Haití: de la destrucción de sus bosques a una crisis que toca nuestras puertas

¡A cuidarnos, dominicanos!
Un testimonio desde Cap-Haïtien sobre la devastación ambiental y social de Haití; un país que alguna vez simbolizó la libertad y que hoy enfrenta una de las crisis más profundas del continente
En 1983, siendo muy joven, fui designado por el presidente Salvador Jorge Blanco como cónsul de la República Dominicana en Cap-Haïtien, Haití. En aquellos años, el país vivía bajo la férrea dictadura de Jean-Claude Duvalier.
Durante mi permanencia allí tuve la oportunidad de relacionarme con una pujante y orgullosa comunidad de medianos empresarios y comerciantes haitianos. Pero desde el primer día hubo algo que me llamó poderosamente la atención: el deterioro acelerado de la naturaleza y la brutal deforestación que comenzaba a devorar el paisaje haitiano.
Árboles convertidos en víctimas
Recuerdo haber observado, en varias villas pertenecientes a familias acomodadas, cómo se cortaban árboles frutales —mangos, naranjas y otras especies— y se derribaban árboles que durante años habían proporcionado sombra y frutos.
Pero hubo una imagen que nunca pude olvidar.
Vi que algunos trabajadores utilizaban los árboles vivos para clavar y sujetar sus machetes y hachas, incrustándolos directamente en la corteza. Las heridas abiertas dejaban salir la savia, que parecía sangre.

Aquella imagen me impresionó profundamente.
Un día le pregunté a Guy Benjamin, empresario de la zona, por qué se hacía aquello y por qué se maltrataba de esa manera la corteza de los árboles.
Su respuesta todavía la recuerdo:
“Es una cultura ancestral”.
No sé si aquella práctica representaba realmente una tradición extendida o simplemente una costumbre local, pero para mí fue una escena que simbolizó algo mucho más profundo: la pérdida progresiva del respeto por la naturaleza.
Una tierra que se quedó sin árboles
Con los años, la deforestación, la pobreza y la falta de políticas ambientales eficaces contribuyeron a transformar buena parte del paisaje haitiano.
Montañas desnudas. Suelos erosionados. Ríos convertidos en cauces vulnerables. Comunidades expuestas a inundaciones y deslizamientos. Un territorio donde la naturaleza ha pagado un precio altísimo.
Y detrás de esa devastación ambiental está también una tragedia humana: pobreza, hambre, enfermedades, inseguridad, instituciones debilitadas y una crisis política que parece no tener final.
Haití fue escenario de uno de los primeros grandes procesos de independencia de América y se convirtió en símbolo de la lucha contra la esclavitud y por la libertad.
Sin embargo, dos siglos después, buena parte de su población vive atrapada en una crisis que ha destruido oportunidades, instituciones y esperanzas.
La crisis no puede convertirse en nuestra crisis
Y aquí está mi preocupación como dominicano.
República Dominicana comparte una isla con Haití. No podemos mirar hacia otro lado.
La crisis haitiana ya no es exclusivamente haitiana. La violencia, la migración irregular, la inseguridad, las enfermedades, la presión sobre los recursos naturales y la fragilidad institucional tienen consecuencias que pueden alcanzar directamente a nuestro país.
Pero hay algo que debemos dejar claro: el pueblo haitiano no es nuestro enemigo.
Nuestro vecino necesita estabilidad, instituciones, seguridad y oportunidades para reconstruirse. República Dominicana, al mismo tiempo, tiene la obligación de proteger sus fronteras, defender sus recursos y preservar su estabilidad.
Una cosa no contradice la otra.
¡A cuidarnos, dominicanos!
No podemos esperar a que los problemas lleguen a nuestra puerta para comenzar a reaccionar.
Hay que cuidar nuestros bosques, nuestros ríos, nuestras montañas, nuestras playas y nuestros recursos naturales. Hay que fortalecer la frontera, hacer cumplir las leyes y preservar nuestra institucionalidad.
Porque una nación también se destruye cuando deja de cuidar lo que tiene.
Yo vi árboles heridos en Cap-Haïtien hace más de cuatro décadas. Hoy veo un país profundamente herido.
Que la tragedia de Haití nos sirva también de advertencia.
¡A cuidarnos, dominicanos! Cuidemos la frontera, cuidemos nuestra naturaleza y, sobre todo, cuidemos la República Dominicana.


