¡Ruido y desorden! Bayaguana pone en riesgo su turismo y su tranquilidad

Por Margarita de la Rosa
Cada vez son más las voces que comienzan a expresar preocupación por un fenómeno que se extiende por comunidades y zonas recreativas de Bayaguana: la contaminación sónica provocada por vehículos equipados con potentes sistemas de sonido y actividades que parecen desarrollarse sin límites ni controles efectivos.
Lo que ocurre en Comatillo, Sierra de Agua y Los Hidalgos, entre otros lugares, merece atención antes de que el problema termine afectando seriamente una de las mayores potencialidades de la zona: el turismo de naturaleza.
Resulta contradictorio promover el desarrollo turístico de un territorio que ha recibido respaldo oficial para ese propósito y, al mismo tiempo, permitir que algunos de sus principales espacios naturales se conviertan durante determinados días y horas en escenarios de ruido ensordecedor.
Quienes vivimos, tenemos propiedades o frecuentamos estas comunidades conocemos el cambio que se está produciendo. Cada vez es mayor el flujo de vehículos provistos de equipos capaces de generar altísimos niveles de sonido. A esto se agregan las denominadas giras, muchas organizadas desde distintos sectores urbanos, que movilizan grupos numerosos hacia ríos y balnearios sin que aparentemente existan reglas suficientemente claras sobre horarios, volumen de la música y comportamiento dentro de estos espacios.
El problema no es quién visita Bayaguana. El problema es cómo se comporta quien la visita.
Todo ciudadano tiene derecho a disfrutar de nuestros ríos, montañas y balnearios. Pero ese derecho no puede ejercerse anulando el derecho de los demás a descansar, conversar, escuchar el río, disfrutar de la naturaleza o permanecer tranquilamente en sus propias viviendas.
Especial preocupación genera el uso de grandes bocinas y equipos conocidos popularmente como kitipos, colocados a poca distancia unos de otros y compitiendo muchas veces por imponer el mayor volumen. El resultado es una contaminación sónica insoportable que rompe por completo con el ambiente natural que precisamente constituye uno de los principales atractivos de la zona.
Y ahí aparece una contradicción que las autoridades deberían analizar seriamente: ¿qué tipo de turismo queremos desarrollar en Bayaguana?
Si aspiramos a atraer visitantes interesados en nuestros ríos, montañas, paisajes, gastronomía, cultura y tranquilidad rural, tenemos que proteger esas condiciones. Difícilmente una familia o un turista que busca descansar en contacto con la naturaleza regresará a un lugar donde encontró música ensordecedora, consumo excesivo de alcohol, desorden y ausencia de controles.
No podemos permitir que buscando atraer visitantes terminemos expulsando al turista que verdaderamente puede contribuir al desarrollo sostenible de nuestras comunidades.
Esto tampoco significa convertir los balnearios en espacios silenciosos donde esté prohibida la diversión. Se trata simplemente de establecer convivencia y orden. En muchos destinos turísticos existen normas sobre horarios, niveles de sonido, consumo de alcohol, manejo de desperdicios y comportamiento de los visitantes. Bayaguana no tiene por qué ser la excepción.
Los propietarios y administradores de balnearios también tienen una responsabilidad. Si desean preservar sus negocios y garantizarles futuro, deberían establecer límites claros: horarios para la música, niveles razonables de volumen y normas de comportamiento dentro de sus establecimientos. El beneficio económico inmediato de un domingo lleno no puede estar por encima de la sostenibilidad turística de toda una zona.
Pero la responsabilidad principal corresponde a las autoridades. Medio Ambiente, los ayuntamientos, la Policía Nacional y las demás instituciones competentes no pueden permanecer indiferentes mientras la contaminación sónica se normaliza.
También están los residentes. Personas que eligieron estas comunidades para vivir tranquilamente, familias que han permanecido allí durante generaciones y propietarios que han construido espacios de descanso buscando precisamente escapar del ruido de la ciudad. Sus derechos también tienen que ser respetados.
Bayaguana posee condiciones extraordinarias para desarrollar un turismo vinculado a la naturaleza. Comatillo y otras comunidades constituyen parte de ese patrimonio que debemos proteger. Pero declarar una zona de interés turístico no basta. Hay que crear las condiciones para que el visitante que buscamos quiera llegar, quedarse y, sobre todo, regresar.
Todavía estamos a tiempo.
Las autoridades, propietarios de establecimientos, organizaciones comunitarias y ciudadanos deben ponerse de acuerdo para establecer reglas y hacerlas cumplir. No se trata de impedir que nadie visite nuestros balnearios ni de seleccionar visitantes por su procedencia o condición social. Se trata de exigir respeto, orden y convivencia a todos por igual.
Porque si permitimos que el ruido, los excesos y el desorden se adueñen de nuestros espacios naturales, mañana podríamos descubrir que, mientras celebrábamos la llegada masiva de visitantes, estábamos espantando silenciosamente al turismo que Bayaguana necesita.



