El silencio que protege al verdugo y condena a la infancia

Por Margarita de la Rosa
Anoche hubo historias que me robaron el sueño. Eran testimonios de mujeres y hombres que, después de muchos años, encontraron el valor para contar los abusos sexuales que sufrieron durante su infancia. Relatos estremecedores de niñas y niños ultrajados precisamente por quienes tenían la obligación de protegerlos.
Cada historia era como una puñalada que me daban a mí.
Llegó un momento en que tuve que dejar de escuchar. Era pasada la una de la madrugada y, aunque apagué el teléfono, aquellas voces continuaron resonando en mi cabeza. No podía conciliar el sueño. Sentía dolor, indignación y una impotencia difícil de describir.
Me preguntaba cuántas criaturas estarán viviendo hoy semejante infierno mientras nosotros dormimos tranquilamente, ignorando lo que ocurre detrás de las paredes de tantos hogares.
Porque hay una verdad particularmente dolorosa: no siempre el peligro está en la calle. A veces duerme bajo el mismo techo, se sienta a la mesa y recibe el cariño y la confianza de toda la familia.
Padres, padrastros, abuelos, tíos y otras personas cercanas aparecen en testimonios de sobrevivientes como responsables de abusos que marcaron sus vidas. La confianza familiar, que debería representar seguridad, se convierte entonces en el instrumento que facilita la agresión y prolonga el silencio.
Pero hay algo que me resulta todavía más desgarrador: los casos en que algunas madres conocen o sospechan lo que sucede y no logra proteger a su hijo o hija.
Sé que existen mujeres sometidas a amenazas, dependencia económica, miedo y violencia. No pretendo desconocer esas realidades. Precisamente por eso necesitan apoyo y protección para poder actuar. Pero también debemos señalar, sin contemplaciones, a quienes encubren deliberadamente al agresor, desacreditan a la víctima o sacrifican la integridad de sus hijos para preservar una relación.
Ningún matrimonio, ninguna dependencia económica, ninguna apariencia de familia puede valer más que la integridad de un niño.
¿Dónde queda la infancia de esas criaturas? ¿Quién les devuelve las noches de miedo, la inocencia arrebatada, la confianza destruida? ¿Cuántos llegan a la adultez arrastrando heridas que jamás pudieron contar?
Algunos sobrevivientes han relatado depresiones profundas, dificultades para establecer relaciones y pensamientos suicidas. Otros han encontrado caminos de recuperación. Sus historias son distintas, pero todas nos recuerdan que el abuso sexual infantil no termina necesariamente cuando cesa la agresión.
Y mientras escuchaba aquellos testimonios, pensaba también en nuestra sociedad dominicana, en los niños abandonados, maltratados, expuestos a la violencia y privados del afecto y la protección que necesitan.
Muchas veces nos estremecemos ante un joven involucrado en hechos delictivos, pero pocas veces nos preguntamos qué ocurrió durante su infancia. No se trata de justificar delitos ni de afirmar que todo niño maltratado terminará en la delincuencia. Se trata de reconocer que una sociedad que abandona a su niñez está comprometiendo su propio futuro.
Los abusos sexuales contra menores no son asuntos privados que deban resolverse con el silencio familiar. Son violaciones graves de derechos que exigen prevención, denuncia, investigación, justicia y acompañamiento psicológico.
Por eso hoy quiero dirigirme especialmente a las madres, aunque la responsabilidad corresponde también a los padres y a todos los adultos encargados del cuidado infantil.
Escuchen a sus hijos. Créanles cuando les cuenten algo que les incomoda o asusta. No los obliguen a abrazar o besar a nadie. Respétenles sus límites. Obsérvenlos, conversen con ellos y jamás permitan que la autoridad de un adulto esté por encima de su seguridad.
No se trata de enseñarles a desconfiar de todo el mundo, sino de darles herramientas para reconocer situaciones peligrosas y la certeza de que encontrarán protección cuando pidan ayuda.
Y a las mujeres que hoy callan por miedo, vergüenza o dependencia, quisiera decirles que existen caminos para buscar apoyo. No tienen que enfrentar solas a un agresor. Su seguridad y la de sus hijos deben estar primero.
A las autoridades dominicanas les corresponde garantizar que denunciar no signifique exponerse a nuevas amenazas, indiferencia institucional o interminables procesos que vuelvan a lastimar a las víctimas.
No podemos seguir reaccionando únicamente cuando un caso escandaloso ocupa los titulares. La protección de la infancia tiene que ser una responsabilidad permanente del Estado, la familia, la escuela y la comunidad.
Anoche no pude dormir. Hoy, mientras escribo estas líneas, todavía me acompañan aquellas voces.
No conozco a esas mujeres ni a esos hombres. Probablemente nunca los conoceré. Pero sus historias me obligan, desde mi condición de mujer, madre y periodista, a levantar la voz.
Porque hay silencios que no son prudencia. Hay silencios que prolongan el sufrimiento. Y hay silencios que permiten que un abusador continúe destruyendo vidas.
Que ningún niño tenga que llegar a adulto para encontrar a alguien dispuesto a creerle.



