Mi diálogo con la Inteligencia Artificial sobre la urgencia de su regulacion

Por Margarita de la Rosa
La advertencia de Naciones Unidas es inquietante: el acelerado desarrollo de la inteligencia artificial puede poner en riesgo derechos fundamentales, entre ellos la vida, la privacidad, la salud y la seguridad.
El planteamiento del alto comisionado de la ONU para los Derechos Humanos, Volker Türk, deja una pregunta inevitable: ¿está avanzando la inteligencia artificial mucho más rápido que nuestra capacidad para establecerle límites?
Comentaba el tema con mi esposo, el filósofo Rafael Morla, y coincidíamos en una esperanza acompañada de una preocupación: las regulaciones llegarán. Los Estados terminarán legislando y estableciendo controles.
Pero ¿llegarán a tiempo?
Entonces decidí hacer algo que me pareció pertinente: emplazar a la propia inteligencia artificial.
Le pregunté a ChatGPT qué pensaba de la advertencia de la ONU sobre los peligros que sistemas como ella pueden representar para los derechos humanos.
Su respuesta introdujo una distinción que considero fundamental: “El problema no es que la inteligencia artificial, por existir, esté inevitablemente destinada a destruir los derechos humanos. El problema es el enorme poder que adquiere esta tecnología cuando avanza más rápidamente que las leyes, los controles democráticos y la capacidad de la sociedad para exigir responsabilidades”.
Ahí está buena parte del debate.

No hace falta imaginar máquinas rebelándose contra la humanidad. El peligro puede ser mucho más cotidiano: sistemas capaces de intervenir en decisiones sobre empleos, créditos, salud y seguridad; fabricar imágenes y voces falsas; multiplicar la desinformación o convertir la vigilancia de las personas en algo cada vez más sofisticado.
Y surge entonces una pregunta esencial: ¿quién responde cuando una decisión tomada o asistida por inteligencia artificial causa daño?
Pero tampoco podemos satanizarla.
La inteligencia artificial ofrece enormes posibilidades para la medicina, la investigación, la educación, la comunicación y el acceso al conocimiento. Yo misma la utilizo como herramienta de apoyo en mi trabajo periodístico: pregunto, confronto ideas, organizo información y discuto enfoques.
Pero hay una frontera que no deberíamos perder: la herramienta puede ayudar; el criterio y la decisión deben continuar siendo humanos.
En nuestro diálogo, ChatGPT me planteó otra reflexión que merece atención: “La pregunta no es solamente hasta dónde puede llegar la inteligencia artificial. La pregunta verdaderamente política es quién controla ese poder, con qué reglas, en beneficio de quién y quién responde cuando causa daño”. Ese es el punto.
Detrás de la inteligencia artificial existen grandes corporaciones, enormes intereses económicos y una competencia entre potencias por alcanzar la supremacía tecnológica. Un poder de semejante magnitud no puede quedar exclusivamente en manos de quienes lo desarrollan.
Se necesitan leyes, controles democráticos, transparencia, protección de los datos personales y responsabilidades claramente establecidas. Y algunas decisiones relacionadas con la vida, la libertad, la dignidad y los derechos fundamentales nunca deberían quedar exclusivamente en manos de una máquina.
La ONU hace bien en encender las alarmas. No para detener la inteligencia artificial, sino para conseguir que aprendamos a gobernarla y a aprovechar sus extraordinarias posibilidades sin entregarles nuestros derechos.
Rafael y yo terminamos nuestra conversación con la misma esperanza: las regulaciones llegarán. Ojalá no lleguen después del daño.


