Los pilares de María Corina Machado

Por Antonio Ledezma
La política venezolana ha padecido demasiadas promesas incumplidas, demasiados discursos acomodados a la circunstancia y demasiadas fórmulas destinadas a conservar cuotas de poder. Por eso, una de las mayores virtudes de María Corina Machado consiste en hablarle al país con la verdad. Una verdad clara, firme y sin maquillajes.
La confianza ciudadana nace cuando se establece una relación franca entre el liderazgo y la gente. La verdad exige llamar las cosas por su nombre; exige reconocer la magnitud de la destrucción nacional, la profundidad de la emergencia humanitaria y el tamaño de la tarea que tenemos por delante. Venezuela necesita una conducción política capaz de mirar de frente sus heridas y de convocar a la nación para curarlas.
Ese es el primer pilar: la verdad como fundamento de la confianza. Cada venezolano conoce, por experiencia propia, lo que significa la precariedad de los servicios públicos, el derrumbe de los salarios, la separación de las familias, la persecución y la incertidumbre. El ciudadano espera respuestas honestas, planes serios y dirigentes dispuestos a rendir cuentas. La verdad es el punto de partida de toda reconstrucción duradera.
El segundo pilar coloca a la gente en el centro de la lucha democrática. El pueblo venezolano merece ser reconocido como protagonista de su destino. Su papel supera la condición de elector convocado cada cierto tiempo a depositar un voto. La ciudadanía organizada, consciente de sus derechos y movilizada alrededor de objetivos comunes constituye la fuerza capaz de abrir las puertas de una nueva etapa histórica.
María Corina ha entendido que la movilización ciudadana requiere esperanza, disciplina y una meta compartida. Requiere comunidades organizadas, trabajadores activos, jóvenes comprometidos, madres que defienden el futuro de sus hijos, profesionales que aporten su conocimiento, campesinos que reclamen tierra productiva y empresarios dispuestos a invertir en una Venezuela libre. La democracia se sostiene con ciudadanos que participan, vigilan, proponen y perseveran.
El tercer pilar demanda claridad moral. Venezuela necesita saber a qué atenerse al momento de escoger un rumbo. La libertad y la tiranía pertenecen a caminos opuestos. La justicia y la impunidad representan proyectos incompatibles. La convivencia democrática exige respeto por la dignidad humana, por la pluralidad, por las reglas del juego y por la independencia de los poderes públicos.
Los autoritarismos se alimentan de la concentración del poder, del culto a la personalidad, de la manipulación de las instituciones y de la violencia convertida en herramienta política. Allí florecen la persecución, la difamación, la intolerancia y las leyes utilizadas para castigar al disidente. Allí se pretende controlar hasta el pensamiento de los ciudadanos. Venezuela conoce el dolor de ese extravío.
Por eso resulta indispensable recuperar una ética pública que diferencie con nitidez los valores democráticos de las prácticas que degradan la vida nacional. Defender la libertad implica rechazar la violencia, la mentira, el odio y el atropello. Implica reconocer que el adversario político conserva derechos y dignidad. Implica restaurar una República donde la ley proteja al débil y limite al poderoso.
El cuarto pilar es el Acuerdo Nacional para la reconstrucción de Venezuela. Levantar al país de sus ruinas requerirá sacrificios, inteligencia, trabajo y grandeza de espíritu. La tarea será inmensa: recuperar la educación, la salud, el agua, la electricidad, la producción petrolera, el campo, la seguridad y la confianza en nuestras instituciones. Esa obra demanda la participación de todos los sectores comprometidos con la democracia: trabajadores, empresarios, universidades, iglesias, organizaciones sociales, gremios, partidos políticos y venezolanos de la diáspora. Venezuela necesita sumar capacidades, liberar energías creadoras y dejar atrás el hiperpresidencialismo que convirtió al Estado en instrumento de dominación.
El Acuerdo Nacional debe servir para restablecer la descentralización, fortalecer los municipios, garantizar una justicia independiente y devolver a las familias la certeza de que su esfuerzo tendrá recompensa. La reconstrucción debe fundarse en instituciones sólidas y en una economía abierta al trabajo, la iniciativa privada y la inversión productiva. María Corina Machado ha trazado una ruta que combina verdad, ciudadanía, claridad moral, unidad nacional y soberanía popular. Esos pilares pueden sostener la transición hacia una Venezuela democrática, próspera y reconciliada consigo misma.
La propuesta de celebrar elecciones presidenciales el 24 de julio de 2027 constituye un quinto pilar de esa ruta. Recoge el anhelo de un pueblo que aspira a resolver, mediante una participación ciudadana libre, consciente y masiva, la tragedia que vive Venezuela. Esa fecha plantea un horizonte para organizar voluntades, reconstruir garantías electorales y devolver al voto su poder de abrir caminos de paz. Venezuela necesita unas elecciones auténticas, con reglas claras, árbitro independiente, respeto por la voluntad popular y plena participación de los venezolanos dentro y fuera del país. La salida democrática exige que cada ciudadano pueda decidir libremente el destino de la República.
El país espera una hora de definiciones. A nosotros nos corresponde convertir esa esperanza en organización, esa organización en fuerza cívica y esa fuerza cívica en libertad.



