
Entre torturas, persecuciones políticas, huelgas estudiantiles y batallas por la democracia, dos jóvenes forjaron una amistad que ha resistido más de medio siglo. Este es el testimonio de una generación que enfrentó el miedo, desafió el poder y se negó a bajar la cabeza.
Diálogo histórico: memoria, lucha y hermandad
Hay amistades que nacen en la comodidad de los buenos tiempos. Otras se forjan en la adversidad, en las calles calientes de la lucha social, bajo el ruido de las consignas y el peligro de la represión. La nuestra pertenece a esta última categoría.
Conocí a Tonty Rutinel en los agitados años de comienzos de la década de 1970, en las luchas estudiantiles de la UASD, del Liceo Juan Pablo Duarte y de la Escuela Perú, en Santo Domingo. Era un joven que encabezaba justas reivindicaciones estudiantiles y sociales, con el entusiasmo y la valentía propios de una generación que soñaba con una República Dominicana más democrática y justa.
Yo tampoco rehuyé aquellos desafíos. En mi natal Elías Piña enfrenté la represión de la Banda Colorá y de los organismos de seguridad durante los doce años del doctor Joaquín Balaguer. Fueron tiempos difíciles, marcados por la persecución política, las detenciones arbitrarias y la lucha constante por la libertad de los presos políticos, muchos de los cuales sufrían torturas y abusos en destacamentos policiales, en el Servicio Secreto, en el Palacio de la Policía y en la cárcel de La Victoria.

También luchábamos por el retorno de los exiliados y por mayores recursos para la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), convencidos de que allí se formaban los hijos de los sectores más humildes del país. Una UASD fuerte significaba oportunidades para quienes menos tenían.
Entre organizaciones estudiantiles como FUSD, FRAGUA y FEFLAS existían diferencias ideológicas y organizativas, pero compartíamos una misma trinchera en defensa de la democracia y contra los abusos del régimen.
Mi compromiso comenzó muy temprano. Desde Elías Piña ejercía el periodismo como corresponsal de importantes medios escritos y radiales, combinando la labor informativa con una activa militancia democrática.
En 1973 mi situación se tornó especialmente peligrosa. Fui vinculado a la expedición encabezada por el coronel Francisco Alberto Caamaño Deñó, quien desembarcó por Playa Caracoles junto a un grupo de combatientes con el propósito de enfrentar la dictadura.
Fui arrestado en Elías Piña y sometido a brutales torturas. Mi espalda, mis brazos, mis piernas y mi cabeza fueron víctimas de los abusos de quienes pretendían arrancar confesiones a fuerza de golpes.
La Providencia puso en mi camino al sacerdote español Adolfo Casado, quien, haciendo valer su autoridad moral, intervino para salvarme. Junto a la valiente doña Carmen Mazara, a quien siempre consideré una segunda madre, lograron rescatarme de aquella situación. Permanecí semanas entre el cautiverio y la prisión domiciliaria, hasta que finalmente pude recuperar mi libertad y salvar la vida.
Mis compañeros de la prensa nunca me abandonaron. Recibí el respaldo solidario de medios como El Nacional, Radio Comercial, La Noticia y Listín Diario, así como del Sindicato Nacional de Periodistas Profesionales (SNPP).
En marzo de 1974 fui testigo de otro episodio crucial de nuestra historia política. El entonces candidato presidencial Antonio Guzmán y el líder del PRD, doctor José Francisco Peña Gómez, fueron objeto de humillaciones y atropellos por parte de sectores militares. Mientras documentaba aquellos hechos con mi cámara y mis reportes periodísticos, también corría peligro mi propia vida.
El destacado abogado Abraham Bautista Alcántara desempeñó un papel decisivo para evitar consecuencias mayores.
Posteriormente estudié Comunicación Social en la Universidad Central del Este (UCE) y más adelante obtuve una beca para continuar mi formación en la Universidad Central de Venezuela (UCV), en Caracas, donde amplié mis conocimientos académicos y fortalecí mis convicciones democráticas.
Aquellas experiencias me enseñaron que la defensa de los principios tiene un costo. Que la dignidad exige permanecer de pie cuando otros se inclinan. Que el periodista debe mantener la cámara encendida y la pluma firme incluso cuando el miedo intenta imponer silencio.
Las luchas de Elías Piña, de Santo Domingo, de la UASD, del Liceo Juan Pablo Duarte y de la Escuela Perú estaban conectadas por una misma aspiración: construir una nación más libre y más justa.
Traigo hoy estos recuerdos para referirme a un hermano de luchas, sacrificios y sueños compartidos: Tonty Rutinel, quien recientemente fue sometido a una delicada intervención quirúrgica.
Recuerdo también a su ejemplar madre y a toda su familia, símbolos de entrega, trabajo y compromiso social.
Trabajamos estrechamente junto a compañeros como José Ovalle, Chichí Guzmán, Pedro Peralta y Prestor Reyes Aguirre, contando además con el respaldo solidario de un venezolano excepcional, don Felipe Álvarez Oropeza, a quien siempre consideramos un guía y un amigo.
Inspirados en experiencias democráticas latinoamericanas, contribuimos a fortalecer estructuras organizativas que ayudaron a consolidar procesos políticos que culminaron con importantes victorias electorales y el fortalecimiento de la democracia dominicana.
Hoy, querido Tonty, me llena de alegría saber que continúas recuperándote con optimismo y fortaleza. Yo también sigo mi propio proceso de recuperación desde Manchester, New Hampshire, en los Estados Unidos, pero con el corazón puesto en nuestra tierra y en los amigos de toda una vida.
También mantengo viva mi solidaridad con el noble pueblo venezolano, país que me abrió sus puertas y me brindó oportunidades inolvidables. Aspiro a verlo recuperar plenamente la prosperidad y la grandeza que conocimos.
Tonty, ponte fuerte. Todavía nos queda mucho camino por recorrer, muchas historias por contar y muchas conversaciones pendientes.
Pronto iremos al Sur profundo a compartir un buen chenchén, unas guineítas y un chivo bien sazonado, junto a los viejos amigos y compañeros de siempre.
Recibe un abrazo fraterno.
Tu hermano de luchas, memoria y esperanzas.



