El espejismo del desarrollo: cuando el turismo crece, pero las comunidades se empobrecen

Por Margarita de la Rosa
Hay una pregunta que cada vez me hago con más frecuencia cuando escucho hablar del crecimiento económico y del desarrollo del país: ¿de qué desarrollo estamos hablando?
Recientemente pasé varios días en la zona de Comatillo, Sierra de Agua y comunidades vecinas, en la provincia Monte Plata. Es un territorio privilegiado por la naturaleza, con ríos, montañas y paisajes que atraen cada fin de semana a cientos de visitantes dominicanos y extranjeros.
El propio Gobierno ha reconocido su potencial al impulsar esta área como destino turístico.
Sin embargo, basta conversar unos minutos con quienes viven de esa actividad para descubrir una realidad muy distinta a la que muestran los discursos oficiales.
Los pequeños comerciantes están desesperados. Dueños de cafeterías, colmados, restaurantes y alojamientos turísticos cuentan la misma historia: apagones de largas horas, noches enteras sin energía, inversores descargados, plantas eléctricas consumiendo combustible que encarece los costos y bebidas que no pueden mantenerse frías.
Una simple botella de agua fría o un poco de hielo, algo elemental para atender a un visitante en medio del calor, muchas veces no pueden ofrecerse. No porque el comerciante no quiera, sino porque el servicio eléctrico se lo impide.
El problema no termina ahí.
El agua potable sigue siendo otra gran deuda. Un acueducto que parece no terminar nunca obliga a familias, negocios y pequeños inversionistas a gastar en cisternas, tinacos y sistemas alternativos para garantizar un servicio que debería ser responsabilidad del Estado. Cuando llega el agua, muchas veces llega con poca presión o cargando sedimentos.
Y cuando, las lluvias elevan el caudal de los ríos y enturbian sus aguas. Paradójicamente, las mismas personas que buscan refugiarse del intenso calor en esos balnearios naturales tampoco pueden disfrutarlos porque se lo impiden las condiciones climáticas y en otro caso la falta de mantenimiento de esos lugares hacen imposible su disfrute.
Entonces vuelvo a preguntarme: ¿puede existir desarrollo donde los servicios básicos fracasan?
No basta con declarar una zona turística. Tampoco basta con que lleguen visitantes los fines de semana.
El verdadero desarrollo ocurre cuando el pequeño comerciante puede recuperar su inversión, generar empleos y ofrecer servicios de calidad sin que los apagones o la falta de agua conviertan cada jornada en una lucha por sobrevivir.
Porque cuando producir cuesta más que lo que se gana, el desarrollo deja de ser una realidad y se convierte en un espejismo.
Las comunidades no piden privilegios. Piden condiciones mínimas para trabajar, producir y progresar. Energía eléctrica confiable. Agua potable permanente. Infraestructura eficiente. Eso no es un lujo; es la base sobre la que se construye cualquier proyecto de desarrollo sostenible.
Mientras esas condiciones no existan, seguiremos escuchando cifras de crecimiento, pero viendo cómo quienes apuestan por sus comunidades continúan empobreciéndose. Y esa contradicción merece una respuesta.



