INTERNACIONALES

Las elecciones de medio término en EE. UU. pueden cambiar el equilibrio de poder

El 3 de noviembre no se elegirá presidente, pero estarán en juego el control del Congreso, decenas de gobernaciones y miles de escaños estatales. La historia muestra que estas elecciones suelen convertirse en una evaluación ciudadana de la gestión presidencial.

 

Por Plinio De Oleo

WASHINGTON

Estados Unidos se encamina hacia las elecciones de medio término del martes 3 de noviembre de 2026, una jornada que, aunque no decidirá quién ocupará la Casa Blanca, puede alterar de manera significativa el equilibrio político en Washington y las condiciones en que Donald Trump ejercerá el resto de su mandato.

La contienda pondrá en juego los 435 escaños de la Cámara de Representantes, 33 puestos senatoriales correspondientes a la renovación ordinaria y numerosas elecciones estatales, incluidas 36 gobernaciones. También se elegirán legisladores estatales y autoridades locales, en una jornada que permitirá medir el respaldo ciudadano a las políticas de la administración federal.

La importancia de estos comicios no radica solamente en cuántos candidatos ganen o pierdan. El resultado determinará quién tendrá capacidad para aprobar leyes, negociar el presupuesto, supervisar al Poder Ejecutivo y decidir sobre las investigaciones y otras actuaciones del Congreso.

Un Congreso que puede cambiar de manos

Los republicanos llegan a esta cita con el control de ambas cámaras del Congreso. En el Senado cuentan con 53 escaños, frente a 45 demócratas y dos independientes que suelen votar junto a ese partido. En la Cámara de Representantes, la diferencia es mucho más estrecha: al 26 de octubre, los republicanos tenían 218 representantes, los demócratas 214 y un independiente, además de dos vacantes.

Esta composición convierte la Cámara baja en uno de los principales escenarios de la disputa electoral. Un movimiento relativamente pequeño de escaños podría modificar la mayoría y, con ella, la dirección de la agenda legislativa.

El Senado presenta un panorama diferente, porque su renovación es parcial y los resultados dependen de las contiendas específicas de cada estado. Por eso, conquistar la Cámara de Representantes no garantiza automáticamente controlar también el Senado.

La consecuencia política es clara: si el partido del presidente pierde una de las cámaras, tendrá mayores dificultades para impulsar sus iniciativas. Si pierde ambas, podría enfrentar un Congreso mucho más dispuesto a bloquear propuestas, revisar decisiones administrativas y abrir investigaciones sobre su gestión.

Dos cámaras, dos ritmos políticos

La estructura del Congreso estadounidense responde a una combinación de representación popular y equilibrio federal establecida durante la Convención Constitucional de 1787.

Los miembros de la Cámara de Representantes cumplen mandatos de dos años. Todos sus escaños se someten a elección cada dos años, lo que mantiene a sus integrantes en contacto frecuente con las preocupaciones de sus distritos.

El Senado, en cambio, está integrado por 100 miembros, dos por cada estado, con mandatos de seis años. Sus integrantes se renuevan por tercios aproximadamente cada dos años, de manera que la institución conserva continuidad incluso cuando cambia la composición política del país.

Originalmente, los senadores eran elegidos por las legislaturas estatales. La ratificación de la Enmienda 17, en 1913, estableció su elección directa por los ciudadanos.

Ambos diseños persiguen objetivos complementarios: la Cámara refleja con mayor rapidez los cambios en el ánimo electoral, mientras que el Senado ofrece una renovación más gradual y una representación igualitaria de los estados, independientemente de su población.

La historia de las derrotas del partido presidencial

Uno de los datos más relevantes de las elecciones de medio término es su tendencia histórica a perjudicar al partido que ocupa la Casa Blanca.

Desde 1934, el partido presidencial ha perdido escaños en la Cámara de Representantes en la mayoría de las elecciones de medio término. El análisis histórico del American Presidency Project, de la Universidad de California en Santa Bárbara, muestra que, en las 22 elecciones celebradas entre 1934 y 2018, el partido del presidente perdió, en promedio, 28 escaños en la Cámara y cuatro en el Senado.

Sin embargo, la tendencia no constituye una ley política invariable. En 1998, durante la presidencia de Bill Clinton, los demócratas ganaron escaños en la Cámara; en 2002, durante el mandato de George W. Bush, los republicanos también ampliaron su representación después de las elecciones de medio término.

Estos antecedentes indican que el voto suele funcionar como una evaluación de la gestión presidencial, pero no permite anticipar automáticamente el resultado de una elección determinada.

La aprobación del presidente, la situación económica, los conflictos nacionales e internacionales, la participación electoral y la calidad de los candidatos pueden influir en el desenlace.

Las gobernaciones y el poder de los estados

Las elecciones del 3 de noviembre también tendrán repercusiones más allá de Washington. En 36 estados se disputarán las gobernaciones, mientras que los votantes de 46 estados elegirán legisladores estatales.

Los gobernadores desempeñan funciones relevantes en áreas como educación, salud, seguridad pública, administración estatal y ejecución de presupuestos. Sus competencias concretas varían según las leyes y constituciones de cada estado.

Además, los gobiernos estatales tienen responsabilidades importantes en la administración electoral. No obstante, los procedimientos para organizar las votaciones, certificar resultados y resolver controversias varían entre jurisdicciones; no corresponde afirmar que los gobernadores cuentan personalmente los votos.

El control político de los estados también puede influir en debates nacionales sobre derechos electorales, distribución de distritos legislativos, políticas migratorias y otras cuestiones que enfrentan a los partidos.

¿Por qué se vota un martes de noviembre?

La fecha electoral estadounidense también tiene una explicación histórica.

En 1845, el Congreso federal estableció una fecha común para las elecciones presidenciales: el martes siguiente al primer lunes de noviembre. La decisión respondió, entre otros factores, a las condiciones de una sociedad predominantemente agrícola, en la que era necesario facilitar los desplazamientos de los votantes y evitar los meses más difíciles del invierno.

El domingo estaba reservado habitualmente para los servicios religiosos, mientras que los desplazamientos a los centros de votación podían requerir tiempo. El martes se convirtió así en una solución práctica para las circunstancias de aquella época.

La costumbre sobrevivió a las transformaciones económicas y tecnológicas del país. En la actualidad, el voto anticipado y el voto por correo permiten que muchos electores participen sin acudir personalmente a las urnas el día de la elección, aunque las reglas dependen de cada estado.

Una elección legislativa con consecuencias nacionales

Las elecciones de medio término no sustituyen al presidente ni constituyen un referéndum formal sobre su permanencia en el cargo. Sí ofrecen una oportunidad para que los ciudadanos expresen su respaldo o descontento con el rumbo del Gobierno y modifiquen la correlación de fuerzas en el Congreso.

Si los republicanos conservan sus mayorías, Trump dispondrá de mejores condiciones legislativas para avanzar en su agenda, aunque seguirá necesitando negociar dentro de su propio partido y respetar los límites constitucionales.

Si los demócratas conquistan una o ambas cámaras, el panorama podría cambiar: la negociación legislativa sería más compleja y aumentaría la capacidad de la oposición para ejercer supervisión parlamentaria.

El desenlace también será observado como una señal política de cara a las elecciones presidenciales de 2028, aunque dos años de acontecimientos pueden modificar considerablemente las preferencias de los votantes.

En definitiva, el 3 de noviembre los estadounidenses no elegirán a su próximo presidente. Elegirán a quienes tendrán la responsabilidad de legislar, controlar el presupuesto y fiscalizar al Gobierno durante los dos años siguientes.

La lección histórica es que las elecciones no terminan cuando se escoge al presidente. En una democracia constitucional, el poder también se limita, se supervisa y se reequilibra mediante el voto.

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