¿Realmente Daniel Ortega está invitando al magnicidio?
Cuando un gobernante cierra las puertas de las urnas, abre la ventana de la incertidumbre. La democracia ofrece relevos y el poder absoluto suele escribir finales impredecibles.

Quisiéramos creer que el presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, fue malinterpretado cuando anunció el fin de los procesos electorales como mecanismo para acceder al poder en su país.
Sin embargo, si sus declaraciones reflejan realmente la decisión de eliminar las elecciones, Nicaragua estaría entrando en un terreno extremadamente peligroso para cualquier nación que aspire a llamarse democrática.
Al conmemorarse el 47.º aniversario de la Revolución Sandinista, Ortega proclamó que las urnas dejarán de ser el camino para decidir quién gobierna. Es una afirmación que rompe con uno de los pilares esenciales de toda democracia: la alternancia en el poder.
A la luz del complejo panorama que vive Nicaragua y de la permanente confrontación con Estados Unidos, resulta inevitable preguntarse si el mandatario ha valorado las consecuencias políticas e históricas de una decisión de esa magnitud.
Ningún gobernante es invencible. Ningún poder es eterno.
La historia demuestra que cuando se cierran las vías institucionales para el cambio, aumentan las tensiones y la incertidumbre sobre cómo se producirá la sucesión del poder.
Si el presidente Ortega está convencido de que conserva el respaldo mayoritario del pueblo nicaragüense, ¿por qué renunciar al mecanismo que mejor lo demostraría: las elecciones?
Los grandes líderes no le temen al veredicto de las urnas. Al contrario, las convierten en la fuente de legitimidad de su mandato.
Vale la pena mirar por el retrovisor de la historia. Muchos dirigentes que parecían inamovibles terminaron descubriendo que ningún poder está por encima del tiempo ni de la voluntad de los pueblos.
Ahí está el ejemplo del expresidente uruguayo José «Pepe» Mujica, quien, proveniente también de una lucha revolucionaria, entendió que la grandeza de un líder no consiste en aferrarse al poder, sino en saber ejercerlo y entregarlo cuando corresponde.
La historia suele recordar con respeto a quienes fortalecen las instituciones.
Con mucha menos generosidad recuerda a quienes creen que pueden sustituirlas.


