Las multas son para nosotros y la ley se detiene donde hay una motocicleta
Por Margarita de la Rosa
Hay una escena que se repite todos los días en nuestras calles y que, confieso, me llena de indignación.
El semáforo cambia a rojo. Una fila de motoristas cruza la intersección como si nada hubiera ocurrido. Detrás de ellos pasa otro grupo. Y otro más. Mientras tanto, unos metros más adelante, un agente de tránsito detiene a un conductor de automóvil para imponerle una multa por una infracción similar o incluso menor.
He visto esa escena demasiadas veces para creer que es casualidad. Desde hace años tengo la impresión de que en República Dominicana las multas existen para unos y no para otros. Que las leyes de tránsito se aplican con rigor a quienes pueden pagarlas y con una tolerancia inexplicable a quienes, por diversas razones, difícilmente podrían asumir el costo de una sanción.
Quizás alguien se moleste con esta afirmación. Pero es la conclusión a la que llego después de observar durante años el comportamiento de nuestras autoridades frente al caos protagonizado por miles de motocicletas.
Porque no estamos hablando de casos aislados.
Estamos hablando de motoristas que cruzan semáforos en rojo delante de los agentes. De motocicletas que circulan sin placas visibles. De conductores sin casco. De vehículos que transitan en vía contraria. De motocicletas que convierten las aceras en carreteras improvisadas. De hombres y mujeres que aparecen por la derecha, por la izquierda y entre carriles a velocidades que desafían cualquier lógica de supervivencia.
Y, sin embargo, la respuesta de la autoridad suele ser la misma: mirar hacia otro lado.
El resultado está a la vista.
Las calles se han convertido en un territorio donde las normas parecen opcionales para algunos.
El conductor de un vehículo ya no solo debe respetar las señales de tránsito; también debe desarrollar reflejos de piloto de combate para anticipar la aparición de una motocicleta por cualquier espacio imaginable.
Y si ocurre un accidente, surge otro temor.
Muchos conductores sienten que no solo enfrentan el daño material o el riesgo físico. Temen además verse rodeados por grupos que llegan de inmediato, muchas veces cargados de agresividad, creando escenarios de tensión y violencia que hacen sentir indefenso a cualquier ciudadano.
Lo más grave es que este problema no cayó del cielo.
Ha sido cultivado durante años por la permisividad oficial. Cuando una autoridad permite una infracción hoy, está autorizando cien más mañana. Cuando deja pasar una fila de motoristas en rojo, está enviando un mensaje devastador: la ley no es igual para todos.
Y cuando la ciudadanía percibe que las multas solo aparecen para quienes pueden pagarlas, la confianza en las instituciones comienza a deteriorarse.
No, el problema no son las motocicletas.
El problema es la impunidad.
El problema es un sistema que parece haber renunciado a imponer orden donde más falta hace. Y mientras esa realidad no cambie, seguiremos viviendo en un país donde muchos ciudadanos sienten que las multas son para nosotros y la tolerancia para los demás.



