Monte Plata: ¿turismo ecológico o depredación disfrazada?

Por Margarita de la Rosa
En la República Dominicana, y particularmente en provincias de gran riqueza hídrica y forestal como Monte Plata, se ha ido instalando un fenómeno que merece ser analizado con serenidad, pero también con profunda preocupación.
Cada vez son más frecuentes los proyectos de complejos de cabañas, villas y desarrollos turísticos en zonas montañosas, muchos de ellos promovidos por personas con poder económico o influencia política.
En teoría, se trata de proyectos orientados al ecoturismo.
En la práctica, lo que se observa en muchos casos es otra cosa.
El visitante que abandona los grandes hoteles del litoral y se interna en provincias como Monte Plata lo hace buscando lo que los complejos turísticos tradicionales no pueden ofrecer: bosques, ríos vivos, aves, senderos, cascadas, silencio, contacto directo con la naturaleza.
Sin embargo, el desarrollo desordenado que comienza a abrirse paso amenaza con destruir precisamente esos elementos.
Hoy vemos frentes de preocupación ambiental en varios puntos del país.
En Loma de Managua, en Bayaguana, organizaciones ambientales han denunciado la apertura de caminos y procesos de parcelación en una zona clave para la producción de agua que alimenta importantes cuencas hidrográficas.
En la comunidad de Cruz Morillo, también en Monte Plata, surgen alarmas por intervenciones que podrían afectar el río Boyá, una fuente vital para comunidades cercanas.
Mientras tanto, en San Juan, grupos ambientalistas mantienen protestas contra proyectos extractivos que amenazan ecosistemas de montaña.
La pregunta que surge es inevitable: ¿Qué tipo de desarrollo estamos construyendo?
Si se talan los bosques que capturan la humedad, los ríos inevitablemente disminuirán su caudal.
Si desaparece la cobertura forestal, también se irán las aves, los anfibios, los insectos que forman parte de la riqueza natural que el visitante viene a observar.
Entonces la paradoja será inevitable.
Las cabañas seguirán ahí.
Los complejos turísticos también.
Pero sin ríos, sin cascadas, sin aves y sin sombra de bosques.
Y cuando llegue ese momento, ¿qué quedará para ofrecerle al turista?
¿Piscinas llenas con agua que ya no baja de las montañas?
El verdadero turismo ecológico no consiste en llenar de construcciones las montañas, sino en protegerlas.
El desarrollo turístico sostenible exige planificación, límites claros y respeto absoluto por las áreas de importancia hídrica y forestal.
Porque destruir la naturaleza para vender naturaleza es, simplemente, un contrasentido histórico.
Si seguimos por ese camino, llegará un día en que las cabañas estarán listas… pero los ríos ya no bajarán de las montañas.
Y entonces entenderemos, demasiado tarde, que la naturaleza no era el escenario del negocio: era el negocio mismo.



