Los viejos perros que nadie mira

Por Margarita de la Rosa
Puerto Plata me recibió con su belleza de siempre. Esa ciudad luminosa, abierta al Atlántico, con su aire de novia del mar, me permitió reencontrarme con una parte de sus encantos después de muchos años sin visitarla.
Había llegado allí por una razón profundamente familiar y hermosa: acompañar a mi hijo en una nueva conquista académica. Ver a un hijo graduarse, verlo avanzar, crecer, sumar metas y coronar esfuerzos, es una de esas alegrías que llenan el corazón de cualquier madre y de cualquier padre.
La noche anterior había sido de disfrute, de recorrido, de reencuentro con la ciudad, de compartir con amigos y de celebrar la vida. Todo parecía colocado en el lugar de la gratitud.
Pero al día siguiente, en medio de aquella jornada de orgullo familiar, algo me quebró por dentro.
En una vieja edificación donde funciona una cancha, encontré una escena que no pude mirar con indiferencia: varios perros envejecidos, cansados, descuidados, sobreviviendo casi como parte del paisaje. Entre ellos, una perra de edad avanzada, con el cuerpo marcado por los años, por la maternidad repetida, por el abandono parcial, por la falta de cuidados reales.
No era una perra extremadamente flaca. Tampoco parecía una criatura recién llegada de la calle. Y quizás, dentro de su desgracia, ahí radica una parte dolorosa de la verdad: esos animales han sobrevivido porque, de alguna manera, permanecen en ese entorno. Tal vez reciben sobras, tal vez encuentran allí un rincón donde no los atropella un vehículo, tal vez algunos vigilantes o personas del lugar les permiten seguir existiendo.
Pero sobrevivir no es vivir dignamente.
Aquella perra, con sus mamas vencidas, su mirada cansada y su cuerpo agotado, parecía contar una historia sin palabras. Una historia de camadas, de hambre, de sed, de noches largas, de indiferencia humana. Una historia escrita en el cuerpo de un animal que no puede reclamar, que no puede denunciar, que no puede decir: “me duele”, “tengo sed”, “estoy cansada”, “ya no puedo más”.
Lo más triste no fue solo verla a ella. Lo más triste fue ver cómo la vida humana seguía alrededor sin detenerse. Personas comiendo, conversando, bebiendo agua, celebrando, caminando. Niños presentes, adultos presentes, gente entrando y saliendo. Y aquellos animales allí, como si no existieran.
Ese es el verdadero drama: no solamente el abandono de los animales, sino la costumbre humana de no mirar.
Porque cuando una sociedad deja de conmoverse ante el sufrimiento de un perro viejo, de una perra parida, de un animal sediento o cansado, algo profundo se ha endurecido también frente al dolor humano. La sensibilidad no se divide. Quien aprende a respetar la vida en los seres más vulnerables, también aprende a mirar con más humanidad a sus semejantes.
Por eso creo que este tema debe comenzar en la niñez. A los niños no solo hay que enseñarles matemáticas, lectura, tecnología o idiomas. También hay que enseñarles a mirar a un animal con compasión. A reconocer que un perro siente hambre, sed, frío, miedo, dolor y abandono. A entender que los animales no son objetos decorativos ni instrumentos de vigilancia ni criaturas desechables cuando envejecen.
Me impactó también otro detalle. Mientras en aquella graduación veía desfilar numerosos profesionales de distintas áreas, cuando llegó el turno de la carrera de veterinaria apenas se mencionaron dos graduandos. Dos solamente, en un país donde la población animal abandonada, maltratada o sin control reproductivo crece ante nuestros ojos.
Ese dato, más que una cifra, debe movernos a reflexión. Necesitamos más veterinarios, sí. Pero también necesitamos más educación, más campañas de esterilización, más políticas públicas, más sensibilidad comunitaria y más conciencia familiar.
Los perros de la calle no nacen de la nada. Son el resultado de la irresponsabilidad humana, de la falta de esterilización, del abandono, de la indiferencia y de una cultura que todavía no termina de entender que el trato hacia los animales también revela el nivel moral de una sociedad.
Aquella perra vieja, echada en el piso, no arruinó mi alegría familiar. Más bien me recordó que la alegría verdadera no debe hacernos ciegos ante el dolor que nos rodea. Me recordó que celebrar la vida de un hijo también puede ser una oportunidad para pensar en la vida de otros seres que no tienen voz, pero sí tienen derecho a existir con dignidad.
Puerto Plata siguió siendo bella. El mar siguió allí. La ciudad siguió luminosa. Mi orgullo de madre siguió intacto.
Pero desde ese día, junto a la imagen de la ciudad hermosa, también llevo la imagen de esos perros viejos que nadie mira.
Y quizás por eso escribo estas líneas: para que alguien los mire. Para que un niño pregunte por ellos. Para que un adulto se detenga. Para que una institución asuma responsabilidad. Para que una comunidad entienda que alimentar de vez en cuando no basta, que permitirles estar no basta, que usarlos como compañía o vigilancia no basta.
Los animales también envejecen. También se cansan. También sienten. También esperan.
Y una sociedad que aprende a mirar a sus animales con compasión, empieza también a rescatar una parte esencial de su propia humanidad.



