Trump, el zorro que sabe dónde poner la cascarita

Hay políticos que hablan para informar. Otros hablan para provocar. Y Donald Trump, además de hablar, sabe perfectamente cómo mover el tablero y hacia dónde dirigir las miradas.
Por Tomás Aquino G.
Indiscutiblemente, Donald Trump es un zorro político.
Cada vez que hace un pronunciamiento o toma una decisión, difícilmente lo hace a tientas. Sabe hacia dónde apunta, conoce el terreno que pisa y, sobre todo, entiende como pocos, cómo funciona el espectáculo político y mediático.
Y Trump también conoce muy bien la “cascarita” que, de vez en cuando, deja caer en medio del camino.
¿Y cuál es ahora la cascarita?
La posibilidad de que pueda aspirar a un tercer mandato como presidente de Estados Unidos, pese a las restricciones constitucionales que existen para impedirlo.
Trump ha vuelto a colocar sobre la mesa el argumento de que las elecciones de 2020, en las que fue derrotado por Joe Biden, fueron fraudulentas. Incluso ha llegado a sostener que tendría derecho a presentarse nuevamente porque, según su versión, aquellas elecciones fueron manipuladas.
Ahí está la cascarita.
Y no es una cascarita cualquiera. Es de esas que obligan a medio mundo a detenerse, mirarla y comenzar a discutir sobre ella.
Trump sabe perfectamente el efecto que producen sus palabras.
Pero tampoco está tan perdido como algunos pudieran pensar. El propio Trump ha reconocido que la ley podría impedirle volver a postularse.
“No estoy completamente seguro, pero creo que la ley dice que no puedo volver a postularme”, ha dicho.
¡Ahí está el cocoricamo!
Primero lanza el misil político; después reconoce que existe una muralla legal que podría impedirle avanzar.
Eso es Trump.
Un día pone a discutir al país sobre un tercer mandato y al siguiente deja abierta la puerta para decir: “Bueno, yo mismo les advertí que la ley podría impedirlo”.
¡Qué manera de mover el avispero!
Porque mientras todos se entretienen contando mandatos, interpretando la Constitución y preguntándose si Trump quiere romper una tradición política estadounidense, el zorro puede estar consiguiendo exactamente lo que sabe hacer mejor: desviar la atención hacia el lugar que él mismo escogió.
Y aquí es donde aparece la otra lectura.
Trump podría estar buscando la quinta pata al gato, sí. Pero también podría estar utilizando el ruido político interno como telón de fondo mientras concentra su atención en asuntos de mucho mayor alcance internacional.
La guerra entre Rusia y Ucrania, sus relaciones con China, la posibilidad de encuentros con Xi Jinping y Vladimir Putin, la crisis de Irán y el conflicto de Oriente Medio son asuntos que pesan mucho más sobre el futuro inmediato del planeta que cualquier discusión sobre una eventual candidatura en 2028.
Y si Trump consigue sentar en una misma mesa a los principales protagonistas de esos conflictos, no sería precisamente una mala noticia para el mundo.
Una cumbre Trump-Xi-Putin —si llegara a concretarse— podría convertirse en una pieza importante del tablero internacional.
Porque, en un planeta cargado de guerras, tensiones geopolíticas y amenazas económicas, cualquier posibilidad de diálogo es preferible al lenguaje de las bombas.
Y hay otro asunto que tampoco puede perderse de vista: el petróleo.
Mientras los cañones hablan, el precio del crudo también habla. Y cuando el petróleo sube como la verdolaga, las consecuencias terminan llegando a todos los bolsillos.
Por eso, mientras unos están entretenidos contando si Trump puede buscar un tercer mandato, quizás el hombre esté pensando en asuntos bastante más grandes.
Eso es precisamente lo que hace interesante al personaje.
Trump puede lanzar una frase que incendie Washington, provocar una tormenta política, dejar a periodistas, constitucionalistas y adversarios discutiendo durante días y, mientras tanto, tener la mirada puesta en otro tablero.
No necesariamente hay que creer que cada provocación de Trump es una cortina de humo. Pero tampoco conviene asumir que cada palabra suya es improvisada.
El hombre sabe provocar.
Sabe distraer.
Sabe negociar.
Y, sobre todo, sabe mantener a sus adversarios ocupados discutiendo la jugada que acaba de hacer, mientras él posiblemente ya está pensando en la siguiente.
La historia estadounidense tiene un precedente extraordinario: Franklin D. Roosevelt logró ser elegido cuatro veces, rompiendo la tradición de los dos mandatos que había prevalecido desde George Washington.
Pero después de Roosevelt llegó la Vigésima Segunda Enmienda de la Constitución estadounidense, que estableció el límite de dos elecciones presidenciales.
De ahí que la posibilidad de un tercer mandato para Trump no sea simplemente una cuestión de voluntad política.
Es, sobre todo, una cuestión constitucional.
Y Trump lo sabe.
Por eso aquella frase de que “no estoy completamente seguro” puede sonar ingenua para algunos, pero en política trumpista hasta una aparente duda puede convertirse en munición.
El zorro dejó caer la cascarita.
Ahora Washington entero está hablando de ella.
Y mientras todos miran hacia abajo para no pisarla, habrá que ver si Trump ya está caminando hacia otro lado.
Porque una cosa sí parece segura, cuando Donald Trump mueve una pieza, conviene mirar no solamente la pieza que acaba de mover, sino también el tablero completo.
Al que le pique, que se rasque.


