¿Por qué llevar la guerra ruso-ucraniana hasta las fronteras? ¡Al margen!

Los ataques y movimientos militares cada vez más próximos a Polonia y Rumania abren una pregunta incómoda: ¿se busca mantener a Moscú ocupado o empujar a otras naciones europeas hacia una confrontación directa?
Por Augusto Álvarez
Extrañamente —y siempre que este tipo de sospechas resulte válido—, llevar la guerra ruso-ucraniana hasta las fronteras de Rumania y Polonia produce inevitablemente un cuestionamiento: ¿se pretende involucrar a otras naciones en el conflicto?
La cercanía de Odesa con Rumania, así como la proximidad de distintos escenarios de la guerra con Polonia, podría terminar generando argumentos políticos, militares o jurídicos para elevar el nivel de confrontación con Moscú.
Y aquí aparece la historia, que nunca está de más recordar.
Polonia fue el territorio por donde Alemania inició la Segunda Guerra Mundial, el 1 de septiembre de 1939. La historia europea demuestra que los conflictos aparentemente localizados pueden convertirse, cuando las grandes potencias meten sus manos, en incendios de dimensiones impredecibles.
Polonia también alumbró a Lech Wałęsa, dirigente sindical y figura central de Solidaridad, con profundas raíces en la tradición católica polaca, cuya lucha contribuyó al debilitamiento del régimen comunista y al proceso que desembocó en la caída del Muro de Berlín.
En los Balcanes ocurrió otra historia. La antigua Yugoslavia de Josip Broz Tito transitó durante décadas por una vía socialista propia, mientras el bloque comunista dominaba buena parte de Europa Oriental. Pero aquel edificio político también terminó viniéndose abajo.
Entonces aparece una pregunta inevitable: ¿Qué línea ha trazado la administración de Donald Trump frente a Ucrania?
¿Mantener a Moscú ocupado?
¿Desgastar su aparato militar?
¿Presionar económicamente a Rusia?
¿O mantener el conflicto abierto mientras llega el momento de negociar una salida definitiva?
Porque mantener indefinidamente combatiendo al ejército ucraniano también tiene un costo enorme para Ucrania y para Europa.
Y aquí surge otra pregunta de fondo: ¿Recuerdan cómo se derrumbó la Unión Soviética?
La presión económica, el desgaste militar, las contradicciones internas y los movimientos sociales de Europa Oriental terminaron formando una tormenta que el Kremlin de entonces no pudo contener.
La Yugoslavia de Tito y la Polonia de Wałęsa fueron experiencias completamente diferentes, pero ambas forman parte de una historia europea marcada por el ascenso y la caída de sistemas políticos que parecían destinados a durar para siempre.
La pregunta ahora es si la guerra de Ucrania terminará produciendo otro terremoto geopolítico.
¿Será Ucrania el escenario de una larga guerra de desgaste?
¿O se está aproximando el momento en que las grandes potencias tendrán que sentarse a negociar, antes de que un incidente fronterizo convierta el conflicto en algo mucho más peligroso?
Y llegamos a la pregunta que queda sobre la mesa:
¿Aguantará Zelenski hasta que Trump —o, en el tablero de Medio Oriente, Netanyahu— diga la palabra final?
Porque una cosa está clara: cuando una guerra comienza a tocar las fronteras de otros países, el problema deja de ser solamente ruso-ucraniano.
Y ahí es donde conviene mirar con mucho cuidado.
Porque en Europa, jugar con las fronteras nunca ha sido un juego inocente.



