Ni mano dura ni manos atadas: de padres autoritarios a padres demasiado permisivos

Por Margarita de la Rosa
No todo tiempo pasado fue mejor. Quienes fuimos criados bajo modelos familiares mucho más rígidos sabemos que había prácticas que necesitaban cambiar. Había padres cuya palabra no se discutía, poca posibilidad de diálogo y, en algunos hogares, castigos y formas de imponer autoridad que hoy sabemos que no deben repetirse.
Pero después de tantos años tratando de corregir aquellos excesos, vale la pena hacernos una pregunta: ¿en algunos hogares no nos habremos ido demasiado hacia el extremo contrario?
Mi generación quiso hacerlo diferente. Intentamos escuchar más a nuestros hijos, comprenderlos, respetar sus espacios y evitar aquella distancia que muchas veces existió entre padres e hijos. Eso fue un avance. El problema aparece cuando confundimos comprensión con permisividad, respeto con ausencia de supervisión y amor con incapacidad para decir “no”.
En mi casa había autoridad. Mi padre no necesitó golpearme ni maltratarme para ejercerla. Cuando entendía que determinado lugar o determinada actividad no me convenía, decía que no y explicaba sus razones. Yo podía protestar, llorar, disgustarme o hasta negarme a comer. El “no” seguía siendo no.
Cuando me tocó criar a mis propios hijos procuré no reproducir toda aquella drasticidad. Quise dialogar más, escuchar más y concederles espacios que nosotros no tuvimos. Pero traté de conservar algo que considero fundamental: los hijos deben ser escuchados y respetados, pero los padres no pueden renunciar a su responsabilidad de poner límites.
Recuerdo una anécdota de cuando uno de mis hijos era adolescente y todavía usábamos aquellas enormes computadoras. Si lo veía demasiado entretenido chateando, casualmente a mí me daba por limpiar una persiana cercana. Sacudía el polvo, sí… pero también echaba mi ojeadita.
Una psicóloga con quien trabajaba que escuchaba mi conversación con otra compañera me dijo de inmediato: Margarita, tienes que respetar su privacidad.
Yo lo veía de otra manera. Privacidad, sí; pero un adolescente bajo mi responsabilidad no podía quedar completamente fuera de mi supervisión. Si un adulto estaba tratando de involucrarlo en algo perjudicial, yo necesitaba saberlo antes de lamentarlo después. Y alguna vez tuve que intervenir.
También los años me han permitido conocer de cerca situaciones en las que profesionales advirtieron tempranamente a padres excesivamente permisivos que determinado niño necesitaba límites más claros. No golpes. No humillaciones. Límites. Había que enseñarle que la vida no siempre dice sí, que nuestros actos tienen consecuencias y que equivocarnos puede pasarnos factura.
Las advertencias no siempre fueron escuchadas. Y aquello que parecía manejable durante la niñez se convirtió, llegada la adultez, en una situación muchísimo más difícil de controlar.
Ahí está quizás una de las grandes lecciones: los límites que no enseñamos a aceptar durante la infancia no podemos pretender imponerlos de repente cuando nuestros hijos ya son adultos.
Por temor a repetir la rigidez con que fuimos criados, algunos padres hemos caído en el extremo de evitarles a los hijos cualquier frustración. Si lloran, cedemos. Si protestan, negociamos. Si se enfadan, retiramos el límite. Y poco a poco puede ocurrir algo peligroso: son los padres quienes terminan temiendo la reacción de sus propios hijos.
No propongo regresar al autoritarismo de nuestros padres y abuelos, mucho menos justificar golpes, humillaciones o maltratos. Propongo algo más difícil: recuperar el equilibrio.
Afecto con autoridad. Confianza con supervisión. Libertad con límites. Diálogo sin renunciar a la responsabilidad de ser padres. Porque decir “no” cuando corresponde no significa querer menos a un hijo.
A veces, ese “no” pronunciado a tiempo puede ser una de las formas más responsables de decirle: te quiero demasiado para dejarte hacer todo lo que quieras.



