
República Dominicana volvió al tren, incorporó Metro, teleféricos y nuevas tecnologías de pago, pero todavía enfrenta un sistema de transporte donde conviven la modernidad del siglo XXI y el caos de décadas pasadas.
Parte 2 de 2
República Dominicana regresó al riel más de un siglo después de haber sido pionera en el transporte ferroviario, pero el avance tecnológico convive hoy con una realidad contradictoria.
Mientras el Metro, los teleféricos y los sistemas de pago electrónico representan la modernidad, millones de ciudadanos todavía dependen del concho, la guagua y el motoconcho. para movilizarse diariamente.
El desafío ya no es solamente construir nuevas obras; es lograr que el Estado organice, integre y haga funcionar de manera eficiente todo el sistema de transporte.
I. EL REGRESO AL FUTURO
2005-2026 — Metro, teleféricos y nuevos sistemas
Más de un siglo después del auge ferroviario, República Dominicana comenzó a recuperar el transporte sobre rieles.
La Línea 1 del Metro de Santo Domingo inició operaciones en 2009. Posteriormente se incorporó la Línea 2 y se desarrollaron sistemas complementarios como los teleféricos.

Ahora el país se encuentra nuevamente ante la posibilidad de ampliar el transporte ferroviario, con el Monorriel de Santiago y los proyectos de conexión ferroviaria entre Santiago y Santo Domingo.
También cambió la forma de pagar.
Ya no necesariamente se necesita llevar monedas o billetes en los bolsillos. Aparecen las tarjetas electrónicas, los sistemas de pago sin contacto y el código QR.
Volvimos al riel, pero esta vez al riel de la era digital.
II. MODERNIDAD ARRIBA, CAOS ABAJO
República Dominicana cuenta hoy con sistemas de transporte masivo modernos, pero fuera de sus corredores persisten problemas estructurales: congestión, transporte informal, motocicletas, falta de fiscalización efectiva, contaminación, vehículos en malas condiciones y ausencia de una cultura sólida de seguridad vial.
La paradoja es evidente:
Podemos viajar en un Metro moderno y, al salir de la estación, encontrar una ciudad atrapada en el caos del tránsito.
III. OMSA: EL DESAFÍO OPERATIVO
La OMSA tiene la responsabilidad de ofrecer transporte público colectivo a miles de ciudadanos, pero enfrenta desafíos relacionados con la disponibilidad, mantenimiento y renovación de su flotilla, además de la necesidad de ampliar y hacer más eficiente su cobertura.
La discusión no debe limitarse a cuántos autobuses existen.
La pregunta fundamental es:
¿Cuántos están disponibles diariamente, en qué condiciones operan, cuánto cuesta mantenerlos y qué tan eficientemente se utilizan los recursos públicos?
En este contexto, respaldamos los esfuerzos y sacrificios que realiza el ingeniero Onésimo González, vicepresidente ejecutivo de la OMSA, junto con su equipo, para organizar y fortalecer la operación del transporte público masivo con criterios de orden, eficiencia y seguridad.

IV. DIGESETT E INTRANT: FISCALIZAR NO PUEDE SER SOLO RECAUDACIÓN
La DIGESETT fue concebida para fiscalizar y organizar el tránsito.
Su función no puede reducirse a colocar multas.
Un agente de tránsito debe prevenir, orientar, organizar y hacer cumplir la ley. La ciudadanía necesita verlo en las intersecciones críticas, especialmente en las horas de mayor congestión, no solamente detrás de un vehículo esperando detectar una infracción.
La fiscalización debe ser visible, transparente y preventiva.
Por su parte, el INTRANT, creado mediante la Ley 63-17 como órgano rector del sistema, tiene una responsabilidad todavía mayor: diseñar y conducir las políticas nacionales de movilidad, transporte terrestre, tránsito y seguridad vial.
Si el órgano rector no planifica, si el fiscalizador no previene y si el operador público no puede garantizar un servicio suficiente, el sistema termina siendo ocupado por quienes encuentran en el caos una oportunidad de negocio.
V. MOTOCONCHO: LA SOLUCIÓN QUE SE CONVIRTIÓ EN PROBLEMA
El motoconcho surgió como respuesta a una necesidad real: transportar rápidamente a personas allí donde el transporte colectivo formal no llegaba.
Pero una solución informal que se expande sin regulación suficiente termina generando nuevos problemas.
Miles de motociclistas circulan diariamente sin que exista necesariamente un sistema efectivo de capacitación, fiscalización, seguridad y organización territorial.
La consecuencia es una elevada exposición a accidentes y muertes en las vías.
El problema no es la motocicleta en sí.
El problema es un sistema que permite que la motocicleta se convierta en sustituto de un transporte público eficiente.
VI. CONTAMINACIÓN: EL OTRO COSTO DEL CAOS
La movilidad también tiene un costo ambiental.
Vehículos en malas condiciones mecánicas, emisiones contaminantes, motores sin el mantenimiento adecuado y escapes modificados afectan la calidad del aire.
La contaminación acústica también se ha convertido en parte del paisaje urbano: motores alterados, bocinas, vehículos pesados y sistemas de escape ruidosos deterioran la calidad de vida de las comunidades.
La legislación ambiental existe.
El desafío está en hacerla cumplir.
VII. LA PREGUNTA QUE NO PODEMOS EVADIR
Si el INTRANT es el órgano rector, la DIGESETT fiscaliza y la OMSA opera una parte fundamental del transporte público, surge una pregunta inevitable:
¿Cómo es posible que una parte tan importante de la movilidad cotidiana de los dominicanos continúe dependiendo del concho y del motoconcho mientras el Estado invierte miles de millones en sistemas modernos de transporte?
La respuesta no puede ser simplemente que los ciudadanos prefieren las motocicletas o los carros públicos.
Hay una realidad más profunda:
Cuando el transporte público formal no llega, llega el informal.
Cuando el servicio es insuficiente, aparece el concho.
Cuando el autobús no cubre el último kilómetro, aparece el motoconcho.
Y cuando el Estado no organiza el territorio, otros terminan organizándolo a su manera.
VIII. CONCLUSIÓN: DEL TREN DE LILÍS AL PAGO ELECTRÓNICO
La historia del transporte dominicano es una historia circular.
Comenzamos con el caballo y la carreta.
Pasamos al ferrocarril.
Abandonamos el tren por la carretera.
La carretera se llenó de carros públicos, guaguas y motocicletas.
Y, más de un siglo después, regresamos al riel.
Pero esta vez el tren llega acompañado de tarjetas inteligentes, códigos QR, GPS, sistemas automatizados y una nueva cultura de movilidad.
El verdadero desafío no es construir más trenes. Es construir un sistema de transporte integrado, seguro, eficiente, moderno y digno.
No tiene sentido tener un Metro del siglo XXI y un transporte superficial que funciona como si estuviéramos en el siglo pasado.
La República Dominicana ya demostró que puede construir ferrocarriles.

Ahora debe demostrar que puede organizar su transporte.
Y eso significa poner al ciudadano en el centro, profesionalizar la operación, fortalecer la fiscalización, ordenar el transporte informal, reducir la siniestralidad y garantizar que la modernización llegue también a las calles.
Del tren de Lilís al motoconcho. Del menudo al código QR. De la rueda al dato.
La historia ha cambiado.
Ahora falta que cambie el sistema.




