OPINION

Criar hijos: entre la autoridad perdida y los extremos de la permisividad

 

Por Margarita de la Rosa

Una reflexión personal sobre la crianza, los límites y la responsabilidad de formar seres humanos para la vida.

Cada vez que conocemos un crimen estremecedor cometido por jóvenes, algunos todavía menores de edad, me hago una pregunta: ¿qué está pasando en nuestros hogares? ¿En qué momento estamos perdiendo la capacidad de orientar, corregir y formar a nuestros hijos?

No pretendo atribuir la delincuencia juvenil exclusivamente a la crianza. Sería desconocer la pobreza, la exclusión, las influencias del entorno, la violencia social y tantas otras circunstancias. Pero tampoco podemos ignorar que la familia constituye uno de los primeros espacios donde aprendemos a respetar límites, reconocer derechos ajenos y asumir las consecuencias de nuestros actos.

Me preocupa especialmente la situación de niños que crecen entre el abandono, la indiferencia o el maltrato. Algunos son víctimas de adultos a quienes se les permite entrar en sus vidas sin la debida protección. Y aclaro: no es la condición de madre soltera la que determina el destino de un hijo. El verdadero problema surge cuando faltan el cuidado, la responsabilidad y la protección que todo niño merece.

Vengo de una generación en la que la autoridad de los padres no estaba en discusión. En mi hogar hubo amor, pero también reglas. Algunas me parecían injustas cuando era niña; hoy comprendo su valor.

Recuerdo que una vez encontré unos plátanos en un camino que entendí lo habían tirado como vi que se podían utilizar los llevé a casa. Mis padres me obligaron a devolverlos. ¡Qué vergüenza pasé!. La dueña de los plátanos los estaba buscando y yo, iba con ellos. Pero aquella lección me acompañó toda la vida: lo ajeno se respeta, aunque parezca abandonado y nadie nos esté mirando.

Esa enseñanza la llevé a mi propio hogar.

Rafael y yo criamos a nuestros tres hijos, Rafael, Penélope y Vladimir, convencidos de que amar también significaba establecer límites, exigir responsabilidades y enseñarles que sus decisiones tenían consecuencias.

¿Qué hubo sus pelitas y chancletazos? Sí, los hubo. No voy a reescribir nuestra historia para acomodarla a las opiniones de hoy. Incluso nuestros hijos recuerdan algunos episodios entre carcajadas. Pero tampoco pretendo que esas correcciones físicas sean la explicación de los adultos en que se convirtieron, ni que constituyan una receta para otras familias.

Lo verdaderamente importante fue una crianza en la que procuramos mantener la palabra, la coherencia, el acompañamiento y el respeto a la autoridad.

Hoy existen conocimientos sobre los efectos del castigo físico que merecen ser escuchados. También sabemos que es posible ejercer una autoridad firme sin recurrir a los golpes. Mi preocupación, sin embargo, es que algunos padres confundan abandonar el castigo físico con renunciar a corregir.

Porque educar sin violencia no significa educar sin consecuencias.

Un hijo necesita afecto, comprensión y libertad progresiva, pero también necesita escuchar un «no», aceptar una negativa, reparar un daño y entender que no todo lo que desea le corresponde.

No creo que debamos regresar a los extremos autoritarios de otras épocas. Tampoco considero saludable desplazarnos al extremo contrario, donde los adultos temen ejercer su responsabilidad por miedo a contrariar a sus hijos.

La vida no siempre concede segundas oportunidades. Una decisión equivocada puede tener consecuencias irreparables. Por eso, enseñar responsabilidad desde la infancia no es una crueldad: es una forma de preparar a nuestros hijos para enfrentar el mundo.

Cuando miro a mis tres hijos, siento una profunda satisfacción. No porque sean perfectos ni porque nosotros hayamos sido padres infalibles, sino porque los veo convertidos en personas capaces de construir sus propios caminos.

No atribuyo ese resultado a la suerte. Hubo años de dedicación, sacrificios, desvelos, amor y decisiones difíciles. También hubo errores, como en cualquier familia.

Y hoy, cuando la vida nos permite contemplar los frutos de aquella crianza, reafirmo una convicción: los hijos necesitan padres que los amen profundamente, pero que no renuncien a la responsabilidad de educarlos.

El desafío de nuestro tiempo no debería ser escoger entre la autoridad y el afecto, sino aprender a ejercer una autoridad que forme sin humillar, que corrija sin destruir y que prepare a nuestros hijos para vivir en sociedad.

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