OPINION

¿Estamos realmente preparados para un terremoto de gran magnitud?

 

¿Estamos realmente preparados para un terremoto de gran magnitud?Por Margarita de la Rosa

Nuestro país está localizado en una zona de importante actividad tectónica. La isla de La Española se encuentra en una compleja zona de interacción entre las placas del Caribe y Norteamérica y tenemos sistemas de fallas capaces de generar terremotos importantes.

No sabemos cuándo ocurrirá el próximo gran sismo. Nadie puede saberlo.

Los terremotos no se pueden predecir con fecha y hora. Por eso precisamente la responsabilidad del Estado no comienza cuando tiembla la tierra. Comienza mucho antes.

Y ahí está mi preocupación.

No basta con organizar un simulacro de vez en cuando, impartir algunas charlas o decirle a la población dónde debe colocarse cuando empiece a temblar. Eso es necesario, pero insuficiente.

Prepararnos para un gran terremoto significa saber, antes de que ocurra, qué tenemos construido, dónde lo hemos construido, cómo fue construido y cuáles edificaciones representan mayor peligro para la población.

República Dominicana necesita convertir la evaluación de vulnerabilidad sísmica en una verdadera política nacional permanente.

Tenemos una Oficina Nacional de Evaluación Sísmica y Vulnerabilidad de Infraestructura y Edificaciones, ONESVIE, que realiza evaluaciones y ha advertido reiteradamente sobre la necesidad de fortalecer nuestras infraestructuras.

También existen reglamentos y un Código de Construcción que incorpora criterios de diseño sismorresistente.

Eso hay que reconocerlo. Pero la pregunta es otra: 

  • ¿Es suficiente lo que estamos haciendo frente a la dimensión del riesgo que tenemos?
  • ¿Tenemos un inventario nacional actualizado y públicamente conocido de las escuelas vulnerables?
  • ¿Sabemos cuáles hospitales podrían continuar funcionando después de un terremoto severo?
  • ¿Han sido evaluados sistemáticamente los edificios públicos donde diariamente se concentran cientos o miles de personas?
  • ¿Y las torres residenciales?
  • ¿Y las viviendas levantadas informalmente, muchas de ellas con un piso construido encima de otro durante años, sin cálculo estructural alguno?
  • ¿Y los puentes, elevados, estadios, universidades y centros comerciales?

Es ahí donde debería concentrarse buena parte del esfuerzo nacional.

Porque un terremoto no mata solamente por su magnitud. Mata también la vulnerabilidad de aquello que hemos construido.

La calidad de los materiales, el diseño estructural, las características del suelo, el cumplimiento de las normas y la fiscalización de las obras pueden determinar la diferencia entre una edificación que resiste y otra que se convierte en una trampa mortal.

Y aquí tenemos que tocar un asunto incómodo.

Durante décadas en República Dominicana se ha construido mucho sin que la planificación territorial y los estudios técnicos hayan tenido siempre el peso que deberían.

Una escuela, un hospital o cualquier obra pública no puede levantarse en determinado terreno simplemente porque apareció barato, porque resultó conveniente políticamente o porque pertenecía a un compañero, amigo o relacionado al que había que favorecer.

Primero tiene que hablar la ingeniería. Antes de colocar el primer bloque hay que determinar las condiciones del suelo y establecer si ese terreno es adecuado para la obra que se pretende levantar.

Tampoco podemos permitir que la supervisión de una construcción se convierta en una simple formalidad.
Porque existe otro peligro que debemos enfrentar sin hipocresías: la corrupción.

Un inspector no puede mirar hacia otro lado frente a una varilla inadecuada, una mezcla deficiente, una modificación estructural peligrosa o el incumplimiento de los planos porque alguien decidió “mojarle la mano”.

Cuando se negocia una inspección de seguridad no se está negociando solamente un permiso.

Se está negociando con vidas humanas.

Y posiblemente esas consecuencias no aparezcan inmediatamente.

Pueden permanecer escondidas durante diez, veinte o treinta años, hasta el día en que la tierra se mueva.

Los acontecimientos recientes de nuestra región deberían servirnos como advertencia, no para sembrar pánico, sino para actuar.

ONESVIE informó que durante 2025 realizó cientos de evaluaciones de edificaciones e infraestructuras. Es un esfuerzo importante, pero frente a la enorme cantidad de construcciones existentes en el país cabe preguntarse si no necesitamos acelerar extraordinariamente ese proceso.

Deberíamos establecer prioridades nacionales.

Primero escuelas, hospitales, instalaciones de emergencia y edificaciones públicas de alta concentración humana.

Después, y paralelamente, grandes complejos residenciales, torres, puentes y estructuras ubicadas en zonas particularmente vulnerables.

Y los resultados deberían conocerse.

La ciudadanía tiene derecho a saber cuáles estructuras han sido evaluadas, cuáles presentan vulnerabilidades, cuáles necesitan reforzamiento y qué plazo tienen las instituciones responsables para intervenirlas.

  • No necesitamos solamente un censo de edificaciones.
  • Necesitamos un mapa nacional de vulnerabilidad sísmica, permanentemente actualizado, que permita establecer prioridades y destinar recursos antes de la tragedia y no después.

Porque después de un terremoto todos sabemos lo que viene.

  • Comisiones.
  • Declaraciones.
  • Lamentos.
  • Investigaciones para determinar por qué cayó aquel edificio que nunca debió caer.

Entonces aparecerá un expediente diciendo que faltaba acero, que el suelo no era apropiado, que se modificaron los planos, que nunca se realizó determinada inspección o que alguien había advertido el peligro muchos años antes.

¿Tenemos que esperar eso?

Venezuela y Colombia deberían servirnos hoy como espejo.

No sabemos si un terremoto importante ocurrirá mañana, dentro de diez años o dentro de varias décadas.

Pero sabemos algo mucho más importante:
puede ocurrir.

Y un país responsable no espera a que la tierra le recuerde sus debilidades.

  • Las identifica antes.
  • Las corrige.
  • Fiscaliza.
  • Refuerza sus hospitales.
  • Revisa sus escuelas.
  • Evalúa sus puentes.
  • Hace cumplir estrictamente los códigos de construcción.
  • Educa permanentemente a su población.
  • Y castiga a quien, por corrupción o irresponsabilidad, autorice una construcción que ponga vidas en peligro.

No podemos evitar un terremoto.

Tampoco podemos decirle a la tierra cuándo debe dejar de moverse.

Lo que sí podemos evitar es que nuestra negligencia convierta un fenómeno natural en una catástrofe mucho mayor.

La pregunta, entonces, no es cuándo nos tocará.

La pregunta que deberíamos estar haciéndonos desde ahora es: ¿qué estamos haciendo hoy para que, cuando nos toque, no tengamos que contar tantos muertos mañana?

El propio Código de Construcción de la República Dominicana establece que edificaciones esenciales cercanas a fallas, estructuras con condiciones especiales o ubicadas en entornos inestables deben someterse a estudios específicos de amenaza sísmica.

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