Presidente: en democracia no existen leyes mordaza, sino libertad de expresión
Mientras el mundo exige el fin de las guerras en Gaza, Irán y Ucrania, en República Dominicana la democracia también se defiende garantizando el derecho a informar, denunciar y opinar sin miedo. La paz necesita menos bombas, menos censura y más libertad.

Buenos días…
El mundo observa con creciente temor lo que ocurre en Gaza, donde la guerra sigue cobrando miles de vidas palestinas; en Oriente Medio, con la peligrosa confrontación entre Estados Unidos e Irán, y en Europa, donde la guerra entre Rusia y Ucrania continúa sembrando muerte y destrucción.

Son tres conflictos simultáneos cuyas pérdidas humanas resultan incalculables y cuyos costos económicos golpean cada día con más fuerza a todos los países.
Pero, el mayor peligro aún está por delante: que cualquiera de estos escenarios desencadene una guerra de alcance global en la que entren en juego las armas nucleares.
Si ese momento llegara, ya no habría vencedores ni vencidos. La gran derrotada sería toda la humanidad.
Lo que ocurre en Gaza hace tiempo dejó de ser una guerra para convertirse en una tragedia humana de proporciones históricas. Cada día aumentan los muertos, los heridos, los desplazados y la destrucción, mientras el mundo observa con una mezcla de indignación, impotencia y silencio.
El gobierno de Benjamín Netanyahu sostiene que combate a Hamás, pero las imágenes de hospitales destruidos, barrios reducidos a escombros y miles de civiles muertos siguen alimentando un intenso debate internacional sobre la proporcionalidad del uso de la fuerza y el respeto al derecho internacional humanitario. Se ha convertido en un sanguinario.
Mientras más tiempo permanezca Netanyahu apostando por la vía militar como única respuesta, más lejos estará la paz y más cerca el aislamiento político de Israel.
Cada nuevo misil entre Estados Unidos e Irán acerca al mundo a un error que podría costar millones de vidas. Ninguna potencia responsable debería jugar con el riesgo de una confrontación de alcance mundial.
La única salida razonable pasa por un acuerdo serio entre Washington y Teherán, acompañado por garantes con peso internacional como China, Rusia e India, capaces de ejercer presión diplomática sobre ambas partes y ofrecer mecanismos de verificación.
Al mismo tiempo, cualquier negociación duradera exige abordar el papel del gobierno de Benjamín Netanyahu, cuyas decisiones militares tienen un impacto directo en la estabilidad regional. Sin contener la escalada en el frente israelí, será difícil consolidar una paz sostenible.
Más de cuatro años de guerra han demostrado que el campo de batalla no resolverá el conflicto entre Rusia y Ucrania. Cada ofensiva deja nuevas víctimas, más ciudades destruidas y una Europa cada vez más insegura.
Ha llegado el momento de que las principales potencias impulsen una negociación de alto nivel. Estados Unidos, China e India, por su peso político y económico, están en condiciones de promover un proceso que siente a Moscú y Kiev en la misma mesa y facilite compromisos verificables para reducir la violencia y avanzar hacia una estabilidad duradera.
El protagonismo debe recaer en quienes puedan facilitar un acuerdo aceptable para las partes, priorizando el fin de la destrucción y la protección de la población civil.
Esos tres conflictos son devastadores y aumentan el riesgo de una confrontación de alcance global. La paz nunca será perfecta, pero siempre será infinitamente menos costosa que una guerra interminable. Cada día que se prolongan estas guerras no solo mueren soldados y civiles inocentes, también se desvanece un poco más la esperanza de un Oriente Medio y una Europa estables, seguras y en paz, mientras el mundo entero queda cada vez más expuesto a las consecuencias de una escalada que nadie podrá controlar.
Y mientras el mundo arde, aquí, en el patio, el presidente Luis Abinader tiene una obligación ineludible: enfrentar la creciente inseguridad, el miedo y la incertidumbre que hoy sienten millones de dominicanos.
Presidente, lo preocupante no es solo la delincuencia. Lo más alarmante es lo que se escucha cada día en las calles: que hay ciudadanos que temen tanto al delincuente como al policía. Que algunos agentes ya no dialogan, sino que intimidan; no persuaden, sino que amenazan; no investigan, sino que actúan como si fueran juez y verdugo. Y al que protesta o pregunta, le responden con una advertencia: «Te voy a trancar». Todo eso es inseguridad, La gente no cree en la Policía Nacional.
Presidente Abinader, una ley no puede convertirse en un escudo para ocultar abusos, proteger la corrupción, blindar al narcotráfico o servir de paraguas a la narcopolítica. La ley debe defender al ciudadano, no intimidarlo.
A cada quien hay que llamarlo por su nombre: al cura, cura; al delincuente, delincuente; al corrupto, corrupto; al narcotraficante, narcotraficante. Pero siempre con pruebas, con responsabilidad y dentro del marco de la ley.
Lo que no puede ocurrir en una democracia es que se pretenda sembrar miedo para imponer silencio; que periodistas, comunicadores o ciudadanos sean amenazados con un calabozo simplemente por investigar, denunciar o informar sobre hechos de interés público.
Presidente Abinader, la libertad de expresión no es una concesión del poder; es un derecho constitucional.
Presidente Abinader, si la llamada «ley mordaza» termina utilizándose para intimidar a la prensa y desalentar la denuncia ciudadana, entonces se estará apartando del compromiso que usted asumió ante el país de defender y fortalecer la libertad de expresión, uno de los pilares esenciales de toda democracia. ¿O es esta ley mordaza significa el primer paso hacia una dictadura?



