OPINION

¡La vicuña! El animal sagrado que vale más que el oro

De los dioses incas a las pasarelas de París; Perú convirtió una especie al borde de la extinción en un tesoro vivo que hoy exige protección.

 

¡La vicuña! El animal sagrado que vale más que el oroEn el Perú, a cinco mil metros, donde el aire no alcanza, vive un animal que no pertenece a los hombres, sino a los dioses.

Delgada, limpia, color canela con pecho de nieve, la vicuña camina sin hacer ruido. No es llama, no es alpaca. Es su madre. La más antigua. La más fina.

Los antiguos peruanos la pintaron en cuevas hace once mil años. Pero fueron los incas quienes la hicieron sagrada. Era del Inca y del dios Sol.

Nadie podía matarla. Vestir su fibra era tocar lo divino. Solo el Inca y los sacerdotes del Sol podían usarla. Quien la mataba sin permiso pagaba con su vida. Para obtener su lana sin dañarla, inventaron el Chaccu, una fiesta de toda la comunidad.

Miles de hombres formaban un cerco humano de cientos de kilómetros, cantando, arreadas con respeto a corrales de piedra en forma de embudo. Las abrazaban, las esquilaban vivas, les pedían perdón a la Pachamama y las soltaban. Esa tradición inca sigue viva hoy en Pampa Galeras, en Ayacucho.

Con la conquista española, el dios se volvió mercancía. La cazaron sin piedad para mandar su fibra a Europa. De dos millones que había en el Imperio inca, quedamos con cinco mil en 1960. Casi extinta. Bolívar ya lo había advertido en 1825 con el primer decreto de protección de América. El Perú entendió tarde que había matado su propia riqueza.

La vicuña no se cría como la alpaca. No se puede encerrar. Es silvestre y, si la encierras, se muere de tristeza. Su crianza es cuidarla en libertad. Hoy, setenta comunidades campesinas de Ayacucho, Puno y Huancavelica son sus guardianas.

Cuidan sus bofedales, la protegen del zorro y del furtivo. Y cada dos años, con permiso del Estado, hacen el Chaccu moderno. Un animal da apenas doscientos gramos de fibra, la más fina del mundo, doce micras, más fina que el cashmere. Para un abrigo se necesitan treinta vicuñas. Por eso es el oro vivo.

Su explotación tiene dos caras. La cara legal y digna, que deja ingresos a las comunidades que más sufren el frío. Y la cara oscura, la de las mafias que entran de noche con rifles y matan treinta vicuñas para quitarles la piel.

Aunque su piel está prohibida por ley, la venden como contrabando. Pena de hasta veinte años de cárcel. Su carne y su leche no se comercializan. No es animal de carne. En tiempos incas solo se comía en rituales. Hoy está prohibido.

Pero la historia tiene final feliz. Con la misma técnica inca del Chaccu, con la ley que la declara Patrimonio de la Nación y con el convenio internacional, Perú pasó de cinco mil a trescientas cincuenta mil vicuñas. De la extinción a la esperanza.

Cada prenda legal en Milán debe llevar la etiqueta VICUÑA PERÚ y el certificado CITES que prueba que el animal sigue vivo. Una bufanda Loro Piana de vicuña cuesta siete mil dólares en París. Un abrigo, cuarenta y cinco mil. En Perú, en KUNA, casi cuarenta mil soles. Es la tela de los millonarios, pero nace en manos del campesino más pobre.

La vicuña nos dejó una lección que el antiguo Imperio romano nunca aprendió. Si matas la fuente de tu riqueza por codicia, te quedas sin nada. Si la cuidas como sagrada, te da riqueza para siempre. El que cuida su oro vivo nunca será pobre.

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