No quieren a Netanyahu; en Israel exigen un gobierno judeo-árabe

Miles de israelíes salieron a las calles de Tel Aviv para reclamar que la oposición pacte con los partidos árabes y desplace a Netanyahu, mientras la derecha respondió denunciando una supuesta “elección robada”.
TEL AVIV
Israel salió de las elecciones del 27 de octubre con las urnas prácticamente partidas en dos y ahora enfrenta una nueva batalla, debe decidir si el próximo gobierno será encabezado nuevamente por Benjamin Netanyahu o si la oposición logrará construir una mayoría con el respaldo de los partidos árabes.
Miles de manifestantes se concentraron el sábado en la plaza Habima de Tel Aviv para reclamar la formación de un gobierno de cooperación entre partidos judíos y árabes que permita desplazar a Netanyahu.
Posteriormente, cientos de personas marcharon hacia la plaza Rabin, portando pancartas que reclamaban igualdad y un cambio de gobierno.
La protesta fue organizada, entre otros grupos, por Standing Together, que sostiene que los ciudadanos árabes deben tener plena participación en la conducción política del país.
Los manifestantes corearon consignas como “judíos y árabes se niegan a ser enemigos” y reclamaron una alianza basada en la igualdad.
Las urnas dejaron el tablero patas arriba
El resultado electoral produjo una situación particularmente complicada.
El bloque de Netanyahu consiguió 53 escaños, mientras las fuerzas opositoras encabezadas por Gadi Eisenkot obtuvieron 48. Los partidos de mayoría árabe lograron 19 diputados, un resultado histórico que los convirtió en la pieza que podría decidir quién gobierna Israel.
El problema es que ni Netanyahu ni Eisenkot disponen por sí solos de los 61 escaños necesarios para obtener una mayoría en la Knéset.
La suma de los partidos opositores con las formaciones árabes llega a 67 escaños, suficiente para construir una mayoría parlamentaria capaz de desplazar a Netanyahu.
Pero las matemáticas electorales son más fáciles que la política.
Eisenkot tiene la llave, pero también el candado
Gadi Eisenkot, principal figura de la oposición, se encuentra ahora ante una decisión que podría definir su futuro político y el rumbo de Israel.
Para formar un gobierno alternativo necesitaría el apoyo de los partidos árabes o, al menos, su respaldo parlamentario.
El inconveniente es que varios de los partidos judíos opositores han rechazado anteriormente gobernar junto a las formaciones árabes.
De hecho, solamente el partido Los Demócratas, de Yair Golan, ha expresado abiertamente su disposición a formar una coalición con los partidos árabes. Yashar, de Eisenkot, y otras fuerzas opositoras han mantenido mayores reservas.
Por eso la manifestación de Tel Aviv tuvo un mensaje concreto: los votos árabes deben contar políticamente tanto como los votos judíos.
Netanyahu tampoco está fuera del juego
Aunque perdió la mayoría parlamentaria de su bloque, Netanyahu continúa siendo una figura central en las negociaciones.
Su partido Likud fue la fuerza individual más votada, con 27 escaños, y su bloque terminó con 53.
El primer ministro permanece en funciones como jefe de un gobierno provisional mientras se intenta formar una nueva coalición.
Netanyahu, además, ha cuestionado el resultado y ha acusado a partidos árabes de haber “robado” las elecciones con supuesto apoyo extranjero. Las autoridades electorales israelíes han indicado que las investigaciones sobre esas denuncias no ponen en cuestión los resultados de la elección.
La derecha también salió a la calle
Mientras los manifestantes favorables a una coalición judeo-árabe protestaban en Habima, grupos de derecha organizaron una contramanifestación.
Alrededor de 200 simpatizantes de Netanyahu participaron en la protesta contraria y rechazaron cualquier gobierno que dependa de los partidos árabes.
La confrontación verbal fue fuerte, con consignas que reflejan la profunda división política y social existente en Israel.
La protesta dejó, por tanto, una imagen difícil de ignorar: dos grupos enfrentados en el mismo espacio, uno reclamando un gobierno judeo-árabe y otro defendiendo el carácter exclusivamente judío del Estado.
Los árabes se convierten en árbitros
El gran protagonista inesperado de estas elecciones fue el voto árabe.
Las formaciones árabes obtuvieron 19 de los 120 escaños, y alrededor de 840,000 personas votaron por Ra’am y la Lista Conjunta, según los datos citados por Al Jazeera.
Ese crecimiento convirtió a los partidos árabes en potenciales árbitros de la formación del próximo gobierno.
Sin ellos, los partidos judíos opositores suman solamente 48 escaños.
Con ellos, podrían llegar a 67.
Es decir, los partidos árabes tienen hoy la llave para abrir la puerta de una eventual salida de Netanyahu del poder.
¿Gobierno de unidad o nuevas elecciones?
Israel tiene ahora varias posibilidades sobre la mesa.
Una sería que Eisenkot consiga construir una coalición con los partidos árabes y otras fuerzas opositoras.
Otra sería un gobierno de unidad entre Netanyahu y Eisenkot, posibilidad que también podría alcanzar una mayoría parlamentaria, aunque supondría enormes costos políticos para ambos dirigentes.
También existe la posibilidad de que las negociaciones fracasen y el país termine nuevamente convocado a elecciones.
Mientras tanto, la nueva Knéset tiene previsto comenzar sus funciones el 10 de noviembre.
Israel, ante una decisión histórica
La protesta de Tel Aviv no fue simplemente una manifestación contra Netanyahu.
Fue la expresión callejera de una realidad que las urnas dejaron perfectamente clara: ninguno de los dos grandes bloques puede gobernar solo.
La derecha necesita ampliar sus alianzas.
La oposición necesita decidir si está dispuesta a cruzar una línea política que durante años parecía prácticamente infranqueable: gobernar con el respaldo de los partidos árabes.
Y los partidos árabes, después de lograr 19 escaños, han pasado de ser actores secundarios a convertirse en protagonistas de la negociación.
Israel votó por el cambio, pero no decidió quién debe gobernar.
Ahora la batalla se trasladó de las urnas a los pasillos de la Knéset.



