¡Sáquenlo de la lomita antes de que explote el juego!
En el béisbol no gana el dirigente más simpático, sino el que sabe cuándo quitar al lanzador. En la política ocurre exactamente lo mismo.

Buenos días…
En la República Dominicana el béisbol no se explica; se vive. Aquí un niño sabe cuándo un pitcher está «sin gasolina», cuándo el brazo ya no responde y cuándo el dirigente está dejando perder el juego por no hacer el cambio.

Por eso la pelota enseña una gran lección: el peor enemigo de un mánager no es el equipo contrario; es la terquedad.
Un dirigente inteligente no se enamora de sus estrellas. Las respeta, las valora y las pone a jugar, pero cuando dejan de producir… las sustituye. Sin drama. Sin miedo. Sin excusas.
El marcador no entiende de sentimentalismos.
No importa que en la lomita esté el as del equipo, el hombre que más juegos ha ganado o el favorito de la fanaticada. Si comenzó a regalar bases por bolas, a recibir batazos por todas partes y ya perdió el control del partido, hay que quitarlo.
El relevo existe para eso.
Y si la ofensiva lleva varios innings sin conectar un hit, tampoco se puede seguir cruzado de brazos mirando el terreno. Hay que mover el banco, tocar las teclas correctas y provocar una reacción. Los campeonatos no se ganan esperando que la suerte aparezca por arte de magia.
El dirigente que se aferra a jugadores que ya no producen termina pagando un precio muy alto. Primero pierde el juego. Después pierde el respeto del clubhouse. Y finalmente pierde el puesto. Así de simple.
En el béisbol no hay vacas sagradas. El uniforme pesa más que cualquier apellido.
Los dirigentes que llegan a febrero son los que entienden que el equipo está por encima de los egos.
Y ahora viene la mejor parte… La política se parece demasiado al béisbol.
Gobernar también exige hacer cambios a tiempo. Exige sacar del terreno al funcionario que ya no batea, al que comete errores de rutina, al que lleva meses ponchándose con las bases llenas y al que cada vez que toca la bola… la convierte en doble matanza.
Porque los gobiernos no se desgastan solamente por la oposición. Muchas veces comienzan a perder por culpa de los propios jugadores que el dirigente se niega a sentar.
Y cuando el mánager protege a los que ya no producen, el fanático comienza a abandonar las gradas. Hasta que llega el noveno inning.
Entonces aparece el verdadero dueño del estadio: el pueblo.
Y el pueblo no pregunta cuántos anillos tiene el dirigente ni cuántas promesas hizo en la pretemporada. Solo mira el marcador.
Si va perdiendo… canta el último out.
Y si entiende que el dirigente dejó escapar el juego por proteger a sus favoritos, no solo lo saca de la lomita… Lo manda completo para el clubhouse. Para su casa.

Si el presidente Luis Abinader no hace los cambios que el país reclama, corre el riesgo de que el juego se le complique y de llegar al noveno inning sin relevo.
En política, igual que en el béisbol, el dirigente que no mueve el banco termina viendo cómo el partido se le escapa de las manos.
Y si hay una institución donde hace falta gerencia, autoridad y decisiones firmes, esa es la Policía Nacional. La inseguridad y los hechos que a diario ocupan los titulares alimentan la percepción de que las dos últimas gestiones, incluida la actual, no han logrado producir los resultados que buena parte de la ciudadanía esperaba.
Lo mismo ocurre con el Ministerio de Interior y Policía. Las críticas a sus dos más recientes titulares han sido constantes y, para muchos, las respuestas no han estado a la altura de los problemas.
Porque cuando el dirigente se aferra a jugadores que ya no producen, el público deja de aplaudir.
Y el pueblo, como la fanaticada en el béisbol, puede soportar varios errores… pero no perdona que le dejen perder el juego por no hacer los cambios a tiempo.



