En las guerras, los pueblos ponen los muertos y las élites recogen las ganancias

Por Margarita de la Rosa
Esta mañana, mientras conversaba con mi esposo, el filósofo Rafael Morla, surgió una inquietud que desde hace tiempo me estremece: ¿hasta cuándo la humanidad seguirá recurriendo a las guerras para resolver sus diferencias? ¿Cuántos millones de muertos, cuántas ciudades destruidas y cuántas generaciones marcadas por el sufrimiento harán falta para comprender que ninguna ambición de poder puede justificar semejante tragedia?
Rafael, quien actualmente da los toques finales a una obra filosófica en la que ha depositado grandes expectativas, me hizo una reflexión que profundizó todavía más mi desasosiego: las guerras representan una tragedia para los pueblos, pero también pueden constituir una extraordinaria oportunidad de enriquecimiento para determinadas élites económicas.
Y ahí está una de las contradicciones más dolorosas de nuestra civilización: quienes deciden, promueven o se benefician de las guerras no suelen ser quienes ponen los muertos.
La historia de la humanidad está atravesada por conflictos sangrientos. Las dos guerras mundiales dejaron decenas de millones de víctimas, ciudades reducidas a escombros y pueblos enteros sumidos en la miseria.
La Segunda Guerra Mundial, por sí sola, costó la vida a unos 70 a 85 millones de personas.
Sin embargo, de aquellos escenarios de destrucción también emergieron grandes potencias y sectores económicos fortalecidos. Mientras millones de familias enterraban a sus seres queridos, determinadas industrias y grupos financieros ampliaban sus negocios mediante la producción de armamentos, suministros militares y, posteriormente, la reconstrucción.
Y la historia continúa repitiéndose, aunque con armas cada vez más sofisticadas y destructivas.
Hoy contemplamos guerras y conflictos en distintos puntos del planeta, con potencias involucradas directa o indirectamente, enormes recursos destinados a la maquinaria militar y poblaciones civiles sometidas a un sufrimiento que parece no tener fin.
La tecnología ha multiplicado nuestra capacidad de destruir. Desde enormes distancias pueden lanzarse misiles capaces de arrasar comunidades enteras. Detrás de cada explosión hay vidas que se extinguen, familias que desaparecen y niños que jamás volverán a conocer la tranquilidad de un hogar.
Pero mientras la humanidad perfecciona sus instrumentos de muerte, ¿qué ocurre con su capacidad de compasión?
Durante nuestra conversación, Rafael planteó una reflexión estremecedora: para quienes convierten la guerra en una fuente de poder y beneficios económicos, las pérdidas humanas pueden terminar reducidas a simples cifras.
Pensemos en una guerra a la que fueran enviados treinta millones de soldados y de la cual apenas regresaran dos millones. Una tragedia humana de dimensiones inimaginables. Sin embargo, bajo una lógica que coloca los intereses económicos por encima de la vida, semejante pérdida podría considerarse un costo aceptable si los beneficios obtenidos favorecen a quienes sostienen esa maquinaria de destrucción.
No se trata de una cifra histórica, sino de una hipótesis que revela hasta dónde puede llegar la deshumanización cuando la vida se convierte en una variable secundaria frente al poder y al dinero.
Y entonces me pregunto: ¿quiénes son realmente los que pagan las guerras?
No son solamente los soldados que mueren en los campos de batalla. Son las madres que esperan hijos que nunca regresarán; los niños que quedan huérfanos; las mujeres que pierden sus familias; los ancianos que deben abandonar sus hogares; los millones de desplazados que terminan convertidos en extranjeros de su propia existencia.
Son los pueblos que pierden sus escuelas, sus hospitales, sus viviendas y hasta la esperanza de reconstruir sus vidas.
Mientras tanto, la industria armamentística continúa movilizando cantidades extraordinarias de dinero. Según el Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo (SIPRI), el gasto militar mundial alcanzó los 2.887 billones de dólares en 2025.
¡Cuántas necesidades humanas podrían atenderse con una parte de esos recursos! ¡Cuántos hospitales, escuelas, viviendas y programas contra el hambre podrían financiarse!
No todas las guerras tienen el mismo origen ni responden exclusivamente a intereses económicos. Existen disputas territoriales, ideológicas y políticas, e incluso pueblos obligados a defenderse de agresiones. Pero resulta imposible ignorar que, alrededor de muchos conflictos, determinados sectores encuentran oportunidades de enriquecimiento mientras otros pierden absolutamente todo.
Y es ahí donde la reflexión adquiere una dimensión profundamente moral.
¿Cómo hemos llegado a aceptar que la muerte de millones de seres humanos pueda formar parte de los cálculos del poder? ¿En qué momento dejamos de mirar a las víctimas como personas y comenzamos a reducirlas a estadísticas?
La humanidad ha logrado avances extraordinarios en la ciencia, la medicina y las comunicaciones. Podemos explorar el espacio, desarrollar inteligencia artificial y realizar operaciones médicas que hace apenas unas décadas parecían imposibles. Sin embargo, seguimos sin encontrar una manera duradera de resolver nuestras diferencias sin destruirnos.
¿Hasta cuándo?
¿Hasta cuándo los pueblos seguirán poniendo los hijos, los muertos, los mutilados y los desaparecidos, mientras determinados intereses económicos recogen las ganancias?
¿Hasta cuándo seguiremos llamando progreso a una civilización que perfecciona sus armas con mayor rapidez que su capacidad de proteger la vida?
Quizás la mayor tragedia de la humanidad no sea solamente que todavía existan guerras, sino que hayamos construido un mundo donde la muerte de millones puede convertirse en una oportunidad de enriquecimiento para unos pocos.
Mientras una sola vida humana valga menos que los intereses del poder, la paz seguirá siendo una promesa que los pueblos escuchan, pero que nunca terminan de alcanzar.



