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La sangre del presidente Allende corrió en La Moneda

 

Desde el Estadio hasta La Moneda, la sangre corrió por las calles de Santiago y, al llegar a Isla Negra, se transformó en fuego… La gran tragedia chilena.

Años han transcurrido y la realidad aún espera el regreso de quienes han prometido volver a pisar las calles nuevamente.

Cincuenta años después del derrocamiento y la muerte del presidente Salvador Allende, referir que unas 3,000 personas fueron ejecutadas no refleja toda la dimensión de aquella tragedia. Además, ¿por qué silenciar el crimen contra la cultura?

La cara que trascendió en Chile como cabeza del golpe contra la incipiente aspiración democrática fue la del general Augusto Pinochet, quien, además de llenar de sangre el Estadio Nacional, ordenó —según los relatos históricos sobre aquellos días— el incendio y destrucción de bienes culturales, mientras las obras y pertenencias del poeta Pablo Neruda en Isla Negra sufrían las consecuencias de la violencia desatada.

Nada con olor a democracia quedó en pie. Incluso hasta Washington llegó el brazo de la represión pinochetista, donde fue ejecutado Orlando Letelier, en una zona diplomática de la capital estadounidense.

La exterminación de todos aquellos que sugirieran un asomo de democracia fue una de las tareas ejecutadas por el militarismo chileno, al extremo de que, durante años, la voz popular quedó sometida.

Y entonces surge la pregunta que todavía golpea la memoria: ¿cuándo florecerán las alamedas?

Después de Salvador Allende, los gobiernos de Chile han cargado, de distintas maneras, con la herencia de aquel período y con las consecuencias de lo que sembraron Washington y Pinochet.

La historia no se borra. Se puede intentar sepultarla bajo los años, pero siempre habrá sangre, memoria y preguntas que regresarán a las calles de Santiago para reclamar respuestas.

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