Cuando el volumen de la música mata la convivencia

Por Margarita de la Rosa
En una sociedad que avanza a pasos acelerados en tecnología, pareciera que retrocede en algo esencial: el respeto por el otro. Hoy no solo vivimos entre ruidos… vivimos bajo una forma de agresión cotidiana que muchos han normalizado.
El desarrollo del ruido excesivo se ha convertido en una de las principales formas de irrespeto en la convivencia social. Ya no se trata de disfrutar la música —que siempre ha sido parte de nuestra identidad cultural—, sino de imponerla.
Antes, la música acompañaba. Hoy, atropella.
En barrios, urbanizaciones, complejos de viviendas e incluso en espacios naturales, como rios, balnearios y lagos se repite la misma escena: equipos de alto volumen capaces de escucharse a kilómetros, sin importar si hay niños, envejecientes, enfermos o simplemente personas que desean descansar, conversar o vivir en paz.
El fenómeno tiene un rostro cada vez más visible en una parte de la juventud. No toda, pero sí una que ha confundido libertad con imposición.
Jóvenes que no escuchan música para disfrutarla, sino para proyectarla, para invadir, para hacerse sentir por encima de los demás.Y es ahí donde la preocupación crece.
Nuestros padres y abuelos también amaban la música. La bachata, el merengue, los boleros… eran parte de la vida cotidiana. Pero había límites. Había consideración. Había humanidad.
Si un vecino estaba enfermo, se bajaba el volumen.Si había duelo, el silencio era respeto. Si se compartía, se hacía sin perturbar.
Hoy, en cambio, el volumen parece haberse convertido en una forma de poder. Se instala un negocio en una esquina y, con él, una condena sonora para decenas de familias. Se ocupa un río, un espacio natural, y se transforma en una discoteca improvisada donde el “pum, pum, pum” sustituye el sonido del agua y la tranquilidad del entorno.
Y lo más grave: la ciudadanía se siente indefensa.
Las autoridades han hablado. Han anunciado medidas. Incluso se han realizado operativos. Pero la realidad demuestra que el problema persiste. Se interviene, se baja el volumen… y minutos después todo vuelve a empezar.
La falta de consecuencias reales ha convertido el irrespeto en costumbre.
No podemos ignorar otro elemento: en muchos casos, este comportamiento está ligado al consumo excesivo de alcohol y, en ocasiones, al uso de sustancias que desinhiben y eliminan cualquier sentido de límite o consideración.
No es solo ruido. Es descontrol.
Es ausencia de valores.
Es una convivencia rota.
El derecho a disfrutar la música no puede convertirse en el derecho a perturbar la vida de los demás.
Una sociedad no se mide por el volumen de sus bocinas, sino por el respeto entre sus ciudadanos.
Es tiempo de que las autoridades actúen con firmeza, respaldando al ciudadano que denuncia, aplicando sanciones reales e incautando equipos cuando sea necesario.
Pero también es tiempo de que las familias vuelvan a formar en valores.
Porque si seguimos normalizando el ruido como diversión, terminaremos perdiendo algo mucho más grave: la capacidad de convivir.



