OPINION

Hildanys no volvió a casa… le faltó el casco que pudo salvarle la vida

 

Por Margarita de la Rosa

Hay temas que llegan al debate público como una disposición, una normativa o una medida oficial. Pero, para algunas familias, esos temas no son teoría: tienen rostro, nombre, ausencia y dolor.

Por eso, cuando escucho las discusiones en torno al uso obligatorio del casco protector para quienes conducen motocicletas y para quienes viajan como pasajeros, no puedo verlo como una simple carga económica ni como una molestia más impuesta desde las autoridades.

Lo veo desde una herida muy personal. Hace casi tres años perdí a una gran amiga, de esas que no se miden por la sangre, sino por el afecto y la cercanía.

Hildanys Trinidad murió en un accidente de motor cuando viajaba junto a su esposo. Él sobrevivió. Ella no. La diferencia, según quienes vivieron de cerca aquella tragedia, fue brutal y sencilla: él llevaba casco protector; ella, que iba como pasajera, no lo llevaba.

Hildanys recibió los golpes más severos en la cabeza. Tenía treinta y tantos años. Dejó este mundo demasiado pronto. Dejó dolor, vacío y dos niñas huérfanas que hoy crecen bajo el amparo de quienes la amamos y seguimos sintiendo su ausencia.

Desde entonces, cada vez que veo en la calle a un motorista llevando también casco para su acompañante, siento que ahí hay una conciencia que merece ser reconocida.

Porque no se trata de un adorno, ni de una formalidad. Se trata de una posibilidad concreta de seguir vivo.

La Ley 63-17, en su artículo 157, establece que los conductores de motocicletas y sus pasajeros deben estar provistos de casco protector homologado.

También el artículo 251 prohíbe transitar sin esos cascos protectores homologados.

Es decir, la protección del pasajero no es una ocurrencia reciente: está contemplada en la legislación dominicana.

Ahora, el INTRANT ha avanzado con una normativa técnica sobre cascos homologados, orientada a que no se use cualquier objeto en la cabeza, sino un casco que realmente proteja ante un impacto.

La institución ha explicado que estos deben contar con estructura rígida, sistema de absorción de golpes y mecanismo de retención ajustable.

Por supuesto, en un país donde miles de familias viven de un motor, no se puede ignorar el costo. Si un casco homologado resulta caro para un motoconchista, el Estado y las instituciones llamadas a preservar la vida deben acompañar la medida con orientación, facilidades, plazos razonables y mecanismos que impidan la especulación comercial.

Pero una cosa es discutir cómo se implementa la medida, y otra muy distinta es rechazar la protección misma. Porque el pasajero también tiene cabeza. El pasajero también tiene familia. El pasajero también deja hijos, padres, amigos y una historia inconclusa cuando la muerte lo arrebata en el pavimento.

En República Dominicana, la siniestralidad vial es una tragedia nacional. Datos citados por El País, a partir del Observatorio Permanente de Seguridad Vial, indican que en 2024 murieron 3,114 personas por accidentes de tránsito, y que los motociclistas representan una alta proporción de las víctimas mortales.

Por eso, cuando se habla del casco para el conductor y para el pasajero, no estamos hablando de una exageración. Estamos hablando de una medida mínima frente a una realidad dolorosa.

Yo no escribo estas líneas desde la frialdad de la estadística. Las escribo desde el recuerdo de Hildanys. Desde el “si ella hubiera tenido su casco” que tantas veces escuchamos después del accidente.

Desde el dolor de mirar a dos niñas crecer sin su madre.

Ojalá ningún hogar tenga que aprender tarde lo que nosotros aprendimos con lágrimas.

El casco no evita todos los accidentes, pero puede marcar la diferencia entre una lesión y una muerte. Entre una recuperación difícil y una ausencia definitiva. Entre volver a casa o dejar una silla vacía para siempre.

Por Hildanys. Por sus niñas. Por tantas madres, esposas, hijas, hermanas y amigas que se suben a un motor confiadas en llegar. Que el casco para el pasajero no sea visto como una carga, sino como un acto elemental de amor y responsabilidad.

Porque una vida salvada vale más que cualquier excusa.

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