NACIONALESOPINION

En mis tiempos, “enajenar” tenía otro significado

 

Por Augusto Álvarez

En mis tiempos —cuando todavía la palabra valía más que un decreto— enajenar significaba algo serio. Muy serio. No era una simple firma estampada en un papel ni un acto burocrático disfrazado de “cooperación internacional”.

Era la advertencia que nos enseñaban los viejos maestros: ceder lo propio, entregar lo nuestro, perder soberanía.

Hoy, sin embargo, parece que el diccionario del PRM y de los que heredaron la escuela de los llamados “viejos robles” borró esa definición. Para ellos, ceder pedazos del territorio nacional es un trámite ligero, algo sin importancia… casi una firma de rutina.

Ahí están los hechos: 

  • Un pedazo de la base aérea de San Isidro por aquí…
  • Un fragmento del aeropuerto José Francisco Peña Gómez por allá…

Todo bajo el argumento de la temporalidad, como si lo temporal no doliera. Pero ojo: hasta un dolor de cabeza “leve” puede matar.

Cuando se trata de Soberanía, no existen zonas grises. No existe “un chin”. No hay alquiler, préstamo, ni enclave “momentáneo”.

La soberanía no se negocia. No se arrienda. No se enajena.

Y lo más grave: cuando llegó el “jefe de jefes” del Pentágono, las decisiones ya estaban tomadas. Las cesiones, acordadas. Los espacios sensibles de la República Dominicana, listos para servir —otra vez— a la estrategia del Tío Sam.

¿El objetivo? Convertir desde aquí a Venezuela en el blanco perfecto de la administración Trump. El Caribe como tablero; la República Dominicana como ficha; y la soberanía como moneda de cambio.

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