordar que el lenguaje sigue siendo la herramienta más poderosa para evitar que los conflictos terminen en tragedias.



