OPINION

Cuando la lealtad vale más que el poder

 

En la campaña electoral de 1982, cuando el Partido Revolucionario Dominicano (PRD) se encaminaba hacia una victoria casi segura con Salvador Jorge Blanco como candidato presidencial, una llamada inesperada estuvo a punto de cambiar el rumbo político de un joven dirigente del sur profundo.

Del otro lado de la línea estaba el entonces presidente Joaquín Balaguer, quien le ofrecía una candidatura senatorial y la posibilidad de un ascenso político inmediato.

Sin embargo, la respuesta fue un rotundo no. Esta es la historia de una decisión marcada por la lealtad, la coherencia política y una reflexión que, décadas después, llevó a reconocer errores y aciertos en medio de una de las etapas más intensas de la democracia dominicana.

De la carta del Listín a la llamada de Balaguer: mi error de 1982

En 1982, el PRD estaba en el poder y contaba con un candidato de imagen impecable, democrática y popular. Todo indicaba que Salvador Jorge Blanco obtendría una amplia victoria frente a Joaquín Balaguer, un líder político que llegaba debilitado tras la derrota sufrida ante Antonio Guzmán en 1978 y que enfrentaba un fuerte rechazo nacional e internacional. Sin embargo, Balaguer conservaba importantes espacios de influencia y seguía siendo una figura determinante en la política dominicana.

Para entonces, yo era un influyente asistente político del prestigioso abogado y senador del Distrito Nacional, Salvador Jorge Blanco, además de colaborador cercano del líder José Francisco Peña Gómez. Mi trayectoria política se había fortalecido gracias a años de lucha y, particularmente, por el papel que desempeñamos durante la crisis poselectoral de mayo de 1978, cuando sectores intentaron desconocer el triunfo del PRD y de Antonio Guzmán. Desde Venezuela y con el respaldo de Acción Democrática y del presidente Carlos Andrés Pérez, participé activamente en la presión internacional a favor del respeto a la voluntad popular, fungiendo como vocero ante la prensa de Caracas y diversos medios internacionales.

Con el respaldo y respeto de mi comunidad, decidí aspirar a diputado por la corriente de Jorge Blanco. En aquella época, la diputación era una posición de gran prestigio y resultaba clave para la estrategia electoral en provincias pequeñas y pobres del sur del país. El PRD había acordado una fórmula de equilibrio interno: si la corriente Guzmán-Majluta obtenía la candidatura senatorial, la diputación correspondería al sector de Jorge Blanco, y viceversa.

Sin embargo, los acuerdos no siempre se respetaron. A pesar de haber resultado electo en las primarias internas, algunos dirigentes se negaron a reconocerme como compañero de boleta. Mi activismo, mi identificación con el jorgeblanquismo y el respaldo popular que tenía en la provincia despertaban resistencias dentro de otros grupos del partido.

Fue entonces cuando viajé a Santo Domingo para reafirmar mi lealtad a Salvador Jorge Blanco, el hombre que sería conocido como “el de las manos limpias”. Allí, acompañado de un amplio equipo político provincial, acudí a las instalaciones del Listín Diario para hacer pública una carta de apoyo y reconocimiento enviada por el candidato presidencial.

Lo que ocurrió después parecía sacado de una novela política.

Mientras ofrecía declaraciones a la prensa, Guillermo Gómez llegó con un teléfono de cable largo en la mano. Solicitó silencio y anunció que el presidente Joaquín Balaguer deseaba hablar conmigo.

La sorpresa paralizó a todos los presentes.

Inicialmente me negué a tomar la llamada. Sin embargo, por insistencia de Don Rafael Herrera y Luis González Fabra, acepté escuchar al mandatario.

Balaguer, con su acostumbrada astucia y cortesía, comenzó recordando detalles de mi familia y de mi infancia. Luego, sin rodeos, me propuso integrarme a su boleta electoral como candidato a senador por Elías Piña. Aseguró que contaba con el respaldo de su candidato local y que mi presencia garantizaría el triunfo electoral en la provincia.

También se comprometió a compensar los cuantiosos recursos que yo había invertido en actividades políticas y comunitarias en la región.

Mi respuesta fue negativa.

Agradecí la distinción, pero rechacé la oferta. Mi compromiso con Salvador Jorge Blanco y con el PRD estaba por encima de cualquier aspiración personal.

Tiempo después, el propio Jorge Blanco me diría una frase que jamás olvidé:

“Plinio, te felicito por tu coherencia y tu lealtad, pero te equivocaste. Balaguer quería esa senaduría y tú se la garantizabas”.

Los acontecimientos posteriores me llevaron a ocupar importantes posiciones en el gobierno, incluyendo responsabilidades en la Presidencia de la República, el servicio consular en Haití y funciones diplomáticas en Venezuela.

Décadas más tarde, con la serenidad que da el tiempo, revisé muchos de aquellos episodios. Llegué a la conclusión de que me equivoqué al juzgar a Balaguer únicamente por su pasado. Pensé que repetiría los errores de los gobiernos de 1966 a 1978, marcados por la represión y la intolerancia. Sin embargo, con una visión más amplia y desapasionada, reconozco que también impulsó transformaciones importantes y que la historia suele ser más compleja que las pasiones políticas del momento.

Aun así, nunca me arrepentí de haber actuado conforme a mis principios. No me “cualquiericé”, ni me convertí en un trepador político.

Hoy estoy en paz con mi conciencia.

Y también con mi látigo.

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