OPINION

Haití: cuando la verdad también es una víctima

 

Por Margarita de la Rosa

En más de una ocasión, algunos de mis lectores me han hecho una observación que me ha llevado a reflexionar: «Margarita, tú trabajas con muchas preguntas, con demasiadas interrogantes».

Y tienen razón. A veces, cuando releo mis propios artículos, encuentro una pregunta detrás de otra. Algunas se repiten con el paso del tiempo, otras surgen de nuevas circunstancias, pero muchas permanecen sin respuestas que logren despejar mis inquietudes.

Confieso que en ocasiones esa situación me produce cierto desencanto. Llego incluso a preguntarme si vale la pena continuar formulando interrogantes cuando las respuestas no aparecen o cuando las explicaciones que recibimos dejan tantas dudas como las que pretendían aclarar.

Pero entonces vuelvo al origen de mi inquietud: ¿qué sentido tendría el periodismo si renunciáramos a preguntar precisamente cuando más necesitamos conocer la verdad?

Y es ahí donde quiero detenerme hoy.

Mis recientes reflexiones sobre Haití me han llevado a una conclusión dolorosa: entre las numerosas víctimas de esa prolongada tragedia podría encontrarse también la verdad.

Hemos conocido durante décadas anuncios de cooperación, misiones internacionales, intervenciones, compromisos políticos y programas de ayuda. Algunos, sin duda, impulsados por propósitos humanitarios. También hemos observado resultados insuficientes, promesas incumplidas y una crisis que continúa golpeando despiadadamente a la población.

Pero no pretendo volver a describir aquí todo ese drama. Ya lo hemos abordado en entregas anteriores.

Hoy quiero hablar del derecho de un pueblo a conocer qué se ha hecho en su nombre, qué resultados se han obtenido y qué intereses pueden estar influyendo en su destino.

Porque ese derecho no debería quedar sepultado bajo declaraciones diplomáticas, informes institucionales o sucesivas promesas de soluciones que no terminan de materializarse.

Me inquieta pensar que detrás de una tragedia tan prolongada puedan confluir intereses políticos, económicos y estratégicos que no siempre se correspondan con las necesidades de quienes la padecen.

No tengo elementos para atribuir intenciones ocultas a todos los actores involucrados. Tampoco desconozco los esfuerzos de quienes han trabajado sinceramente para aliviar el sufrimiento haitiano.

Pero precisamente por respeto a esos esfuerzos y, sobre todo, a las víctimas, considero indispensable que las actuaciones de gobiernos, organismos internacionales y dirigentes haitianos puedan examinarse con transparencia.

La verdad no puede depender de cuánto convenga revelarla ni de a quién pueda incomodar.

Y aquí encuentro la razón de tantas preguntas.

Pregunto porque quiero comprender. Pregunto porque considero que las explicaciones oficiales deben ser sometidas al análisis público. Pregunto porque detrás de cada decisión política, de cada intervención y de cada recurso comprometido hay seres humanos cuyas vidas pueden resultar afectadas.

Y pregunto también para que quienes me leen no se conformen con aceptar una versión de los acontecimientos, sino que reflexionen, contrasten informaciones y construyan sus propias conclusiones.

No pretendo tener todas las respuestas. Sería una arrogancia. Pero tampoco quiero acostumbrarme a que determinadas preguntas permanezcan indefinidamente sin explicaciones satisfactorias.

Hay una diferencia enorme entre desconocer una verdad y renunciar a buscarla.

Lo primero puede ser consecuencia de la falta de información. Lo segundo significaría aceptar que otros decidan cuánto tenemos derecho a saber.

Y esa resignación me resulta inaceptable.

Por eso considero que las instituciones nacionales e internacionales que intervienen en la crisis haitiana tienen una responsabilidad que va más allá de anunciar iniciativas o presentar balances de gestión: deben explicar sus decisiones, permitir el escrutinio de sus actuaciones y rendir cuentas sobre los resultados.

No se trata de exigir respuestas simplistas a problemas extraordinariamente complejos. Se trata de reconocer que la complejidad de una crisis no puede convertirse en excusa para eludir la transparencia.

Quizás algunas verdades sean incómodas. Quizás conocerlas obligue a revisar decisiones, reconocer errores o examinar intereses que preferirían mantenerse lejos del debate público.

Pero una verdad incómoda no deja de ser necesaria por el hecho de incomodar.

Y mientras tanto, el pueblo haitiano continúa pagando el precio más doloroso: la inseguridad, el desplazamiento, la pobreza, la pérdida de vidas y la incertidumbre sobre su propio futuro.

Por eso, cuando vuelvo a preguntarme si vale la pena seguir formulando tantas interrogantes, encuentro una respuesta que me reconcilia con mi oficio.

Sí, vale la pena. Porque las preguntas no son un sustituto de la verdad; son uno de los caminos para llegar a ella.

Y si alguna vez mis lectores encuentran demasiadas interrogantes en estas líneas, quisiera que comprendieran que no las formulo para llenar espacios ni para evadir una posición personal.

Las formulo porque creo en el derecho de los pueblos a conocer la verdad, porque me resisto a aceptar el silencio como respuesta y porque aspiro a que cada pregunta despierte también en otros la necesidad de investigar, reflexionar y exigir explicaciones.

Haití tiene demasiadas víctimas. No permitamos que la verdad sea otra de ellas.

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