PICANTE

¡Ley mordaza y una Policía en crisis y sin control!

Mientras unos aplauden una legislación que restringe la libertad de expresión, otros denuncian que la reforma policial sigue sin dar resultados. Realmente, el país enfrenta esos dos problemas que amenazan la democracia y la seguridad ciudadana.

 

Buenos días…

 No entendemos por qué algunos seudo comunicadores respaldan la llamada ley mordaza. Eso no tiene explicación. Tanto el Colegio Dominicano de Periodistas como el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Prensa deben abrir bien los ojos.

De una cosa sí estamos seguros, en el ejercicio de la comunicación existen la extorsión y el chantaje. En eso estamos totalmente de acuerdo, y quienes incurran en esas prácticas, deben ser castigados con todo el peso de la ley.

Ahora bien, quienes venden su conciencia diciendo disparates por los medios, antes de favorecer una ley que se considera un atentado contra la libertad de expresión, deberían confesarse con Lucifer para que, el día de mañana, no terminen siendo víctimas de la misma legislación que hoy aplauden.

De lo que no hay dudas —y lo decimos a viva voz— es de que la ley mordaza termina favoreciendo a corruptos, narcotraficantes, narcopolíticos, ladrones y delincuentes. También protege a quienes se han beneficiado de recursos provenientes del narcotráfico para comprar conciencias, voluntades políticas y perpetuarse en el poder.

Pues de aprobarse el nuevo Código Penal Dominicano, a esos individuos no podrá llamársele por su nombre, por su oficio. 

Resulta lamentable que quienes ayer se paraban como gallitos acusando a sus adversarios de ladrones, corruptos, estafadores y narcotraficantes, hoy quieran blindarse para evitar que les devuelvan los mismos calificativos cuando incurren en prácticas aún peores.

Si no es así, entonces la ley mordaza no tiene razón de existir.

Para nosotros, se trata de una legislación diseñada para blindar la corrupción, el narcotráfico, la narcopolítica y, por extensión, el crimen organizado.

Y el presidente Donald Trump tampoco debería mirar hacia otro lado frente a este tipo de situaciones. Actúe presidente Trump. Esa ley es antidemocrática. Y cae muy bien en países con regímenes dictatoriales. No en una nación que se define como democracia.

Pasando a otro tema. Nos llamó un oficial general de la Policía Nacional, señalando que la reforma en esa institución era una realidad. Qué vergüenza.

Mi general, deje de mencionar la palabra «reforma». Eso, sencillamente, no existe en la Policía Nacional.

Y a usted, curita: es cierto que en la Policía Nacional existe un desorden mayúsculo, como nunca antes se había visto. Hay altos mandos seriamente cuestionados y algunos señalados por diferentes auditorías, que parecen haber olvidado el sagrado compromiso que tienen con el país.

Sin embargo, también es justo reconocer que dentro de la Policía Nacional existe una gran mayoría —quizás un 60 % o más— de hombres y mujeres dignos, honestos, responsables y trabajadores. No hay que destruirla.

Lo que realmente ocurre es que la institución ha sido politizada. Demasiadas manos se han metido en ella, posiblemente buscando beneficios económicos. Por eso, quienes no participan de ese juego, nunca llegan a ocupar las posiciones que deberían alcanzar. Si el presidente Luis Abinader realmente quiere sacar del lodo su llamada «reforma», que investigue a fondo.

Lo que realmente ocurre, mi general, es que el Presidente nunca ha escuchado las voces serias y responsables que intentan proteger una institución llamada a garantizar la seguridad ciudadana. Y esa seguridad hoy no existe.

No existe porque la gente anda con miedo en las calles. Porque muchos ciudadanos temen más a la Policía que a los propios delincuentes. Porque la institución carece de dirección, de gerencia, de experiencia, que ni siquiera reúne a sus tropas para orientarlas.

Muchos miembros de la Policía Nacional actúan como si fueran ley, batuta y constitución, incurriendo en todo tipo de excesos. Por eso, según diversas denuncias, más de 140 ciudadanos han perdido la vida en intervenciones policiales en lo que va de año. Algunos, incluso, han sido ejecutado con las manos levantadas, y otros mientras estaban detenidos y esposados.

No hay control dentro de la Policía. Y, desde esta perspectiva, la responsabilidad política recae sobre el presidente Luis Abinader por no haber realizado los cambios que debía hacer y por designar personas cuestionadas al frente de la institución.

Lo que hoy se observa en la Policía Nacional es una verdadera vergüenza.

No se atreven a auditar ni esta ni la pasada gestión policial. Que investiguen los incentivos. Que investiguen quiénes se han beneficiado de ellos. Que investiguen el manejo de los combustibles. Y ojo con esto. Durante años se ha denunciado públicamente la existencia de un supuesto «comercio» con los combustibles dentro de la institución. Y nada ha pasado.

Presidente Abinader, diga públicamente cuáles han sido los logros concretos de su gestión en la Policía Nacional. Porque, la institución atraviesa uno de los momentos más difíciles de su historia.

Mientras tanto, algunas bocinas se dedican a comparar a los últimos directores generales de la Policía. Quienes desconocen las interioridades de esa institución deberían manejar ese tema con mucha prudencia.

De una cosa sí estamos convencidos: entre los peores directores generales de la Policía Nacional figuran Peguero Paredes y Guzmán Peralta. Y, lamentablemente, el actual director parece seguir el mismo camino.

Si el Presidente hubiese actuado cuando dos militares y un agente de la DNCD fueron asesinados en una cabaña del kilómetro 12 de Haina, tal vez no habrían ocurrido, posteriormente, tragedias como las de los cinco jóvenes de La Barranquita, los cuatro de Santo Domingo Este, el hombre que fue apresado mientras sostenía a su hija en brazos y posteriormente abatido, el joven de La Vega o el caso de Herrera.

Finalmente, el ministro de Justicia debe tener presente que todas esas muertes terminarán pesando sobre los hombros del jefe del Estado, por su responsabilidad política en la conducción de la seguridad pública.

Y, para concluir, creemos que tomar una fotografía del presidente Abinader —o de cualquier otro presidente— para pisotearla como forma de protesta constituye una indelicadeza.

Es cierto que existen preocupaciones sobre la libertad de expresión, que abundan las denuncias de abusos, que la reforma policial no ha dado los resultados esperados y que los altos precios en supermercados, farmacias y estaciones de combustibles golpean duramente a la población. Pero la figura del Presidente de la República debe ser respetada.

Al cierre:

Si la cantidad de jóvenes que mueren en intervenciones de la Policía Nacional no constituye un récord, entonces las estadísticas se quedaron cortas. Lo que está ocurriendo es profundamente preocupante. Si el presidente Luis Abinader no introduce cambios en los altos mandos policiales, cargará con la responsabilidad política por una crisis que sigue cobrando vidas y exige respuestas. El panorama es sombrío y revive, para muchos, los recuerdos de los episodios más oscuros de los llamados 12 años del balaguerato. 

Presidente, no basta con rezar ni con pedirle clemencia al Altísimo. Es hora de actuar. Cada día que pasa sin decisiones firmes, la crisis se agrava y la responsabilidad política también.

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