OPINION

Alarma en Japón

 

Japón se mira al espejo y no se reconoce. La tercera economía del planeta, la democracia asiática más estable, la sociedad que pasó de las cenizas de 1945 al tren bala en 20 años, hoy enfrenta una pregunta que hace una década parecía impensable: ¿Estamos presenciando el principio del fin?

No es exageración. Es demografía, es ley, es cultura. Y es indignación.

1. Un país que se vacía: la matemática de la extinción

Los números de 2025 helaron la sangre del Ministerio de Salud: 705,809 nacimientos. Es la cifra más baja desde 1899, cuando Japón empezó a contar. Décimo año consecutivo en caída libre. En el mismo período murieron cerca de 1.6 millones de personas.

La cuenta es simple y brutal: Japón perdió casi 900,000 habitantes en un solo año. Es como si Nagasaki o Fukuoka desaparecieran del mapa cada 12 meses.

La tasa de fertilidad está en 1.2 hijos por mujer. Para que una nación se reemplace a sí misma sin inmigración necesita 2.1. Con 1.2, cada generación es casi la mitad de la anterior. La edad mediana ya es de 50.2 años. Uno de cada tres japoneses tendrá más de 65 años en 2035. El campo japonés se desangra. Pueblos con casas vacías, escuelas cerradas, estaciones de tren sin pasajeros. El 93.4% de la población vive hacinada en ciudades donde un apartamento de 30 metros cuesta una fortuna y una guardería vale más que un sueldo mínimo.

El gobierno reparte cheques por hijo. Pero la gente joven responde con una pregunta que resume la indignación: “¿Para qué traer un hijo al mundo si trabajo 12 horas, no lo voy a ver crecer, y mi esposa tiene que renunciar a su carrera y a su apellido para que no lo llamen ilegítimo?”

2. La ley que puede borrar 2,600 años de historia

Mientras el Japón común se extingue por falta de cunas, el Japón imperial se extingue por una ley.

La Ley de la Casa Imperial de 1947 dice que solo los varones heredan el Trono del Crisantemo. Las mujeres nacidas en la familia imperial, si se casan con un plebeyo, son expulsadas. Pierden su título, su estatus, todo.

Hoy, de toda la Familia Imperial, solo queda un heredero varón menor de 20 años: el príncipe Hisahito, nacido en 2006. Si Hisahito, por cualquier motivo, no tiene un hijo varón, la monarquía más antigua del mundo desaparece. Punto final a 2,600 años de linaje ininterrumpido.

Lo que indigna es la contradicción. Japón es una democracia consolidada, líder en tecnología, sede de los Juegos Olímpicos. Pero mantiene una norma que en 2026 parece sacada del siglo XIX.

En 2006 el gobierno iba a reformar la ley para permitir que reinara una mujer. Nació Hisahito y la reforma se congeló. Desde entonces, cada vez que se reabre el debate, el ala conservadora lo entierra.

Como dijo una experta europea: “Quizá hay que ser japonés para entenderlo, pero desde fuera es desconcertante ver una democracia moderna con una ley imperial que deja a la mujer fuera de juego”.

3. El apellido que borra mujeres

El tercer pilar de la alarma es el koseki, el registro familiar. Es una libreta que define tu vida. Para casarte, la pareja debe elegir un solo apellido. En el 96% de los casos, es la mujer quien renuncia al suyo.

Esto no es un detalle menor. Es una doctora que publicó 20 años con su apellido y de repente es otra persona. Es una abogada que pierde su marca profesional. Es una científica cuyo trabajo ya no le pertenece.

Muchas deciden no casarse. El problema es que si tienes un hijo sin estar casada, el koseki lo registra como “ilegítimo”. Y eso lo persigue. Para matricularse en la escuela, para pedir trabajo, para un crédito. El estigma es real. El koseki también dice si tus padres se divorciaron por “separación” o “mutuo acuerdo”. La sociedad japonesa todavía ve la separación como un fracaso
grave.

Resultado: mujeres profesionales que renuncian a la maternidad, o a su identidad. Jóvenes que no forman familia. Divorcios que se posponen 20 años “para que no afecte a los hijos”.

La indignación que ya está en las calles

Todo esto explotó en las elecciones de julio de 2025. La campaña se llenó de retórica xenófoba y discriminatoria. Políticos culpando a las mujeres por no tener hijos, a los extranjeros por “quitar  empleos”, a las personas trans por “destruir la familia”.

Amnistía Internacional Japón y otras ONG denunciaron campañas de odio en las calles y en internet. La frustración por el declive se está canalizando hacia las minorías. Es la señal más peligrosa: cuando un país siente que se extingue, busca chivos expiatorios.

Un milagro al revés

Japón hizo el “milagro económico” después de 1945. Pasó de un país destruido a potencia mundial con trabajo, disciplina y sacrificio. El salaryman que no veía a sus hijos y la esposa que criaba sola eran el motor de ese milagro.

Ese modelo se rompió en los años 90 con las “décadas perdidas”. Los empleos fijos desaparecieron. Los salarios se estancaron. Pero la cultura laboral de 12 horas y los roles de género no cambiaron.

Hoy Japón paga el precio. Tiene la esperanza de vida más alta del mundo: 85.1 años.

Mujeres: 88.2 años. Pero no tiene quién cuide a esos ancianos. No tiene quién llene las escuelas. No tiene quién invente el próximo Walkman o el próximo Toyota.

Los robots no alcanzan. La inmigración masiva choca con una sociedad que históricamente ha sido cerrada. Y las leyes, desde la Imperial hasta el koseki, están diseñadas para un Japón que ya no existe.

La alarma en Japón no es por una guerra ni por un terremoto. Es por el silencio. El silencio de las maternidades vacías, de los pueblos sin niños, de una ley que puede borrar una dinastía milenaria por no aceptar que una mujer se siente en el trono.

Japón no necesita más cheques por hijo. Necesita repensarse. Y rápido. Porque la demografía no perdona, y la historia, tampoco.

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