OPINION

Sócrates: condenado por pensar libre, hace 2,425 años

Atenas lo condenó a muerte por cuestionar a los poderosos, desafiar las verdades oficiales y enseñar a los jóvenes a pensar

 

Hace 2,425 años, en la Atenas del 399 a. C., un hombre fue condenado a muerte, no por robar ni por matar, sino por pensar, preguntar y enseñar a pensar.

Su ejecución se convirtió en uno de los símbolos más poderosos de la lucha por la libertad de pensamiento.

Esa fue la acusación formal. El primer preso de conciencia de la historia occidental. El primer hombre condenado a muerte, no por robar, no por matar, sino por pensar, por preguntar, por enseñar a pensar.

Su nombre: Sócrates.

Atenas, año 399 antes de Cristo. La democracia más famosa del mundo antiguo estaba herida. Había perdido la guerra contra Esparta, había sufrido la tiranía de los Treinta Tiranos y vivía paranoica, buscando culpables.

Necesitaban un chivo expiatorio. Y encontraron al hombre más incómodo de la ciudad.

Sócrates tenía 70 años. No escribía libros. No cobraba por enseñar. Caminaba descalzo por el Ágora, feo, barrigón, con su pregunta letal:

¿Qué sabes realmente? ¿Estás seguro de lo que crees saber?

A los políticos les preguntaba qué es la justicia. A los poetas, qué es la belleza. A los sacerdotes, qué es la piedad. Y los dejaba desnudos. No porque él supiera más, sino porque demostraba que ellos no sabían nada.

Su famosa frase: “Solo sé que no sé nada”.

Eso es intolerable para todo poder.

EL JUICIO

Tres hombres lo acusaron: Meleto, Ánito y Licón.

Dos cargos:

  • No creer en los dioses de la ciudad.
  • Corromper a la juventud.

¿Qué significaba corromper?

Enseñarles a los jóvenes a cuestionar. A no aceptar la versión oficial. A usar la razón. A no temer a los poderosos.

El juicio fue frente a 500 ciudadanos. Sócrates pudo defenderse pidiendo clemencia, llorando, trayendo a su familia. Se negó.

Platón recogió su defensa en La Apología. Es el primer gran discurso por la libertad de expresión en la historia:  “Atenienses, yo los respeto y los amo, pero obedeceré al Dios antes que a ustedes, y mientras tenga aliento y pueda, no cesaré de filosofar, de exhortarlos y de enseñar a quien me encuentre…”

Les dijo que él era como un tábano que pica a un caballo grande y perezoso —Atenas— para despertarlo. Que matarlo no les quitaría el problema, que vendrían otros.

Fue condenado por 280 votos contra 221. Pudo proponer el exilio como pena alternativa. Se negó. Propuso como “castigo” que lo mantuvieran gratis en el Pritaneo, como se hacía con los héroes olímpicos, porque él había hecho un bien a la ciudad.

Lo tomaron como una burla.

Lo condenaron a beber la cicuta.

LA MUERTE

Estuvo 30 días en prisión. Sus amigos sobornaron al carcelero para que escapara. Se negó.

“¿De qué sirve vivir si debo traicionar mis principios? Una vida sin examen no merece ser vivida.”

Tomó la copa de cicuta con mano firme, caminó hasta que las piernas se le entumecieron, se acostó y murió.

Rodeado de sus discípulos llorando.

¿POR QUÉ LO MATARON REALMENTE?

No fue por los dioses. Fue por política.

Sócrates había sido maestro de Alcibíades, el traidor, y de Critias, el más sanguinario de los Treinta Tiranos. Atenas no le perdonó haber formado a hombres que luego traicionaron la democracia.

Pero la lección es eterna:

Todo Estado, incluso una democracia, puede convertirse en tirano cuando le teme al pensamiento libre.

Sócrates no murió. Se multiplicó.

Su discípulo Platón creó la filosofía occidental. El discípulo de Platón, Aristóteles, creó la ciencia. Y todos venimos de ahí.

Cada vez que un periodista es perseguido por preguntar, cada vez que un joven es acusado de “corromper” por pensar diferente, cada vez que un poder quiere imponer dioses obligatorios, sean del Estado o del mercado, Sócrates vuelve a tomar la cicuta.

Por eso la lucha por pensar libre no es vieja.

Es la lucha de hoy.

El poder puede envenenar el cuerpo, pero nunca podrá envenenar la pregunta.

¡OJO!

¡ALERTA RD!

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