Cuando el amor se convierte en complicidad

Por Margarita de la Rosa
La reciente protesta protagonizada por reclusos vinculados al narcotráfico en el nuevo centro penitenciario de Las Parras dejó al descubierto muchas realidades preocupantes. Sin embargo, hubo un hecho que me impactó más que cualquier disturbio: la detención de una madre que presuntamente intentaba introducir drogas para su hijo encarcelado.
Más allá de las responsabilidades penales que correspondan a las autoridades determinar, el hecho nos obliga a reflexionar sobre una pregunta dolorosa: ¿hasta dónde puede llegar la permisividad familiar frente al consumo de drogas?
Ninguna madre trae un hijo al mundo para verlo destruido por la adicción.
Sin embargo, en demasiados hogares el amor termina confundido con tolerancia, y la tolerancia con complicidad. Lo que comienza como comprensión termina convirtiéndose en apoyo involuntario a una conducta que destruye vidas.
La drogadicción avanza a pasos alarmantes. Ya no es un problema limitado a determinados barrios o sectores marginales. Está presente en residenciales, urbanizaciones, colegios, escuelas y universidades.
Quienes recorremos los campos dominicanos también observamos una realidad que hace apenas unas décadas parecía impensable: comunidades rurales donde antes los jóvenes apenas consumían alcohol hoy hablan abiertamente de puntos de venta de drogas y de muchachos atrapados por las adicciones.
La situación resulta aún más preocupante cuando observamos el surgimiento de drogas cada vez más destructivas. El fantasma del fentanilo, responsable de miles de muertes en otros países, ya comienza a mencionarse en nuestro entorno. Si no hemos podido contener el avance de las sustancias que ya circulan, ¿qué ocurrirá cuando drogas aún más letales se expandan entre nuestra juventud?
Frente a esta realidad, también debemos abrir un debate que muchas sociedades continúan evitando. ¿Puede una persona profundamente atrapada por la adicción tomar libremente la decisión de buscar ayuda? ¿Qué ocurre cuando el consumo ha deteriorado su capacidad de juicio, ha destruido a su familia y representa un peligro para sí mismo o para otros?
Durante años se ha repetido que el adicto solo puede rehabilitarse si decide hacerlo voluntariamente.Sin embargo, miles de familias viven diariamente el drama de ver cómo un ser querido se hunde sin que la ley les permita intervenir de manera efectiva. Tal vez haya llegado el momento de replantear algunas de nuestras políticas y discutir mecanismos que permitan tratamientos obligatorios bajo estrictas garantías legales y médicas.
Lo ocurrido con esa madre en la cárcel no es únicamente una noticia policial. Es el reflejo de una crisis social mucho más profunda. Es la evidencia de que la droga no solo destruye al consumidor. También altera los vínculos familiares, deforma el sentido de protección y empuja a personas que aman a cruzar límites que jamás imaginaron cruzar.
Quizás la pregunta más inquietante no sea por qué una madre llevó drogas a su hijo preso.
La verdadera pregunta es: ¿cómo llegamos hasta aquí?
Y, sobre todo, ¿hacia dónde vamos si seguimos mirando hacia otro lado?



