¡COVID-19 se niega a desaparecer! EE.UU. reabre el debate sobre vacunas y muertes de militares

La pandemia que dejó millones de muertos en el mundo todavía tiene preguntas sin respuestas definitivas; ahora una revisión en Estados Unidos vuelve a poner bajo la lupa la posible relación entre vacunación, miocarditis y fallecimientos entre miembros de las Fuerzas Armadas
WASHINGTON
La COVID-19, aquella pandemia que paralizó al mundo y dejó millones de muertos, sigue sin cerrar completamente su capítulo. Cinco años después de los momentos más dramáticos de la emergencia sanitaria, nuevas revisiones y controversias vuelven a colocar bajo el microscopio los efectos de la enfermedad, las vacunas y algunas de las decisiones adoptadas durante la crisis.
En Estados Unidos ha cobrado fuerza una controversia relacionada con una revisión de posibles efectos adversos de las vacunas contra la COVID-19 entre integrantes de las Fuerzas Armadas. El debate incluye denuncias sobre fallecimientos registrados después de la vacunación y la posibilidad de que algunos casos hayan estado relacionados con complicaciones cardíacas.
Uno de los nombres que aparece en esta controversia es el de la médica militar Teresa Long, quien ha sostenido que conoce 28 casos de militares fallecidos que, según su apreciación, podrían estar relacionados con la vacunación contra la COVID-19. Sin embargo, es importante precisar que esas declaraciones constituyen una alegación que requiere verificación mediante expedientes médicos, autopsias y análisis epidemiológicos independientes; no puede presentarse como una lista de 28 muertes oficialmente atribuidas a las vacunas.
La miocarditis entra nuevamente en escena
La discusión adquiere especial relevancia porque existe un vínculo científicamente reconocido entre determinadas vacunas contra la COVID-19 y un riesgo poco frecuente de miocarditis y pericarditis, especialmente entre adolescentes y hombres jóvenes.
Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC) reconocen que se han observado casos de miocarditis y pericarditis después de la vacunación contra la COVID-19 y que el fenómeno aparece con mayor frecuencia en varones adolescentes y adultos jóvenes, particularmente después de determinadas dosis de vacunas de ARNm.
El reconocimiento de ese riesgo, sin embargo, no significa que toda muerte ocurrida después de una vacunación haya sido provocada por la vacuna. La relación causal debe determinarse individualmente mediante evaluación clínica, antecedentes médicos, autopsia cuando corresponda y análisis epidemiológico.
Precisamente ahí se encuentra una de las principales preguntas que continúan abiertas: ¿cuántos acontecimientos graves ocurridos después de la vacunación fueron realmente causados por ella y cuántos coincidieron temporalmente con la administración de las dosis sin que existiera una relación causal?
El caso de los 28 fallecimientos
Las declaraciones de la doctora Long han alimentado nuevamente la controversia. Según informaciones publicadas sobre el caso, la médica sostiene que conoce 28 fallecimientos que considera potencialmente relacionados con las vacunas.
No obstante, hasta ahora no existe evidencia pública suficiente para convertir esa cifra en una conclusión oficial. Los casos tendrían que ser revisados individualmente y comparados con las tasas normales de mortalidad, las enfermedades previas, las infecciones por SARS-CoV-2, los antecedentes cardíacos y otros posibles factores.
La diferencia es fundamental: una muerte después de una vacuna es un acontecimiento que puede investigarse; no es, por sí mismo, una prueba de que la vacuna provocó la muerte.
Lo que sí está confirmado sobre las vacunas
La controversia tampoco puede ignorar lo que ya ha sido establecido científicamente.
El propio CDC reconoce que existe una asociación causal entre determinadas vacunas de ARNm y la aparición de miocarditis y pericarditis, aunque se trata de eventos poco frecuentes. Los sistemas de vigilancia de seguridad continúan recopilando información y estudiando estos acontecimientos.
Al mismo tiempo, las autoridades sanitarias han señalado que la infección por SARS-CoV-2 también puede provocar complicaciones cardíacas y otros problemas graves.
Por eso, cualquier investigación seria debe comparar los riesgos de la propia infección con los riesgos asociados a la vacunación, en lugar de analizar únicamente uno de los dos factores. Datos del CDC han mostrado que el riesgo de determinadas complicaciones cardíacas también puede ser considerable después de padecer COVID-19.
Una pandemia que todavía no ha cerrado la puerta
La gran lección de la COVID-19 es que una emergencia sanitaria de semejante magnitud no termina simplemente cuando desaparecen las restricciones, disminuyen las hospitalizaciones o la enfermedad deja de ocupar las primeras páginas.
Quedan preguntas sobre las consecuencias de la infección, el denominado COVID prolongado, los efectos cardiovasculares, las secuelas psicológicas y sociales, las decisiones tomadas durante la emergencia y, naturalmente, la seguridad y eficacia de las vacunas utilizadas en todo el mundo.
La investigación científica tampoco puede cerrarse por decreto. Si existen nuevas evidencias, deben ser examinadas; si una denuncia no resiste el análisis científico, también debe decirse claramente.
Ni encubrimiento ni condenas sin pruebas
El debate exige precisamente lo contrario de lo que ocurrió durante algunos de los momentos más polarizados de la pandemia: ni ocultar preguntas incómodas ni convertir hipótesis en verdades definitivas.
Una investigación independiente, con acceso a expedientes médicos, estadísticas militares, autopsias y bases de datos epidemiológicas, podría ayudar a determinar si existieron patrones anormales de mortalidad entre determinados grupos de militares vacunados y, en caso afirmativo, cuál fue su verdadera causa.
Ese es el punto donde la discusión debe mantenerse: investigar primero, concluir después.
La COVID-19 dejó una huella humana que difícilmente desaparecerá de la historia. Millones de personas murieron y muchas otras quedaron con secuelas. Las vacunas evitaron una enorme cantidad de hospitalizaciones y muertes, pero también se identificaron efectos adversos poco frecuentes que merecen vigilancia.
Por eso, el episodio todavía no ha cerrado su puerta a las investigaciones y difícilmente pueda cerrarla mientras existan preguntas legítimas sin responder.
Cinco años después, la pandemia sigue enseñando una lección elemental: en asuntos que afectan la vida y la salud de millones de personas, la verdad no puede depender de consignas políticas, intereses económicos ni posiciones ideológicas. Debe salir de los datos, de la ciencia y de investigaciones transparentes.



