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Un día como hoy, en 1973, en Chile las armas asesinaron la democracia

Augusto Pinochet encabezó el golpe militar que derrocó al presidente constitucional Salvador Allende y abrió paso a 17 años de dictadura, represión y graves violaciones de los derechos humanos en Chile.

 

Hoy, 11 de septiembre, se cumple un nuevo aniversario de uno de los episodios más dolorosos y trascendentales de la historia política de América Latina, el golpe de Estado de 1973 que derribó al gobierno constitucional de Salvador Allende y abrió las puertas a 17 años de dictadura militar, encabezada por Augusto Pinochet.

Aquel 11 de septiembre no cayó solamente un gobierno. Cayó una democracia que, con todas sus contradicciones, conflictos y profundas divisiones políticas, había llegado al extremo de ser sustituida por las armas.

La historia no puede ser escrita solamente desde las simpatías ideológicas. Salvador Allende no fue un presidente ajeno a la controversia. Su gobierno enfrentó una intensa polarización política, graves dificultades económicas y una creciente confrontación entre fuerzas de izquierda, derecha y centro. Pero esas circunstancias no convierten un golpe militar en una alternativa democrática.

La democracia se puede corregir mediante elecciones, parlamentos, justicia, diálogo y participación ciudadana. Cuando las Fuerzas Armadas sustituyen las urnas por los fusiles, lo que desaparece es precisamente la democracia.

Allende, el presidente que llegó por las urnas

Salvador Allende Gossens fue médico, dirigente socialista y uno de los principales protagonistas de la política chilena durante varias décadas.

En 1970 llegó a la Presidencia de Chile como candidato de la Unidad Popular, después de obtener la primera mayoría relativa y ser ratificado por el Congreso, conforme al sistema constitucional vigente.

Su proyecto buscaba avanzar hacia el socialismo mediante profundas transformaciones económicas y sociales. La nacionalización del cobre, la ampliación de la reforma agraria y una mayor participación del Estado en la economía estuvieron entre sus principales políticas.

Su gobierno, sin embargo, se desarrolló en medio de una creciente confrontación política y económica. La polarización llegó a niveles extremos y el país terminó enfrentado a una crisis institucional que precedió al golpe.

La propia Biblioteca Nacional de Chile describe aquel período como un contexto de fuerte polarización que desembocó en la ruptura institucional del 11 de septiembre.

Pero una crisis de la democracia no convierte automáticamente a una dictadura en democracia.

Las bombas sobre la moneda

Pinochet

La mañana del 11 de septiembre de 1973, las Fuerzas Armadas se levantaron contra el gobierno constitucional.

Allende se trasladó al Palacio de La Moneda y decidió permanecer allí. Poco antes del mediodía, la Fuerza Aérea bombardeó el palacio presidencial. Después, las tropas ingresaron al edificio.

Allende murió ese mismo día dentro de La Moneda. La versión histórica oficialmente reconocida establece que se suicidó con un fusil durante el asalto, aunque las circunstancias de su muerte fueron objeto de controversias durante años.

Más allá de la discusión sobre la forma exacta de su muerte, existe un hecho imposible de borrar, que el el presidente constitucional de Chile murió cuando los militares tomaron por la fuerza la sede del gobierno.

Ese es el símbolo más dramático del 11 de septiembre chileno.

Pinochet y los 17 años de hierro

El golpe dio paso a una Junta Militar integrada por los comandantes del Ejército, la Armada, la Fuerza Aérea y Carabineros.

Augusto Pinochet, comandante en jefe del Ejército, terminó convirtiéndose en la figura dominante del nuevo régimen y, posteriormente, en jefe del Estado.

La dictadura suspendió las libertades civiles, clausuró el Congreso, persiguió a opositores, restringió la actividad política y estableció un sistema de represión que dejó miles de víctimas.

Las investigaciones oficiales chilenas posteriores documentaron miles de casos de asesinatos, desapariciones forzadas, prisión política y tortura. La Comisión Rettig reconoció víctimas de violaciones de derechos humanos y violencia política, mientras las comisiones Valech documentaron decenas de miles de casos de prisión política y tortura.

Orlando Letelier

Entre los episodios más conocidos de aquellos años figuran la persecución de opositores, las ejecuciones y desapariciones, la actuación de organismos represivos como la DINA y el asesinato en Washington, en 1976, de Orlando Letelier, excanciller del gobierno de Allende.

También fueron víctimas figuras de enorme significación cultural, como el cantautor Víctor Jara, asesinado pocos días después del golpe.

Por eso, hablar de la dictadura de Pinochet únicamente desde sus resultados económicos sería insuficiente. Un país puede alcanzar crecimiento económico y, al mismo tiempo, sufrir graves violaciones de los derechos humanos.

La economía: el otro rostro del régimen

Existe, sin embargo, otro capítulo que debe ser analizado sin prejuicios.

El régimen de Pinochet impulsó una profunda transformación económica, asociada a los llamados Chicago Boys, con liberalización comercial, privatizaciones, disciplina fiscal, desregulación y una reducción significativa de la intervención directa del Estado en diversos sectores.

Chile se convirtió en uno de los principales laboratorios del modelo económico de libre mercado en América Latina y, especialmente desde mediados de los años 80, registró períodos de fuerte crecimiento. El Banco Mundial documenta que las reformas comenzaron desde 1974 y que el crecimiento se fortaleció particularmente después de la crisis de 1982-1983.

Pero tampoco sería objetivo presentar aquellos 17 años como un milagro económico permanente.

El proceso tuvo enormes costos sociales. La primera etapa estuvo marcada por desempleo, recesiones y dificultades económicas, y el propio Banco Mundial ha señalado que las reformas iniciales estuvieron acompañadas de importantes costos sociales.

Por tanto, la valoración histórica debe ser equilibrada, pues el régimen dejó transformaciones económicas profundas que posteriormente influyeron en el desarrollo chileno, pero esas transformaciones no borran ni justifican las violaciones de los derechos humanos cometidas durante la dictadura.

Y es bueno destacar que una economía eficiente no convierte una dictadura en democracia.

El pueblo volvió a hablar

Patricio Aylwin

La dictadura no fue eterna.

A partir de la década de 1980 comenzó a crecer la oposición política y social. Finalmente, el propio régimen convocó al plebiscito de 1988 para decidir si Augusto Pinochet continuaría en el poder.

El resultado fue contundente. El No obtuvo el 54,7 % de los votos.

Fue una de las grandes lecciones de la historia chilena. Después de 15 años de dictadura, los ciudadanos utilizaron una herramienta democrática para abrir el camino hacia la democracia.

En diciembre de 1989 se celebraron elecciones presidenciales y parlamentarias. El demócrata cristiano Patricio Aylwin, candidato de la Concertación de Partidos por la Democracia, resultó elegido.

El 11 de marzo de 1990, exactamente 17 años y seis meses después del golpe, Augusto Pinochet entregó la Presidencia a Aylwin.

Chile comenzaba entonces una nueva etapa, la transición democrática.

Pinochet, sin embargo, no desapareció inmediatamente de la vida pública. Continuó como comandante en jefe del Ejército hasta 1998 y posteriormente asumió como senador vitalicio. Murió en 2006.

Chile y la lección de la democracia

La historia chilena dejó una enseñanza que América Latina debería conservar como patrimonio político, y es que ninguna crisis económica, ninguna polarización política y ninguna diferencia ideológica justifican destruir la democracia.

Allende cometió errores políticos. Su gobierno enfrentó graves problemas económicos y una sociedad profundamente dividida. Todo eso debe estudiarse y discutirse.

Pero la respuesta a una crisis democrática debe ser más democracia, no menos.

El golpe de 1973 abrió una de las dictaduras más prolongadas y represivas de América Latina. Chile tuvo que pagar un enorme precio humano antes de recuperar sus instituciones democráticas.

Y Cuba, la dictadura que permanece

Al recordar la tragedia chilena, resulta inevitable mirar hacia otra realidad latinoamericana: Cuba.

Muchas de las dictaduras militares que marcaron a América Latina durante la Guerra Fría desaparecieron. Argentina, Brasil, Uruguay, Paraguay y Chile retornaron al régimen democrático, aunque cada uno siguió caminos diferentes.

Cuba, en cambio, continúa bajo un sistema político de partido único y con severas restricciones a las libertades políticas y civiles.

Y la situación económica actual de la isla es particularmente grave. Organizaciones internacionales han documentado escasez de alimentos, medicinas y combustible, prolongados apagones y deterioro de servicios esenciales. Human Rights Watch señala, además, una crisis económica que ha afectado el acceso a alimentos, atención sanitaria y electricidad.

Las autoridades cubanas atribuyen buena parte de la crisis al embargo y las sanciones estadounidenses, mientras Estados Unidos sostiene que su política busca presionar al gobierno cubano para lograr cambios políticos y mejoras en derechos humanos.

La realidad, sin embargo, es que la población cubana continúa soportando una situación económica y social extremadamente difícil.

La comparación no pretende igualar experiencias históricas diferentes. Pinochet y el régimen cubano pertenecen a contextos políticos distintos y sus modelos económicos tampoco son equivalentes. Pero ambos casos recuerdan una verdad elemental, y es que cuando el poder político elimina el pluralismo, restringe las libertades y concentra el poder, la sociedad pierde mecanismos fundamentales para corregir los errores del Estado.

Que nunca vuelva el 11 de septiembre

Chile necesitó 17 años para recuperar plenamente el camino electoral.

Por eso, cada 11 de septiembre no debería ser únicamente una fecha para recordar a Salvador Allende, a sus partidarios, a los perseguidos, a los desaparecidos, a los torturados y a todos los que sufrieron aquella tragedia.

Debe ser también una fecha para recordar el valor de las instituciones.

La democracia no es perfecta. Comete errores. Produce gobiernos malos y gobiernos buenos. Permite que los ciudadanos se equivoquen y luego corrijan mediante el voto.

Pero tiene una ventaja que ninguna dictadura puede ofrecer: el pueblo conserva el derecho de cambiar al gobierno sin necesidad de disparar un solo tiro.

Chile volvió a las urnas y recuperó la democracia.

Esa es, quizás, la mayor lección que dejó aquel 11 de septiembre de 1973: cuando las armas sustituyen al voto, pierde la política, pierde la libertad y pierde el pueblo.

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