OPINION

El amor por internet: ¿príncipe azul o foto prestada?

 

Por Margarita de la Rosa

Hubo un tiempo en que enamorar requería paciencia.

El pretendiente hacía esquina, pasaba una vez frente a la casa, volvía a pasar y, si tenía suerte, la muchacha aparecía y le regalaba una mirada. Había serenatas, cartas, flores y un cortejo que permitía conocer algo de la persona antes de entregarle la confianza.

Ahora Cupido tiene internet.

Un buen día aparece en la pantalla un hombre atractivo, profesional, divorciado o viudo, amante de los animales, sensible, romántico y, naturalmente, buscando “una relación seria”.
¡Una maravilla!

El problema es que usted todavía no sabe si es profesional, si es viudo, si es romántico… ni siquiera si el hombre de la fotografía es él.

La tecnología, las redes sociales y ahora la inteligencia artificial nos ofrecen posibilidades extraordinarias, pero también permiten fabricar identidades, imágenes y hasta voces capaces de engañar. Y en el terreno sentimental el riesgo es mayor porque no solo entregamos información: entregamos emociones.

Después de varias semanas de “buenos días, princesa”, “¿ya comiste?” y “nunca había conocido a una mujer como tú”, aquel desconocido puede saber dónde vivimos, si estamos solos, nuestras rutinas y hasta nuestras heridas sentimentales.

Mientras tanto, quizá nosotros seguimos sin saber quién es él. No se trata de satanizar las relaciones por internet. De las redes también han nacido parejas estables y hermosas historias. El problema comienza cuando confundimos conversación con conocimiento y atención con confianza.

Escuché recientemente a un orientador hacer una recomendación que primero me provocó risa y después me dejó pensando: ¿quiere conocer gente? Salga. Camine. Lleve su perro al parque. Frecuente lugares donde otras personas hagan ejercicio o compartan intereses semejantes.

¡Hemos avanzado tanto que ahora la modernidad nos recomienda volver a mirarnos a la cara!
Y recordé mis tiempos universitarios.

Muchas veces, mientras esperaba transporte para regresar a casa, se detenían buenos vehículos algunos verdaderos carrazos y me ofrecían una “bola”.Nunca aceptaba.

Pensaba: cuando cierre la puerta de ese carro, mi seguridad queda en manos de un desconocido.

Muchos años después me pregunto: si entonces teníamos aquella precaución para no montarnos en el vehículo de alguien que no conocíamos, ¿por qué ahora podemos montarnos emocionalmente con tanta facilidad en el carro de un desconocido digital?

La puerta ya no es la del automóvil. Es la del celular. Por eso conviene avanzar despacio: proteger nuestros datos, no enviar dinero ni imágenes íntimas, desconfiar de quien evita mostrarse o encontrarse personalmente y realizar los primeros encuentros en lugares públicos.

No hay que cerrarle las puertas al amor ni declarar la guerra a la tecnología. Cada generación tiene su manera de enamorarse.

Pero hay algo que ninguna tecnología debería cambiar: la confianza necesita tiempo.

Nosotros tuvimos serenatas, cartas y pretendientes haciendo esquina. Ahora hay perfiles, chats, corazones y fotografías espectaculares.

Solo que, antes de enamorarse del príncipe azul de la pantalla, convendría averiguar una cosita: si el príncipe existe… y si por lo menos la foto es de él.

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