Escuchar música es un derecho, pero obligar a toda una comunidad a escucharla no lo es

Por Margarita de la Rosa
Recibo con beneplácito la campaña que ha puesto a circular el Ministerio de Interior y Policía para enfrentar uno de esos males que durante años hemos terminado normalizando en República Dominicana: la contaminación sónica.
El afiche plantea una pregunta sencilla: “¿El ruido afecta la tranquilidad de tu comunidad?” Y pone a disposición de la ciudadanía diferentes canales para reportarlo, incluida la Línea 788 y números de WhatsApp con atención las 24 horas.
Pero hay una frase del anuncio que, para mí, resulta tan importante como los propios números habilitados: “Tu denuncia es confidencial y tu identidad está protegida.”
Ojalá sea así. Y ojalá se cumpla siempre. Porque tan importante como estimular al ciudadano a denunciar es garantizarle que hacerlo no lo convertirá en blanco de conflictos, amenazas o represalias.
Tenemos leyes, pero necesitamos cumplirlas
En República Dominicana tenemos leyes, decretos, reglamentos y disposiciones para casi todo. Si el problema se resolviera únicamente legislando, probablemente viviríamos en un paraíso.
Nuestro gran desafío ha sido otro: cumplir y hacer cumplir lo que ya está establecido.
Por eso esta campaña de Interior y Policía puede ser una magnífica herramienta si logra combinar tres responsabilidades: que el ciudadano conozca y defienda su derecho a la tranquilidad; que quien genera ruido entienda que su libertad termina donde comienza el derecho de los demás; y que las autoridades respondan oportunamente cuando reciben una denuncia.
Porque escuchar música es un derecho. Obligar a toda una comunidad a escucharla no lo es.

Nadie tiene derecho a colocar un equipo de sonido a tal volumen que el vecino no pueda dormir, conversar dentro de su propia casa, ver televisión o siquiera atender una llamada telefónica.
Y tampoco cambia la situación porque el escenario sea un río, una playa o un balneario.
El ruido también está llegando a nuestros ríos y playas. Esto adquiere especial relevancia en estos días de intenso calor, cuando muchas familias buscan alivio y recreación fuera de las ciudades. Los ríos y balnearios reciben numerosos visitantes que desean disfrutar unas horas en contacto con la naturaleza.
Pero junto con las neveritas, la comida y los vehículos llegan también, demasiadas veces, los llamados “kitipó” y enormes bocinas.
Y entonces trasladamos al campo y a los ríos aquello de lo que precisamente muchos tratamos de escapar: el ruido. Una familia llega buscando el sonido del agua, los árboles y la posibilidad de conversar tranquilamente, y termina obligada a escuchar durante horas la música seleccionada por otra persona a un volumen desproporcionado.
Hay una regla de convivencia que no debería necesitar demasiadas explicaciones: El río es de todos y la música, de quien quiera escucharla.



