OPINION

¿Qué ocurre en la mente humana cuando alguien ama a un criminal?

 

Por Margarita de la Rosa

Hay noticias que, aun después de décadas, vuelven a remover emociones colectivas profundamente guardadas. No solo por el hecho criminal que representan, sino porque obligan a la sociedad a mirar zonas incómodas de la conducta humana.

La reciente reaparición pública de Mario José Redondo Llenas quien fue condenado por el asesinato del niño José Rafae Llenas Aybar su primito, un caso que estremeció a República Dominicana hace más de treinta años, no solo ha revivido el recuerdo de aquella tragedia.

También ha despertado otra interrogante, quizás menos comentada, pero igualmente perturbadora desde el punto de vista psicológico y social.

¿Cómo una persona condenada por un crimen tan atroz logra despertar amor, empatía o vínculos afectivos tan fuertes en otra persona, al punto de construir una relación sentimental e incluso procrear un hijo?.

La pregunta no busca juzgar a nadie. Tampoco pretende satanizar a quienes establecen relaciones con personas privadas de libertad. Lo que despierta curiosidad es tratar de entender qué procesos emocionales y mentales intervienen en ese fenómeno humano que no es aislado ni exclusivo de este caso.

A lo largo de la historia, múltiples criminales, narcotraficantes, asesinos seriales y figuras violentas han recibido cartas de amor, propuestas de matrimonio y relaciones estables mientras cumplían condenas.

Algunos han formado familias desde prisión. Otros han logrado construir una imagen de sensibilidad o arrepentimiento que termina generando vínculos emocionales intensos.

Los especialistas en conducta humana han intentado explicar este fenómeno desde distintas perspectivas. Algunos hablan de la necesidad emocional de “rescatar” o “salvar” a personas consideradas rotas o peligrosas.

Otros lo atribuyen a relaciones construidas desde la distancia emocional, donde la cárcel crea una sensación de control y de menor riesgo afectivo para quien se vincula.

También existe lo que algunos psicólogos llaman hibristofilia, término utilizado para describir la atracción hacia personas que han cometido delitos graves.

Aunque no todos los casos encajan en esa definición, el fenómeno existe y ha sido estudiado durante años.

Pero quizás reducirlo únicamente a conceptos clínicos sería simplificar demasiado algo profundamente humano y complejo. Porque el ser humano no siempre ama desde la lógica.

A veces ama desde las carencias, desde la compasión, desde la fascinación, desde el miedo a la soledad o desde la creencia de que incluso el peor de los seres humanos conserva alguna parte rescatable.

Y es ahí donde la sociedad entra en contradicción. Mientras colectivamente condenamos un crimen, individualmente alguien puede mirar al victimario desde otro ángulo: como un hombre arrepentido, vulnerable, necesitado de afecto o simplemente distinto a la imagen monstruosa construida públicamente.

Quizás por eso estos casos generan tanto desconcierto. Porque nos obligan a aceptar que la conducta humana rara vez es completamente racional y que las emociones muchas veces desafían los códigos morales establecidos por la sociedad.

El caso de José Rafael Llenas Aybar seguirá siendo una herida dolorosa para el país. Nada cambia la gravedad de aquel crimen ni el sufrimiento provocado. Pero la revelación de que quien cumplió condena construyó una vida afectiva y tuvo un hijo mientras permanecía privado de libertad abre otra conversación distinta: la de los laberintos emocionales de la mente humana.

Y quizás la verdadera pregunta no sea solamente cómo alguien puede amar a un criminal.

Tal vez la pregunta más difícil sea entender por qué el amor, en ocasiones, parece ignorar incluso aquello que socialmente consideramos imperdonable.

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